—¿Hace un cigarro?
—Hace.
Fumar a la luz del día requería una pericia que ambos dominaban. Ocultaban las brasas en la palma de la mano y expulsaban el humo poco a poco, dispersándolo en el momento mismo de exhalarlo.
—Hay que ir a la estafeta, esta misma noche te acercas.
—¿Has visto eso?
—¿El qué?
—Ese brillo, detrás de aquel árbol.
—Yo no veo nada.
Los dos hombres compartían una misma preocupación. Durante la toma del pueblo, un guerrillero de El Llano les había informado de que su enlace de Guadarrama había ido a Soto del Real a comprar víveres y no había regresado.
—No sé, pero no me da buena espina. A Soto era la primera vez que iba. Si no llega esta noche a Guadarrama, mañana os dejo aviso en la estafeta y os vais del cerro echando leches.
Los que suministraban a la guerrilla tenían la consigna de comprar en distintas tiendas y en distintos pueblos, para no levantar sospechas al adquirir alimentos en exceso.
—¿Conoce la situación del campamento?
—Perfectamente, su hijo está con El Tordo. Antes de que tú llegaras, subía ella misma con un burro. Me da a mí que la han trincado. Y esa mujer nos tiene dicho que no resistirá la tortura.
El guerrillero de El Llano no se equivocaba. El tendero de Soto del Real se extrañó al despachar las viandas, demasiadas para una sola familia, pero no avisó a la Guardia Civil. Sin embargo, el boticario dio parte en el cuartelillo, después de cobrarle el kilo de bicarbonato que le había pedido. Y la enlace de Guadarrama no resistió la tortura.
—Parece que allí brilla algo, detrás de aquel árbol.
Sí, algo brillaba detrás de un árbol. Jaime atisbó la lejanía, el breve movimiento de los matorrales que circundaban el cerro aumentó su alarma:
—¡Mira!
El Tordo hizo visera con la mano para mirar en círculo:
—No corre ni gota de aire, ¿qué coño es eso? Alguien está moviendo los matojos.
—¡Despierta a todo el mundo! Hay que largarse de aquí.
En ese instante, la luz del sol reverberó en el charol de un tricornio. Y luego en otro.
Y en otro.
Y en otro.
Los números de la Benemérita se acercaban al río, donde Mateo salpicaba agua hacia atrás.
Celia vio cómo los civiles cercaban a Mateo. Gritó su nombre:
—¡Mateo!
Mateo alzó la mirada. En un instante supo que estaba perdido. En un instante supo que debía alertar al campamento, y cómo hacerlo. Echó mano al naranjero. Y supo, en un instante, que a él no le cogerían con vida. El disparo del naranjero de El Cordobés desconcertó a la Guardia Civil. Los que aún estaban agachados se pusieron en pie. Los que aún se ocultaban descubrieron su posición.
Un disparo.
Celia reconoció el sonido del naranjero de Mateo, mientras alguien tiraba de su brazo para obligarla a bajar de la roca.
Un disparo, un solo disparo bastó para despertar a los guerrilleros que aún estaban durmiendo.
17
La Guardia Civil fotografió el cadáver de Mateo, y el de cada uno de los guerrilleros que murieron en El Pico Montero, y expuso las fotografías en los escaparates de las tiendas de todos los pueblos de El Llano. Seis hombres. Y una chiquilla. Los rumores que corrían señalaban la trampa en la que caerían los que reconocieran a sus muertos. Sólo unos pocos confiaban en que les entregarían los cadáveres, y no serían detenidos ni interrogados. Los demás miraban los retratos procurando controlar la emoción para que su rostro no les delatara al conocer la muerte de los suyos. Miraban. Guardaban silencio y se alejaban sin un gesto de dolor, sin una lagrima.
En casa, a escondidas, llorarán. Rezarán por ellos a escondidas. No hay duelo si no hay difunto. No encargarán ninguna misa, ningún responso, ningún funeral para sus muertos. Sus muertos no les pertenecen. No se pondrán de luto. Y no habrá redoble de campanas.
—No vayas.
Era un ruego inútil, y doña Celia lo sabía. Pero volvió a rogar:
—No vayas.
Los rumores habían llegado a la pensión Atocha. Pepita estaba recogiendo las migas de pan negro en su bolsita de terciopelo cuando el sepulturero llevó la noticia. Dicen, dijo, que detienen a todo el que reconozca a algún muerto y que a una mujer se la llevaron porque aseguró que ningún retrato era de El Chaqueta Negra. Un guardia civil la cogió del brazo y no dejó de empujarla hasta que llegaron al cuartelillo. Ahí dentro me vas a decir cómo tiene la cara ese bandolero y por qué lo sabes tú.
—¿Y era El Chaqueta Negra?
—No sé, nadie lo sabe, y digo yo que el que lo sepa se cuidará de ir diciéndolo.
Cuando se vaya el sepulturero, Pepita le pedirá a doña Celia que cuide de Tensi mientras ella se acerca a ver esas fotografías.
—No vayas.
Pepita no atenderá al ruego de doña Celia, aunque doña Celia insista:
—No vayas.
Saldrá de la pensión Atocha. Cerrará la puerta sin escuchar la voz que sigue implorando:
—No vayas.
Irá.
Va a tomar el mismo tren que la llevó hacia Jaime Alcántara cuando se llamaba Paulino. Y en la estación de Delicias, recordará los besos que se dieron.
Algas.
Subirá al último vagón, y se sentará en el último asiento sin advertir que en el primero se acomoda Reme aferrada al brazo de Benjamín.
Viajará asomada a la ventanilla, sudando sin notar calor, apretándose las manos sin sentir sus dedos, mirando sin ver un paisaje de mediados de agosto, amarillo y doliente.
Bajará al andén donde un día pisó sangre sin saber que la pisaba, y se dirigirá hacia el escaparate más próximo sin mirar atrás. Sin ver que Reme ha descendido del tren sujetándose el vientre, ni que Benjamín la lleva por los hombros y pregunta al jefe de estación por el aseo, porque Reme está enferma.
Caminará deprisa.
Apretará los labios.
Seis hombres y una chiquilla. Siete fotografías. Siete muertos.
Y unos ojos azulísimos que buscan ávidos en un escaparate.