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—La gente sabe que los panfletos que han sembrado en el monte están llenos de mentiras. No te preocupes, madre, y ven a cenar.

La toma del brazo y la invita a pasar con los demás a la cocina.

—Os he preparado judías con chorizo, como a ti te gustan.

Colgado sobre el fuego, un caldero humea. Elvira se acerca al hogar y aspira el aroma de las judías con chorizo mientras se calienta las manos en las llamas. Mateo la sigue como si el olor fuera una cuerda que tirara de él y le arrastrara hacia el guiso.

—Cena caliente.

Cenarán caliente. No recuerdan siquiera la última vez que cenaron caliente.

—También hay pan, pan tierno.

En la mesa, una hermosa hogaza de pan espera a los que acaban de llegar. Mateo se sienta el primero. Se anuda una servilleta al cuello dispuesto a saborear las judías sin esperar a que los demás tomen asiento. Amalia le llena el plato hasta el borde y él moja trozos de pan. Suspira, y se chupa los dedos.

Durante la cena, los dos camaradas que habían llegado por la mañana para acompañar a Sole y a Amalia hasta Francia pondrán al corriente a sus compañeros del optimismo que respira la izquierda española en el exilio. La Unión Nacional Española contempla la posibilidad de una invasión a través de los Pirineos.

—Hasta los católicos, los monárquicos y los carlistas se han integrado en la UNE bajo el lema «Todos contra Franco y la Falange». Cuando caigan Hitler y Mussolini, las potencias democráticas no consentirán un país fascista en Europa y nos ayudarán a echar a Franco.

—Y será pronto, muy pronto. En cuanto acabe la guerra, volvemos a la República.

Con el ánimo dispuesto a creer en la recuperación de la República, Jaime, Mateo y Elvira llenarán sus macutos de provisiones. El de Elvira irá repleto de mantas, confeccionadas en la prisión de Ventas, y los de Mateo y Jaime llevarán la comida que han abonado generosamente a su enlace. Esa misma noche, cargarán con ellos hasta el campamento. Amalia y Sole despedirán a sus compañeros y partirán poco después hacia Francia con los dos camaradas que les servirán de guías.

No todas las despedidas son tristes.

No hubo tristeza en aquella despedida. Cuando caiga el fascismo en Europa, Sole y Amalia regresarán. El bloque de la izquierda española en el exilio hará posible el regreso. Y volverán a verse.

—Volveremos a vernos.

—Salud, camaradas.

—Salud.

—Hasta pronto.

—Hasta muy pronto.

—Hasta la República.

Sole ha levantado el puño para despedirse nombrando la República. También los demás lo levantan y contestan al tiempo:

—¡Hasta la República!

Pero no volverán a verse. Sole y Amalia no volverán a ver a Jaime, ni a Elvira, ni a Mateo. Jamás regresarán de un viaje que emprenderán con la esperanza de volver. Jamás regresarán de una huida que las llevará al otro lado de la frontera atravesando a pie los Pirineos. El entusiasmo les hará creer muchas veces que es posible el regreso. Pero Sole y Amalia no regresarán.

No.

Nunca regresarán.

Nunca.

10

El peso del macuto de Elvira obliga a la chiquilla a caminar despacio. Las mantas que Reme y Tomasa envían desde la cárcel arquean su espalda. Aunque no ha apreciado el cansancio hasta ahora, sus piernas pierden vigor. Siente la fatiga en el jadeo de su respiración y en el sabor a sangre que le llena la boca. Debería detenerse, aspirar una bocanada de aire que libere la angustia de sus pulmones, pero sabe que no es conveniente retrasar la marcha. Es necesario caminar deprisa, alcanzar el túnel horadado en las zarzas que rodean El Pico Montero antes de que el frío forme escarcha en el suelo y puedan detectarse las pisadas en las cercanías del campamento. Debe apresurar el ritmo. Caminar más aprisa. Más. Un golpe de tos alerta a Jaime. Aún no están a distancia suficiente de Galapagar. Aún se encuentran demasiado cerca. Es peligroso toser. Cualquier ruido es peligroso. El Chaqueta Negra se detiene y espera a su hermana, que camina a unos diez metros de él, separada otros tantos de Mateo. El ladrido de unos perros a lo lejos llega al tiempo que otro acceso de tos. Elvira se tapa la boca con las dos manos y cae al suelo.

—Cordobés, coge su macuto.

Los ladridos de los perros no cesan. Ahora se han sumado otros perros.

—Deprisa.

Jaime habla con el tono de voz más bajo que le es posible. Saca su pañuelo del bolsillo y se lo mete en la boca a Elvira.

—¿Puedes respirar?

La chiquilla pelirroja asiente con la cabeza.

—Cuando dejes de toser, te lo sacas.

Levantándose del suelo, Elvira vuelve a asentir. Su hermano ladea la cabeza, atento a los ladridos que no cesan. Señala la cavidad de una roca e indica a Elvira y a Mateo que le sigan. Al tiempo que camina, esparce a su paso la pimienta que lleva en una bolsa para despistar el olfato de los perros. Continúan ladrando. Es muy posible que los suelten a rastrear. En caso de que sea así, los detendrá la pimienta. Agazapados los tres, con la espalda contra la pared de piedra de la cueva, esperarán al silencio mientras la tos de Elvira se ahoga en un pañuelo. Apenas unos minutos después, los perros comienzan a calmarse. Cuando los ladridos desaparezcan por completo, reanudarán la marcha. Jaime besará a su hermana en la frente antes de dar la orden de comenzar a caminar. Y ella intentará esbozar una sonrisa apretando la mordaza entre los dientes.

Sin el peso del macuto en su espalda, Elvira recuperará el ritmo de sus compañeros en la marcha, pero no se atreverá a liberar su boca hasta no alcanzar el campamento de El Pico Montero.

—Lo siento.

Lo siento, le dirá a El Chaqueta Negra, y añadirá que lamenta no haberse metido ella misma el pañuelo. Había olvidado la consigna: durante las marchas, un simple estornudo puede traer la muerte. Ella lo sabía. Pero lo había olvidado. El sonido de la tos se sofoca con un pañuelo. No volverá a pasar, jurará. Y él volverá a besarla en la frente.

—Estás ardiendo, chiqueta.

Está ardiendo, sí.

Jaime ordena a Mateo que releve en la guardia a las hijas de El Tordo, extrañado al ver que son las únicas que guardan el campamento.

—¿Dónde están los demás?

—Han ido a El Altollano.

Las hijas de El Tordo caminan a un paso de Jaime, que conduce de la mano a su hermana al interior de la tienda de hule. Mientras ayuda a Elvira a tenderse sobre un lecho de hojas secas y la arropa con dos mantas que saca del macuto, continúa interrogándolas: