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Tomasa comenzó a temblar en el momento en el que empezó a recoger sus cosas. Y continuó temblando durante toda la mañana, mientras esperaba a la funcionaria que debía conducirla hasta la puerta. Josefina intentaba calmarla.

—Mujer, no estés tan nerviosa.

—Es que están tardando mucho en llamarme, carajo.

—Ya vendrán.

Sentada en la cama, abrazada a su hatillo, temblaba. Sin poder controlar su ansiedad, se mantuvo atenta al sonido del cerrojo de la galería central. Josefina se sentó junto a ella. Pero no tardó en levantarse, al escuchar unos gemidos desde la celda contigua.

—Ya está llorando otra vez.

Sí, otra vez lloraba su compañera de celda, una mujer de Granada que llevaba veinte años de reclusión y se desgarró en llanto al saber que le había llegado la menopausia. Más de quince días llevaba llorando. Josefina intentaba consolarla. Mujer, más tranquila te quedas, le decía. Y la granadina continuaba gimiendo que su marido quería hijos, y ella también, y que durante el año escaso que estuvieron juntos lo anduvieron buscando.

—Y ahora me viene esto, cuando no me quedan ni dos meses para salir.

Tomasa temblaba. Oía el rumor de voces de la celda de al lado pero su oído se mantenía atento al cerrojo de la cancela. Sonaron las llaves. Chirrió el cerrojo. El taconeo de la guardiana llegó hasta Tomasa. Tomasa temblaba. Se levantó con su hatillo en la mano. Cerró los ojos. Contuvo la respiración y esperó en su celda.Tiembla, piensa, duda, y teme que la funcionaria pase de largo.

Pero no.

La funcionaria pronunció su nombre. Y Tomasa se despidió de sus compañeras. Abrazó a Josefina, la mujer que no reconoció a sus hijas el día de la Merced, y a la granadina que jamás sería madre. Y caminó despacio hacia la puerta de salida siguiendo a Mercedes, temiendo hasta el último instante que no fuera cierto. Pero la puerta se abrió. La puerta de la jaula, abierta.

Antes de girar la llave, Mercedes le tendió la mano, y la extremeña le ofreció la mejilla. La funcionaria la besó. Giró la llave. Habló en voz baja:

—Me alegro. Me alegro, de verdad, de que pueda marcharse de aquí.

La puerta abierta de la jaula se cerró a espaldas de Tomasa. Mercedes quedó dentro, aún se peinaba con un moño alto en forma de plátano.

Reme esperaba a su hermana al otro lado. Cruzó la acera al ver salir a Tomasa, al ver su desconcierto, y caminó aprisa del brazo de Benjamín. Pobre Benjamín. Tomasa se abrazó a ella:

—Reme, la silla se me rompió hace años. La arreglé varias veces pero volvió a romperse la muy puñetera.

—¿Qué dices?

—Tu silla, la de anea.

—Déjate de sillas. ¿Qué quieres hacer, Tomasa? ¿Qué es lo primero que quieres hacer?

—Quiero ver el mar.

Quiere ver el mar. Y camina despacio por la Casa de Campo apoyada en el brazo de Reme. Un paso tras otro. Despacio. Reme sonríe. Mira a Benjamín. Y él le devuelve la sonrisa. Cómplices que saben que no es la edad de Tomasa la que le impide andar sin dar un tropiezo. Cómplices que saben que la extremeña que ha salido de Ventas con el pelo completamente blanco y la piel más cetrina que nunca ha de aprender a caminar.

—Mira lo que tengo, Reme.

Tomasa le enseña la cabecita negra del cinturón de Joaquina. El regalo que llevó siempre en el bolsillo en recuerdo de Las Trece Rosas.

—Es de las dos. Ahora quiero que la lleves tú.

Un brindis espera a los tres ancianos en Puerta Chiquita:

—¡Por la libertad!

—¡Por la libertad!

—¡Por la libertad!

Y cuando acabe la reunión, Pepita se despedirá para siempre de Reme y de Benjamín.

Para siempre, sí, porque Reme y Benjamín han decidido regresar a su pueblo.

—Nos volvemos para el pueblo.

—¿Cómo es eso?

—Ya ves, yo siempre había dicho que no volvería nunca. Pero somos ya viejos y queremos volver. Así que nos vamos, qué carajo.

Regresan a su pueblo y se llevan a Tomasa con ellos, porque Tomasa quiere ver el mar y su casa está al lado del mar.

Algún día Pepita también regresará a casa. Algún día, cuando Jaime pueda brindar por la libertad, regresará a Córdoba. Mientras tanto, seguirá acudiendo a las reuniones de Puerta Chiquita, añorando a Reme. Y continuará viajando a Burgos una vez al año, añorando a Jaime a su regreso.

Pero algún día, Pepita volverá a Córdoba.

 

28

—Si tú quieres ir, nos vamos.

—¿De verdad?

—Yo voy donde tú quieras, chiqueta.

La sonrisa de Pepita hizo sonreír a Jaime.

—Tengo una casa. Y la llave de la casa. Habrá que comprar algunos muebles, el dormitorio desde luego, que yo quiero mi propia cama y mi propio colchón. Nos casamos, y nos vamos a Córdoba.

Ella soñaba. Y él la dejaba soñar.

El semblante de Pepita perderá la expresión de entusiasmo poco a poco. Se tocará la barbilla mientras desciende sin prisa de su ensoñación. Apartará el mechón de su frente con un leve gesto de melancolía, dirá que aún hay tiempo para pensar en la casa y le preguntará a Jaime por la salud de su abuelo:

—Cómo está, ¿ya está bueno del todo?

—Mi abuelo ha muerto.

—¡Dios mío!

—Me mintió.

—No digas eso.

Le mintió, sí. En sus cartas siempre le decía que se encontraba mejor.

—No me permiten escribirle a mi hermana. Te he dejado un estuche de madera, para que lo rifes en el Rastro.

Pepita sacará una carta de la prisión, en el compartimento lateral de un estuche de madera que rifará en el Rastro una mañana de domingo. Llevará la carta a Puerta Chiquita y desde allí se encargarán de enviarla a Praga.

La carta tardará más de dos meses en llegar a manos de la chiquilla pelirroja que dejó de parecer un muchacho, pero llegará. Y Jaime sabrá que ha llegado cuando reciba la contestación en el fondo de una cesta que le llevará Pepita en su próxima visita, dentro de un año.