Los guardianes permanecen en sus garitas, al calor de una estufa, y sólo interrumpen la actividad carcelaria para hacer los recuentos. La población reclusa puede moverse libremente por la prisión, salir al patio, bajar a la cocina, o reunirse en las brigadas para celebrar las reuniones políticas. Jaime asistirá al entusiasmo de la población reclusa por el desembarco de Normandía, al optimismo de los que hicieron las maletas, convencidos de que el fin de la dictadura franquista llegaría con ese desembarco, y a la decepción cuando supieron que las puertas de las cárceles no se abrirían tras la victoria de los aliados. Desde Burgos, asistirá a la impotencia del Gobierno republicano en el exilio, Y a las razones que el Partido Comunista atribuye a las potencias democráticas para no intervenir en territorio español, que serán debatidas entre los presos aumentando el enfrentamiento que existía ya entre socialistas, anarquistas y comunistas:
—Hablan de la situación de España como «el problema español», ¿podéis creerlo? Simplemente somos eso, un problema.
—Me cago yo en esos demócratas.
—Pues límpiate con este papel, que aquí lo dice bien clarito, los comunistas tenéis la culpa. Si no fuera porque todo el mundo piensa que, si la República vuelve, el Gobierno sería para vosotros, nadie temería un satélite de la Unión Soviética en el sur de Europa.
—¿Y quién es todo el mundo, si se puede saber?
—No te pongas chulo, que el compañero tiene razón, sois vosotros los que la habéis jodido con tanto marxismo-leninismo.
—A ti te parto yo la boca.
—Atrévete.
Discusiones a las que se sumarán otros presos. Los que engrosan a diario las listas de la población reclusa. El último camarada que llegó ha traído malas noticias:
—Lo del Valle de Arán ha sido un desastre, un descalabro.
Jaime le ayudó a arrancar la última contraventana de madera, y colocaron encima su colchoneta para aislarla del frío y la humedad del suelo.
—Hay que convocar una reunión urgente.
Convocaron asamblea general. Y el recién llegado dio a conocer el fracaso de la Operación Reconquista de España y propuso como tema de discusión la responsabilidad de Santiago Carrillo en la retirada del Valle de Arán, el protagonismo excesivo de Jesús Monzón, su imprudencia, y el optimismo desmesurado y la ausencia de estrategia de la UNE para una invasión que contaba con un efectivo de siete mil guerrilleros españoles preparados para la ofensiva desde Francia, pero que no tuvo en cuenta la falta de apoyo desde el interior.
—Confiaban demasiado en la insurrección del pueblo, y el pueblo está hasta los cojones.
—Diez días ha durado la aventura, se acabó.
Desde la Prisión Central de Burgos, desde lejos, siempre desde lejos, Jaime asistió con sus camaradas al intento fallido de penetración por los Pirineos. Y a través de la prensa guerrillera que introduce un funcionario en la prisión, previo pago mensual de ciento cincuenta pesetas, se pondrá al corriente de que las Agrupaciones Guerrilleras continúan en la lucha armada a pesar del fracaso.
Las discusiones políticas les ayudarán a sentir que forman parte de la resistencia activa. Escribirán manifiestos y propaganda que distribuirán entre los presos y sacarán al exterior demostrando así que la lucha continúa en las cárceles. Jaime participará en el comité de agitación y propaganda y dará instrucciones a sus compañeros del taller de ebanistería para que oculten en las cajas compartimentos laterales, donde sacarán las octavillas que sus mujeres repartirán en autobuses y trenes. Y el tiempo pasará también en esas cajas. Porque el tiempo no se detendrá en Burgos, aunque Jaime sienta a menudo que lo está viendo transcurrir desde lejos. El tiempo y la pasión de Jaime lograrán engañar a los muros de la prisión, cuando Pepita abra esos pequeños compartimentos laterales en la pensión Atocha.
—Jaime.
—Dime, Gerardo.
Jaime tiene una carta de su abuelo en la mano. Don Gerardo tiene otra. Han estado esperando los dos toda la tarde, pero el funcionario que reparte la correspondencia estaba hoy perezoso y retrasó más de dos horas la entrega.
—¿Echamos la última cuando acabemos de leer?
—Bien.
La carta de don Javier es más corta que de costumbre. La letra más deformada. Más temblorosa la mano que la escribió. En apenas unas líneas, le cuenta a su nieto, Querido nieto, que Elvirita fue a despedirse de él antes de marcharse de España y le dijo que ahora se llamaba Celia, como la abuela. Añade que él se encuentra bien, a pesar de la neumonía. Es leve, le escribe, es leve, tú no te inquietes. Pero Jaime no puede dejar de inquietarse. Las palabras de su abuelo le llenan de congoja. Su abuelo está enfermo. Y Celia está en Praga.
Acabará de leer la carta y, en el preciso instante de acabar de leerla, comenzará a esperar otra.
—Cuando quieras, echamos la última.
La última, sí. Su compañero ya no esperará con él, jugando al ajedrez, el momento de recibir una carta a la semana. No esperará con él el día de visita para bajar al locutorio una vez al año, ni regresará después con él a la brigada, para volver a esperar a que pase otro año. Porque su compañero obtendrá la libertad en el transcurso de la tarde. Un funcionario pronunciará su nombre y añadirá en voz alta:
—¡Que salga con todo!
Saldrá con todas sus pertenencias y una caja que le lleva a Pepita de parte de Jaime. Sus compañeros de brigada aplaudirán, y acompañarán con vítores su partida. Una fila de abrazos. Un llanto vivo. Él se cargará el macuto al hombro, y le entregará a Jaime el ajedrez:
—La próxima la echamos fuera.
Y en la puerta de la prisión, doña Celia le estará esperando.
24
Para celebrar el regreso de su marido, doña Celia ha invitado a Pepita y a Tensi a merendar en San Ginés. Chocolate con churros.
—¿Puedo comer todos los churros que quiera?
—Todos los que quieras.
La niña se muerde el labio inferior y alza los ojos calculando los churros que será capaz de comer. Doña Celia se aferra al brazo de don Gerardo con fuerza. El le aprieta la mano. Ambos intentan ocultar su emoción ante Pepita, para que ella no sienta la ausencia de Jaime a través de la presencia de don Gerardo. Pero la siente, como un golpe, aunque también disimula su emoción y sonríe mirando a Tensi.
—Menudo atracón te vas a dar, chiquilla. Ya te estoy viendo comer con los ojos, y te estoy viendo esta noche con un cólico de muy señor mío.
Sí, Tensi despertará a Pepita de madrugada al darse la vuelta en la cama una y otra vez.
—¿Te quieres estar quieta y dejar de darme patadas, que pareces un rabo de lagartija?