—¿A qué han ido a El Altollano?
—A pasar la noche.
—¿No os han dicho qué iban a hacer allí?
—Sólo nos han dicho que iban a pasar la noche, y que nosotras no podíamos ir.
De madrugada, cuando regrese la partida, El Chaqueta Negra convocará a los hombres a consejo. Ante la tienda, El Tordo se defenderá de la acusación de negligencia alzando la voz. Y sus hijas bajarán la mirada al escuchar las palabras que atraviesan el hule.
—¿Has arriesgado la seguridad de este campamento por ir a una casa de putas?
La fiebre de Elvira le impedirá abrir los ojos. Las hijas de El Tordo creerán que duerme. Pero no duerme.
—Es una casa de confianza.
—Has puesto en peligro a tus hombres. Nos has puesto a todos en peligro.
—Teníamos que descargar.
—Pues descargáis con la mano.
—No es lo mismo, ya estamos hartos de tocar la zambomba.
—No te hagas el gracioso.
—No me hago el gracioso, pero te digo yo que de vez en cuando hay que tocar la flauta, y no hay flauta sin agujeros.
—Déjate de flautas, abandonar sin vigilancia un campamento es una negligencia grave.
—!Pero si estaban las chicas!
—Escúchame bien, Tordo, porque no lo quiero repetir, faltas como ésta se castigan con la muerte.
Elvira intenta abrir los ojos. Pero los párpados pesan. Arden. Tiembla. Las últimas palabras de su hermano aumentan su temblor. Se castigan con la muerte. Busca refugio entre las mantas. Esconde la cabeza. El sabor de la cena le llena la boca. Tiene calor. Va a toser. Ahora puede toser. Sí. Tiene frío. Se castigan con la muerte. Se ahoga. Se destapa la cabeza. Ahora puede toser. La muerte. Se incorpora. Se castigan con la muerte. Las judías con chorizo salen disparadas con un golpe de tos. La tibieza de una mano le sujeta la frente. Y ella siente la mano de Tomasa. Otras manos la ayudan a recostarse de nuevo, limpian el vómito de su barbilla y enjugan con un trapo limpio y fresco su sudor. Un paño fresco en la frente. Tomasa. Es Tomasa quien refresca su rostro con paños fríos. Reme sonríe. Y Hortensia escribe en su cuaderno azul. Reme va a cantar. Elvira ya no intenta abrir los ojos. Ahora se deja llevar, se abandona. Recibe dulcemente los cuidados de las hijas de El Tordo. Sus labios se han agrietado.
—Tengo sed.
Una mano le alza la cabeza y sostiene el peso de su nuca, otra le acerca una cantimplora a los labios.
Tiembla.
—Reme, qué mal cantas.
Tiene frío. Un camión se lleva a Las Trece Rosas y Julita Conesa no deja de cantar. Joaquina deshace un cinturón. Joaquina tiene el pelo liso y negro, y los ojos grandes. Se castigan con la muerte. Hortensia lleva trece rosas en la mano. Reme sigue cantando. Hortensia lleva trece rosas muertas en la mano. Y ella acaricia una cabecita negra.
—Abrázame.
Tiene frío.
—¡Reme!
Grita Reme.
Tiene frío por dentro.
—¡Reme!
Abre los ojos y los vuelve a cerrar. Y se deja llevar por una voz que le ofrece un abrazo. Una voz desde muy lejos, desde muy dentro:
—Ven, sangre mía.
11
La desesperación es una forma de negar la verdad, cuando asumirla supone aceptar un dolor insoportable. Y el cuerpo se niega, se rebela. El sentimiento ruge. Y Tomasa se deshace por dentro y por fuera en un rincón de la celda. Sentada en la silla de Reme se deshace. Porque Reme se ha ido.
Sí.
Reme se ha ido. Y Tomasa rumia su desconcierto moviendo la cabeza a derecha y a izquierda. Se araña la cara. Rumia su alarido. Se muerde los labios. Mira hacia el frente. La pared. Mira hacia el suelo. Echa de golpe la nuca hacia atrás. Muros. No siente dolor. Se muerde los labios y niega con la cabeza. Se araña los brazos. Sus compañeras duermen. Reme se ha ido.
—¿Qué te pasa?
Es Josefina, la asturiana que lloraba el día de la Merced.
—¿Qué te pasa?
Se ha despertado con el ruido de la cabeza de Tomasa contra la pared. Se acerca a ella y le sujeta las manos.
—Te estás haciendo sangre.
La desesperación se rebela contra la posibilidad de un consuelo.
—Déjame.
Josefina insistirá:
—¿Qué te pasa?
Le limpiará con un pico de su delantal la sangre de la cara.
—No me pasa nada, carajo.
Esa noche, y muchas más, la asturiana impedirá que Tomasa se destroce la cara y los brazos con las uñas. Intentará sacarla del “No me pasa nada, carajo”. Pero no lo conseguirá. Porque Reme se ha ido. Ha conseguido la libertad condicional. Tomasa no volverá a verla. Se ha ido. Y Tomasa rumia en soledad los recuerdos de Reme.
—Ponte este jersey rojo, yo me pongo el morado y a la chivata le prestamos el amarillo. Y salimos las tres juntas al patio.
Era el día catorce de abril, y Reme quiso festejar la proclamación de la República vistiendo su bandera.
—Se la colamos a la chivata.
—Sí.
Se la colaron. La chivata se rascaba con desesperación los brazos y las piernas. Reme se ofreció a untarle Sarnicaclass="underline"
—Eso que tú tienes es sarna. Ven, que te pongo esto.
—Apesta.
—Pero, chica, ¿tú nunca has visto el anuncio? Sarnical, tratamiento de la sarna de olor agradable. Y ponte este jersey limpio hasta que laves el tuyo.
Se dejó untar con el tratamiento de olor agradable. Se puso el jersey limpio. Salió al patio del brazo de Reme y de Tomasa, extrañada de tanta amabilidad hacia ella. Caminó de amarillo entre Tomasa y Reme, entre el jersey rojo de una y el morado de la otra. Y pasearon las tres juntas enarbolando los colores de la bandera republicana.
—Y le tiramos bien de la lengua.
Y la chivata les contó lo que sabía de Sole. Está en Francia, les dijo.
—Ella y la hija. La comadrona es una mandamás de los comunistas. Y la hija, que se la dejaron tuerta, les hace de va y viene.
Le tiraron de la lengua, y la chivata les contó que madre e hija se encargaban de ayudar a fugarse de los campos de concentración a los exiliados españoles que habían caído en manos de Pétain.