El Pico Montero era un conjunto de rocas rodeadas de zarzas que coronaban un cerro. La formación en círculo de las piedras formaba en su interior una explanada que la guerrilla utilizaba como campamento base, y a pocos metros de las zarzas, bajo un pequeño canchal, una profunda grieta de una roca les servía de depósito de aprovisionamiento, donde almacenaban armas, municiones y propaganda. El Chaqueta Negra instaló allí su cuartel general; de allí se había marchado con la partida de El Tordo a realizar el secuestro del recaudador de la Fiscalía de Tasas de El Altollano; y allí aguardaban Elvira y Mateo su regreso. Mientras esperaban, ella lavaba su ropa, y él la miraba. La chiquilla pelirroja había cavado un hoyo en el suelo, lo forró con una piel de oveja y lo llenó de agua. Agua clara, y nada más. El jabón estaba prohibido, a fin de evitar la tentación de usarlo en el río y que la espuma pudiera delatarlos. Mateo acababa de enterrar las latas vacías de las sardinas que les habían servido de alimento para todo el día. Se acercó a ella con la intención de pedirle que le hablara de Tensi. Pero al ver la energía con la que restregaba un pantalón, le habló de la suerte que tendría el hombre que se casara con ella.
—¿Por qué?
—Porque lo llevarás siempre la mar de limpio, chiquilla.
—Si te crees que yo voy a casarme para llevar limpio a mi marido estás tú bueno. El que quiera ir de limpio que se lave su ropa. No has aprendido nada de la República, Mateo, los tiempos de los señoritos se acabaron.
—Tú sí que estás buena, y eso sí que era un Gobierno de señoritos. No sé qué carajo me habían de enseñar a mí.
—Que los hombres y las mujeres somos iguales, a ver si te enteras.
—¿Iguales para qué, para lavar la ropa?
—Y para votar, por ejemplo, que para algo nos dieron el sufragio.
—Pero qué tendrá que ver una cosa con la otra, las mujeres no sabéis discutir, os escapáis por la rama aunque no haya ningún árbol cerca. Me he confundido, era un Gobierno de señoritas, y por eso os dieron el sufragio. Señoritas cagadas de miedo.
—¡Qué burro eres, Cordobés! ;Qué burro!
Mateo se dio media vuelta y se alejó del recuerdo de Hortensia sin haberla recordado. Elvira era mujer, aunque pareciera un muchacho, y no se puede hablar con una mujer sin perderse en mitad de la conversación. Y menos, de política. Las mujeres quieren saberlo todo y se quedan en querer saberlo. En unos minutos volverá a ratificarse en su idea, cuando El Chaqueta Negra regrese con la partida y diga que los hermanos del recaudador se negaron a pagar el rescate. Elvira se acercará a Mateo y le preguntará:
—¿Qué ha pasado?
—Nada, lo han ajusticiado.
—¿A quién?
—¿A quién va a ser, chiquilla? ¿No han ido a raptar al de la Fiscalía de Tasas?
Mateo percibirá un leve temblor en los labios de Elvira, cuando ella quiera saber quién lo ha matado y él le diga que cualquiera.
—Uno u otro, qué más da. Le han pegado tres o cuatro tiros en la cabeza allí mismo y asunto terminado.
Ella preguntará quién es el que ha tomado esa decisión. Él contestará que esas decisiones no se toman.
—Las reglas son las reglas. Si no pagan, no pagan. De nada servirá que Mateo intente explicarle a Elvira que ellos no raptan a cualquiera:
—A ver si te crees que era un corderito, ese hijo puta se dedicaba al estraperlo. A cuenta de la Fiscalía de Tasas, se ha llenado los bolsillos con el hambre de los pobres.
No. No servirá de nada. Elvira continuará con el horror en la cara. Y Mateo la dejará por imposible. Le dará la espalda y se dirigirá a la tienda de hule donde El Chaqueta Negra se ha reunido con los hombres para plantear su próxima acción. Mirando hacia atrás, a Elvira, levantará los hombros, agachará la cabeza y, mientras resopla, hará un ademán de desaliento apartando el aire con la mano a la altura del oído como quien ahuyenta una mosca. Definitivamente, con las mujeres no se puede hablar de política.
9
La noche acompaña los pasos de dos hombres y dos mujeres que se dirigen en silencio hacia la casa donde Amalia espera a su madre. Caminan los cuatro buscando el abrigo de los matorrales, ocultándose del resplandor de la luna. El Chaqueta Negra encabeza la marcha, seguido de Sole y de Elvira, y la cierra Mateo. Esparcidas por el suelo y colgando de algunas ramas de los escasos árboles, numerosas cuartillas destacan su color blanco.
—Mira.
Mateo apremia a la comadrona de Peñaranda de Bracamonte, le ordena que continúe andando y que guarde silencio. En el tono de su voz se adivina un reproche. En las marchas está prohibido hablar, terminantemente prohibido. Jaime gira la cabeza hacia ellos y se lleva el índice a los labios. Se encuentran ya a las afueras de Galapagar. El Chaqueta Negra descuelga de su hombro el fusil y observa a lo lejos la primera casa de la derecha, a unos diez metros de un pajar. Busca la señal luminosa que les indica que pueden acercarse. Sí, la luz parpadea dos veces. Permanece encendida y vuelve a parpadear. Corren los cuatro con sigilo, uno detrás de otro, y se esconden bajo el techado del pajar. Desde allí, Jaime emite el sonido de un búho. Al cabo de unos instantes le responde una abubilla.
Sólo cuando entren a la casa, Sole mostrará un papel que ha recogido de un árbol y volverá a decir:
—Mira.
Será después de que haya abrazado a su hija y haya comprobado que la lesión de su pierna ya no la obliga a cojear, y después de que Elvira haya preguntado por su abuelo y Amalia le informe de que se encuentra bien:
—Está en Pamplona, en su casa. Tuvo una bronquitis muy fuerte, pero ya se ha curado. El Socorro Rojo se encarga de él.
Entonces Jaime leerá el papel que Sole le ruega que mire, una de las miles de octavillas que el ejército ha arrojado en los montes, donde se asegura el perdón a los huidos que se entreguen y no tengan manchadas las manos de sangre y un entierro en suelo sagrado con rito cristiano a los demás.
—En Asturias hicieron lo mismo, en el treinta y nueve. Muchos creyeron estas promesas.
Pero la contraofensiva está en marcha. La guerrilla de El Llano se ha encargado ya de repartir unos folletos donde se informa de la suerte que corren los que se entregan. Toda la red de enlaces está implicada en la labor de disuadir a los que alberguen la más mínima duda. Así se lo dice Amalia a su madre para tranquilizarla.