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—¿Estás dormido?

—Hoy voy a dormir en una cama.

—¿Eh?

—Estás dormido.

—No, no estoy dormido.

—Voy a dormir en un colchón de lana mullidito. En una cama. En mi cama, y con mi almohada.

Benjamín le acarició la mejilla.

—Y conmigo.

—Sí, y contigo.

—Pues anda, vamos a dormir, ¿no tienes sueño?

No, Reme no tenía sueño. Acurrucada en el hombro de Benjamín, recorría con la mirada su habitación intentando convencerse a sí misma de que era cierto que ella estaba allí. Si la viera Tomasa. Si Tomasa pudiera verla. Aunque es mejor que no la vea. Pobre Tomasa.

—Benjamín.

—¿Qué?

—Le he regalado la silla que me llevaste a una compañera de dentro.

—Has hecho bien.

Tomasa es buena. Tomasa no tiene maldad y se hace la dura para que no se le note que es buena. Tomasa quiso regalarle la cabecita negra del cinturón de Joaquina. Es buena, y generosa. Irá a esperarla el día que la suelten. Porque no tiene a nadie que vaya a esperarla. Y no tiene a nadie que le mande paquetes. Ella se los mandará. Sí. Y le escribirá cartas, porque no tiene a nadie que le escriba, y no hay tristeza más grande que verla en la hora del reparto esconderse en una esquina. Se esconde, Reme la ha visto esconderse muchas veces. Y sabe que lo hace para no ver la cara de las que extienden la mano hacia un sobre y para que nadie sepa que a ella no le han escrito nunca y nunca le escribirán. Menuda sorpresa va a llevarse. Le escribirá, y le dará noticias de la hija de Hortensia. Y de Elvirita. Y de Sole. Buscará a la hija de Hortensia, y a la niña pelirroja que le regaló a Tomasa el vestido de su madre. Querida hermana, así empezará la carta. Querida hermana, para que se la entreguen se hará pasar por su hermana, me alegraré que a la llegada de ésta, sí, eso es, su hermana, porque tiene que ser familiar directo.

Reme se dormirá pensando en Tomasa, buscando las palabras que escribirá en la primera carta. Ha de encontrar la forma de hablar de sus compañeras sin que la funcionaria que censura la correspondencia se dé cuenta. A Elvirita la llamará la niña de la maleta, y Hortensia será la madre de la chiquilla de ojos azules que no quería nacer. A Sole, no sabe cómo llamar a Sole. La puerta abierta de la jaula. La jaula abierta.

Sí, Sole será la jaula abierta.

13

Querida hermana: me alegraré que a la llegada de ésta te encuentres bien. Tomasa está en el centro del patio, con su sobre en la mano. Había corrido a esconderse al ver llegar a la paquetera con el correo, como hacía siempre, y cuando escuchó su nombre volvió a correr, esta vez hacia el centro del patio, con la mano extendida y los ojos fijos en el sobre que llevaba su nombre. Querida hermana, leyó. Reconoció a Reme por las cosas que le contaba. Reconoció a Hortensia en la madre de la niña que no quería nacer. Reconoció a Sole en la puerta abierta de la jaula y supo que seguía en Francia, aunque la palabra Francia estuviera tachada. Leyó Querida hermana y se paseó de un lado a otro para que todo el mundo viera que había recibido una carta. Mira, me ha escrito mi hermana, le dijo a la mujer que lloraba el día de la Merced, a Josefina. Mira, me ha escrito mi hermana, le mostró la carta a la chivata.

—No sabía yo que tuvieras una hermana.

—Ni falta que te hacía.

—¿Por qué no te ha escrito antes?

—¿A ti qué carajo te importa?

Tomasa no dirá a nadie que su hermana no es otra que Reme. No lo dirá. Dobló la carta, la metió en el sobre y mirando de lado a la chivata, que se rascaba con furia los brazos, se alejó de ella.

Desde que Reme se marchó, desde que se marcharon una a una las compañeras de su antigua familia, Tomasa pasea siempre sola por el patio. No le gustan las camaradas de su nueva familia. No le hacen gracia sus risas ni sus bromas. No ha hecho amistad con ninguna, ni siquiera con Josefina, que se esfuerza en ser amable con ella. Sólo Josefina se esfuerza. Las demás la miran mal, sobre todo cuando dividen la comida de los paquetes y la cuentan una y otra vez antes de darle su parte, y Tomasa come con la vista fija en el suelo.

Con el sobre en la mano, recorrió el patio a derecha y a izquierda. Mira, mira, me ha escrito mi hermana, repitió a las presas que se cruzaban con ella. Y se sentó en el banco donde, hacía tanto tiempo, tomaba el sol durante diez minutos al día, cuando Sole la alimentaba con una sonda a través de la cerradura de su celda de castigo. Sole, la camarada comadrona de Peñaranda de Bracamonte, la puerta abierta de la jaula. Tomasa apretó el sobre contra el pecho y buscó con la mirada la ventana de la galería número dos derecha. Desde allí, Reme, Hortensia y Elvira la miraban. Cuánto tiempo hacía de aquello. Cuánto tiempo. Imaginó las tres cabezas asomadas al cristal. Cuánto tiempo. Sentada en el banco contemplaba la ventana. Pero no estaba triste. Pronunció tres nombres en voz baja, para dejarse llevar por la añoranza. Hortensia. Elvira. Reme. Porque la añoranza tiene hoy tres nombres. Hortensia, la mujer que murió sin que Tomasa pudiera despedirse de ella. Elvira, la niña pelirroja que se fue sin su maleta. Y Reme, Querida hermana.

La soledad de Tomasa se aliviará cada quince días, cuando reciba puntualmente una carta de Reme y ella se siente en el banco y mire hacia la ventana; y cuando comparta con su nueva familia los paquetes que Reme le envía.

—¿A qué se dedica tu hermana, Tomasa?

—Es costurera. ¿Por qué?

—Porque parece rica por los paquetes que te manda.

Es la chivata, que recela de los envíos y de las cartas que recibe Tomasa.

—Pues no es rica, pero es de buen corazón, y me quiere mucho.

—¿Y le ha salido el corazón de repente, o lo ha llevado escondido hasta ahora?

—Métete en tus cosas, carajo, que la vela de este entierro no la vas a llevar tú.

La correspondencia y los paquetes de Reme se convertirán en el orgullo de Tomasa. Levantará la vista para comer. Y en las reuniones del Partido, presumirá al dar cuenta de las noticias que recibe de Reme. Querida hermana: la niña de la maleta volvió a ponerse malita. ¿Te acuerdas cuando cantó nuestra canción?, pues igual de malita. Pero ya está buena. No he podido ir a verla porque está con su hermano, pero sé por unos amigos que ya está buena y que vuelve a cantar, para que un día cantemos otra vez todas juntas. Así supo Tomasa que Elvira se encontraba con El Chaqueta Negra en Cerro Umbría. Así supo que la niña pelirroja estuvo a punto de morir por segunda vez.

—Elvirita está de guerrillera.

Y así presumirá ante sus camaradas.

—Con El Chaqueta Negra.

Pero serán las réplicas de sus compañeras las que hagan entender a Tomasa por completo lo que Reme le cuenta a medias en sus cartas.