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Y ahora -si se lo hubieran dicho al oído aquellos primeros días cuando escuchó por vez primera la risa fría de él que se enredaba en el bajo vientre y subía húmeda, calculada, hasta el bulto vicioso de los labios, hubiera muerto de asco – dos a llorar la muerte, dos mujeres a notar el vacío y a echar de menos su respiración cortada ya para siempre en la monstruosa caja torácica de sus casi cien kilos, boca arriba sobre la mesa de operaciones desde donde es izado – ella no sabe que es en este mismo instante cuando es izado – hasta la camilla rodante cubierta con una sábana blanca que entra ya en el ascensor y que desciende hasta el sótano.

Casi cien kilos; pero no pesaba cien kilos entonces – ella era sólo una niña que ni siquiera sabía que había muerto su padre sobre un paredón encalado un día de primavera, cuando ondeaban banderas que se llamaban victoriosas – ni sobre el bolsillo interior de su chaqueta había cosida, como ahora, ninguna etiqueta de sastre de lujo. Él se lo contó todo una noche: Le contó la historia completa – naturalmente, amañada – para hacer valer ante ella que todo lo que tenía en la vida se lo debía a su propio esfuerzo. Le contó casi toda la historia desde su casamiento, cuando se embutió en un temo azul cruzado con chaqueta estrecha y pantalones demasiado anchos y se sintió feliz con el cuello de brillo y la corbata listada en verde y rojo. El cabello le caía en caracolitos grasientos sobre el cogote lustrado de brillantina porque aún no se había planchado el pelo ni recortado la patilla hasta la línea, superior de las orejas. Terminada la ceremonia, antes del banquete de boda, se echó a pecho un vaso do aguardiente seco y respiró tranquilo. Luego abrazó a todos los invitados y rompió el tabú de su timidez congénita que tanto le había costado vencer a pesar de todo su desparpajo golfo. Era el primero en tachar las leyes de la herencia – y se sentía feliz y satisfecho por serlo – de flojera de casta en la línea de los varones, y en la de las hembras tres tías solteras comprometidas: una con matador de toros y otra con mozo de espadas y una tercera haciendo la calle-según la estrella de cada cual, como decía su abuela materna -, pero todas ayudando a sacar adelante la familia. A cambio de una semana de amor, la más pequeña de las tres, con la que se llevaba sólo unos años, logró su enchufe en automovilismo cuando fuera movilizado con la "quinta de los llorones"1 el segundo año de la guerra civil.

Quizá por aquello del pelo de caracolito fue por lo que supo engatusarla y llevarla al altar y hacerla su mujer, una vez licenciado, a pesar de que ella había paseado con los oficiales italianos y hasta se decía la encontraron una tarde en la estación, en un departamento de primera, en la vía muerta, con el segundo teniente Vinicio, oficial de aprovisionamiento de los Camisas Negras,

No hubo dote, pero se la entregaron sin querer con largueza con aquel "torito" de cuatro mil kilos cuando todavía pelaba la pava en el zaguán. Y volante de día y volante de noche, y volante sorteando a los de tráfico y a los de Fiscalía, siempre dispuesta la cartera y siempre aliviando ajenas calamidades de aquel año cuarenta. A los dos años regulaba el transporte sólo con mercancías garantizadas a todo riesgo, por quien podía hacerlo.

A los cuatro de casado, cuando se evidenciaba el desembarco angloamericano en Europa, adquirió la casita de la playa. Todo el mundo a la sierra, a huir de la posible Escuadra fantasma que podía de un momento a otro sorprender las costas del Sur. No desembarcaron sino chocolatinas en bolsas de plástico, latas flotantes de nescafé y de cigarrillos, y píldoras para espantar el sueño.

Y él sonreía allí en la playa – como ha sonreído ahora hasta unos minutos antes de su muerte – frente al mar solitario, sentado en la terraza, contemplando la estela luminosa del faro.

Precisaron – ajustaron fechas, una noche con los labios pegados – que también ella estaba aquel primer año en la playa con la colonia escolar, con un gran lazo blanco sobre el pelo, haciendo castillos en la arena, y que quizá jugaba delante de él, delante mismo de la terraza de la casa donde él acariciaba a sus hijos y fumaba vegueros aromáticos y bebía satisfecho sucopa de coñac y movía con la cucharilla de electro plata el café mientras los pescadores sacaban el copo y la playa aparecía tranquila y desierta a pesar de ser julio, con la mandanga caliginosa cayendo tórrida sobre las ciudades del Sur.

Siente sed: una sed llegada de pronto que le seca el paladar y que hace se le pegue la lengua al cielo de la boca. Siente también ganas de llorar, pero ninguna lágrima es capaz de salir de sus ojos. Sin embargo, es necesario llorar y lo intenta hasta que por fin las lágrimas afluyen a tropel a fuerza de forzar la imagen de la muerte: de los que agonizan en el hospital, de las madres que han perdido al hijo, de los hijos que al nacer han perdido la madre, de los enfermos que sufren, de los que padecen la larga agonía del dolor. Y el tropel de lágrimas estropea su maquillaje y resbala por sus mejillas y descolora el carmín de sus labios.

El teléfono está allí, sobre la mesa, a menos de dos cuartas de sus dedos, de sus uñas puntiagudas levemente sonrosadas de esmalte; pero no se atreve a tocarlo. Cada vez que intenta descolgar el auricular y solicitar comunicación devuelve las manos al regazo una y otra vez, hasta que inconscientemente toma el bolso de rafia y lo abre y saca un paquete de cigarrillos y prende uno con el encendedor de plata sobredorada – gemelo al que ha quedado con todo el resto de las prendas personales en el bolsillo interior de él -. Da una chupada honda y el humo le entra como un chorro en los pulmones, para expulsarlo luego por la nariz de un golpe, como a él le gustaba que lo expulsara cuando los dos solos se quedaban en la oficina bebiendo sorbos de whisky, esperando la llegada del general de Aviación y de Jesusa, su amiga, que todas las semanas, cada vez que volvía de Tánger, traía a la oficina el rollo de películas pornográficas, que en un principio tanto le repugnaran, pero que al final se convirtieron en un mordiente que -junto con la "coca" – dejaba tensos los músculos y a punto el deseo.

El humo, en volutas azules, sube lento hasta la rinconera y queda enganchado en el arabesco de la marquetería. Una y otra bocanada, y otra más, aprisa, como si se fuera a acabar el mundo y fuera el último cigarrillo que fuera a fumar en la vida.

La sala de visitas ha quedado en penumbra. Por el corredor transcurren pasos, murmullos de ruedas de goma de camillas, breves pisadas. De tarde en tarde, llega también el grito del dolor soterrado, quizá sólo el eco del grito y no el grito mismo. Cuando el fuego mancha ya la rodada de carmín del cigarrillo y la candela está a punto de quemarle los labios, levanta el auricular. Todavía da una última chupada antes de marcar. Aplasta el cigarrillo con la puntera del zapato e introduce el dedo en el disco. Aún faltan unos minutos para que su voz se estrelle en el crepúsculo malva de los Alcores.

Candilazo. Ribazos cárdenos. Ribazos camuflados de manchas pardas y verdosas, militares manchas. Tornasol en las gavias vacías de tierra y de hombres. Candilazos para el poniente quebrado de cristales, de ventanas inauguradas tras la siesta, de persianas subidas a peso de garruchas chirriantes. El sol pierde totalmente el equilibrio y resbala por el muro que apuntala la bóveda en occidente.

Andrés sube lentamente la escalinata de ladrillos camino de su cuarto y rechaza la ayuda de la Mariquita que tras él, con la hamaca y los libros, tararea una melodía italiana mientras contempla las luces recién encendidas del pueblo, luminaria veraniega que le trae el recuerdo de las fiestas que se aproximan a paso de gallo, de los tiovivos del prado comunal, de las voladoras; de los bueyes tocados de espejos, portadores del estandarte oro y violeta de San Miguel y de la bandera azul y blanca de la Furísima; de los cohetes altos sorprendidos de palmeras que se abren sobre la plaza y llegan más alto aún que el campanario de la iglesia; de las carretas de sacos y de cintas; del olor a sudor de la caballada el día de la romería; de los besos a hurtadillas al anochecer en el soto de Torrijos; del baile en las callejas solitarias al compás de la música de los tenderetes; de las funciones del pequeño circo de lona listado de almagra y añil donde un hombre, desnudo medio cuerpo, escupe fuego por la boca y donde los perritos enanos bailan vestidos de muñecas al compás del vals.