—¿Y Elvirita?
—De ésa no tienen noticias.
Tomasa acarició la tela del vestido que llevaba puesto. Sonrió. Y continuó sonriendo mientras escuchaba cómo la chivata hablaba de La Zapatones sin que le hubieran preguntado por ella.
—La hermana María de los Serafines montó en cólera cuando se enteró de que en la Falange no sabían nada de las dos presas de Ventas.
La chivata se encontraba en Dirección cuando La Veneno ordenó a Mercedes que llamara a La Zapatones.
—Eso fue el Día de Difuntos, a mí me mandó salir cuando entró La Zapatones, pero desde fuera escuché perfectamente cómo le dijo que si las presas no aparecían por la mañana, la mandaba a ella para Málaga. A gritos se lo dijo. Que no quería verla más si no aparecían las presas. Dicen que la prisión de Málaga es todavía peor que ésta.
—¿Peor?
—Siempre hay cosas peores.
Las presas no regresaron. Y La Zapatones fue trasladada a la prisión provincial de Málaga. Los rumores dirán que la funcionaria ha aumentado su saña, y que las presas de Málaga la llaman La Tumba. Otras voces afirman que en Málaga es conocida como La Drácula.
—¿Te pica?
—Menos.
—¿Lo ves?
La chivata se rasca los brazos bajo el jersey amarillo. Reme sonríe a Tomasa. Y Tomasa se araña las piernas. Porque Reme se ha ido.
—Quédate con la sillita.
—De ninguna manera, te la regaló tu marido.
—Y yo te la regalo a ti.
—Bueno, yo te la guardo. Y tú llévate la maleta de Elvirita, busca a la niña y llévale su maleta, es un recuerdo de su madre. Y dile de mi parte que todavía llevo su vestido.
Reme se ha ido. Se ha llevado con ella la maleta de Elvira y la última sonrisa de Tomasa.
Se ha marchado, y quizá no vuelva a verla. Como se marchó Sole, la comadrona pequeña y enérgica que le daba puré con una sonda; como Elvira y Hortensia, la niña pelirroja que se fue sin su maleta y la mujer que se sentaba en la silla de anea de Reme. Todas se han marchado. Y Tomasa vuelve a encontrarse tan sola como se sintió en Olivenza, cuando no podía llorar a sus muertos y escuchaba el llanto de la madre que perdió a sus dos hijos en Castuera. Pero ahora puede llorar. Y llora. Abrazada a sus rodillas se desespera recordando a sus compañeras. Y llora a sus muertos. Su marido. Su nuera. Su nieta. No volverá a verlos. Sus hijos. Sus hijos, no volverá a ver a sus hijos.
Cuando la desesperación dé paso a la tristeza, cuando Tomasa sea capaz de enfrentar el dolor, se abandonará a los brazos de Josefina.
—¿Es bonito el mar?
—Sí, muy bonito.
—Eso dice la gente que lo ha visto. A mí me gustaría que fuera verdad que es muy bonito.
—¿Por qué?
—Porque mis hijos están en el mar.
12
Un paso detrás de otro paso. Despacio. Ha de caminar despacio del brazo de Benjamín, mirando al suelo para no perder el equilibrio, ya que la distancia que Reme tiene ante sí, en la calle Hermosilla, la aturde. Seis años sin caminar por la calle. Seis años sin ver otro horizonte que un muro contra el cielo a tan sólo unos pasos. Seis años sin caminar del brazo de Benjamín. La música de un chotis confunde el ritmo pausado de Reme. Un traspiés. La organillera continúa dando vueltas a la manivela mientras Benjamín suelta la maleta que lleva en la mano y sujeta a su esposa; para que no se caiga, la toma por la cintura como en un paso de baile.
—Pobre Benjamín.
—¿Por qué me llamas siempre pobre Benjamín? Eres tú la que tiene que aprender a andar.
—Porque eres muy bueno.
—Muy bueno, muy bueno, déjate de pamplinas.
—¿Estamos cerca?
Sí, estaban cerca. Sólo unos metros faltaban para que llegasen a casa, al pequeño piso que alquiló Bernjamín cuando se trasladó con su familia a Madrid desde un pueblo de Murcia. Muy cerca. Las tres hijas solteras y el niño que les nació tarde y mal caminan detrás de la pareja. Sonríen los cuatro mirando a su madre. Sonríen, desde que la vieron salir por la puerta de la prisión con una maleta en una mano y tapando el sol con la otra. Corrieron hacia ella. La abrazaron. La llenaron de besos. Y ella no podía dejar de llorar.
—¡Sangre mía!
Benjamín fue el último en abrirle los brazos. Reme escondió la cara en su pecho, susurrando:
—¡Pobre Benjamín!
Por todo mobiliario, una mesa camilla, seis sillas y un pequeño aparador encontró Reme en la sala del piso alquilado.
—¿Te gusta?
Sin soltar la mano de su marido, Reme contestó mirando a sus hijas:
—Muy bonito, y está muy limpio y muy ordenado.
—Tuvimos que vender tus muebles.
—No importa.
—Pero mira.
Benjamín abrió la puerta de la última habitación.
—Mira.
El dormitorio.
—La cama, las dos mesillas de noche, la cómoda y el armario ropero.
Reme se sentó en la cama y acarició con las palmas de las manos abiertas la colcha de croché que había tejido su madre.
—Y mi colcha.
Esa noche, en el dormitorio de Reme y Benjamín, dos cuerpos se encontraron. Reme se había dado un baño caliente, por primera vez en seis años.
—Amor mío.
—Amor mío.
Y por primera vez, las palabras de Reme y Benjamín hablaron de amor. La ternura venció al pudor que hasta entonces habían sentido. Ambos olvidaron el recato, el miedo a pronunciar el nombre del otro en un gemido.
—Benjamín.
—Reme, mi Reme.
Él le quitó el camisón, por vez primera.
La piel recién bañada de Reme recibió los besos de Benjamín. Ella acarició todo el cuerpo de su esposo, por primera vez en veintisiete años de matrimonio. Sorprendida, sostuvo en sus manos su descubrimiento mientras hundía la nariz en la axila de Benjamín.
—Qué bien hueles, amor mío.
—Sigue acariciándome así.
—¿Así?
—Así.
Fuego de lumbre en una chimenea. Así fue el amor.
—Benjamín.
—¿Qué?