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– Déjate de cuentos y baja. Venimos a por ti. Ya te contaré, ya. Baja, tomamos unas copas y te cuento todo lo que quieras.

– Primo, que éste está en dólar – grita Toto -. Baja, primo, que nos va a invitar a una botella de maribrizá.

– Se te agradece, Eugenio -dice Carlos-, pero la casa está sola y mi madre no vuelve hasta sol puesto. Alguien tiene que quedarse aquí. ¡Ya veis cómo está el corral de ropa!.

– ¿Quién se la iba a llevar?. ¡Anda, que para la cuenta que le echas!. Lo mismo nos la llevamos toda nosotros y no se entera ni Dios. Baja, que sino maribrizá apencamos con un botellón de las tres cepas que no se lo va a saltar un galgo.

– Gracias, Eugenio, pero no puede ser, de verdad.

– ¿Tú cómo estás?.

– Tirando. ¿Cómo quieres que esté?. Más en el otro lado que en éste.

– Cuando él cuerpo pide tumba -dice Antonio a media voz -hay que darsela, macho.

– ¿Entonces, no vienes?.

Ninguno de los tres puede seguir más tiempo mirando hacia arriba, hacia el sol. La salamandra escapa medrosa y salta de la maceta al pretil. La ropa blanca, seca ya en los tendederos, se columpia como bandera desplegada.

– Si esta tarde queréis pegar un garbeo y recogerme… Antes de que oscurezca tengo que salir a encender los faroles -dice Carlos-. Eso si es que tenéis fuerza de resistir sin acostaros, que es lo que debierais hacer. Y contigo, Antonio -señala a Antonio el de Cristóbal con un dedo que el sol transparentar, tengo que echar un párrafo.

– Cuando quieras - contesta Antonio-. Un párrafo y los que haga falta, que sabes que me agrada hablar con los amigos.

Los ve ya salir borrachines y revoltosos, atropellándose al llegar al portón y no acertando a abrirlo, dando golpes, tirándose de los brazos, luchando por ser el primero en atrapar con las uñas la puerta demasiado encajada. Luego coloca cuidadosamente la cortina sobre la ventana para que no deje pasar el sol y regresa al camastro.

El silencio, que puede cortarse con una tijera de sastre en la geometría de las esquinas, se quiebra con los gritos de los tres amigos que del brazo, dando saltos -como las niñas de las trenzas perfumadas, a punto de ser mujer-, completamente fuera de si, remedando las voces femeninas, cantan La Parrola cambiando las últimas estrofas, como los soldados en las largas marchas de las maniobras militares.

– Que cuando hay confianza, don Roque, se dicen las cosas. Que otra cosa sería que se tratara de un abuso por su parte; pero que usted sabe que nosotras somos muy gustosas en ofrecerle un regalo a su hija, que es cosa esa que no se hace sino una vez. Casamiento y mortaja, ya sabe, del cielo bajan – dice doña Rosa.

Al teniente Prado se le suaviza la voz, que pierde su acento cuartelero y pardo y resbala meliflua por el contorno ensalivado y baboso del puro recién encendido:

– Ella lo que se dice necesitar…

– Vamos, don Roque. Digalo sin apuros.

– Digalo, don Roque – insiste la hermana de doña Rosa -. Nosotras, ya ve usted, como si fuéramos de la familia.

El Teniente tuerce el gesto y se balancea tímido y cazurro en la mecedora de rejilla. El aire del patio, bajo la vela que entolda el espacio que deja libre el cenador hace agua como el moaré de su banda de gala.

Marejadilla de la calina tras el mediodía. Al espejismo marinero ayuda la pesada digestión de las espinacas con corruscos, del asado de carne borreguil, del arroz con leche del postre. Le suben eructos que contiene difícilmente cerca de la tirilla falsa. Silencio. La frescura umbría le alivia el resquemor de los pies enclaustrados y sudorosos. De tarde en tarde, el grito histérico del loro, insobornable en su actitud de no dejarle pasar sin pedir permiso al cuarto de banderas: "Señor brigada don Roque. Señor brigada don Roque. Lorito real…".

– Pero, hombre de Dios, decídase – insiste doña Rosa.

La respuesta, inaplazable ya, sobre el regalo de boda de su hija se le sigue encasquillando en la garganta. Cien veces su mujer le ha advertido antes de salir: "No contestes nada si te preguntan. Es lo mejor. Hazte el lorenzo. Así se dejarán caer con algo en metálico, que a la niña buena falta le hace, aunque no lo creas, mucha ropa interior para el ajuar; que no será mía la culpa, que te lo he dicho mil veces; pero como tú, tocante a dinero, no se te puede hablar y te pones como una fiera…" El teniente hace una profunda aspiración de humo y aguanta la tos:

– El caso es que…

Doña Rosa y su hermana se miran unos instantes. Se telegrafían con los ojos soluciones previstas. El teniente no logra descifrar la clave secreta, pero sonríe sintiéndose en ridículo. Se tranquiliza al fin viéndolas levantarse de las butacas y abandonar el patio entre cuchicheos. Queda solo. Las hermanas escapan arrastrando los pies por el mármol escalera arriba. (Ánimas sucias de los fusiles del somatén. Regalo de boda. Botas de caña que aprietan más y más y encharcan de sudor los calcetines reglamentarios. Cuello de loro Juanito para retorcer. Pantalón de monta que se clava en la cruz y atornilla la portañuela).

Suspira y monta el labio inferior sobre los dientes. Luego rasca un fósforo y reenciende el cigarro apagado, después de haber dejado caer la ceniza y enrollado sobre él, cuidadosamente, un papel de fumar.

Escaleras abajo regresa ya la risa de las dos hermanas. Doña Rosa cruza el patio y se adelanta trémula. El teniente se cree en la obligación de abandonar la mecedora, salir a su encuentro y recibirlas casi en posición de firme.

– Para Asuncioncita estamos seguras que será una verdadera sorpresa. Ya que usted se empeñó en no elegir, lo hemos hecho nosotras, que para lo que la ibamos a usar bien merece la pena que sea ahora ella la que lo disfrute.

Doña Rosa abre el estuche que sostiene su hermana. Con la cara entristecida por el recuerdo del palco de sombra en abrileña tarde de toros, los párpados caídos, ausente la mirada en los macetones de aspidistras que adornan el cenador, saca de él, despegándola cuidadosamente del forro de satén celeste, una peineta de carey.

– Lo que hoy no se fabrica – dice la cuñada del capitán.

– Ni hoy ni antes, porque la trajo el abuelo de Filipinas; pero no nos importa desprendemos de ella, ¿verdad, Virtudes?. Huy, don Roque, si yo fuera a contarle… El capitán, que en paz descanse, se encelaba las pocas veces que me atreví a salir con ella puesta.

El teniente se cuadra, abre los ojos y sonríe. Da una chupada honda a su cigarro y mira hacia el toldo blanco que cubre el patio, hacia las rayas amarillas que el sol dibuja en los extremos mal tensados de la vela.

– |Y mal que le caerá a la Asuncioncita!. Ya que Dios no ha querido darme una hija -mira a su hermana pensativamente – que sea Asuncioncita la que la luzca.

El teniente sostiene la peineta color caramelo rameada de vetas doradas y queda un instante con ella en las manos sin saber donde colocar los ojos. No se siente tranquilo hasta que doña Rosa la devuelve al estuche y suena el clip de la caja al cerrarse. El estuche pasa luego de las manos de doña Rosa al regazo de doña Virtudes que vuelve a sentarse en la mecedora mientras saca del bolsillo de su bata de lunares blancos y negros una estampa iluminada:

– La encontramos en el cajón de la cómoda mientras le buscábamos el regalo.

– Es una bendición de San Francisco, teniente.

– Y se la hemos bajado para que la guarde en la cartera y le preserve del peligro, usted que viaja tanto. Mi cuñado llevó siempre una consigo.

– Mi esposo que en paz descanse era un devoto de Asís, don Roque.