De la calle llega el murmullo del juego de los niños – de los otros niños que no visten harapos, sino listadas marsellesas y pantalones vaqueros -. Andrés da un golpe sobre el trasero de la Mariquita cuando ella se adelanta con la hamaca y los libros al llegar al porche:
– ¿En qué piensas?.
– En nada. ¿En qué quieres que piense?. Lo que quiero es que no me gastes bromas de mano.
– Piensas en tu novio.
– No tengo novio.
La mirada de la madre, acodada en la baranda, se pierde en la perpendicular de la calle. Por primera vez no se ha preocupado de que su hijo abandone el jardín antes que empiece a caer la blandura nocturna. Lo ve subir la escalera sin advertir que ya casi es de noche y que los pájaros no patinan sobre las acacias.
– Hoy te has librado por tablas – dice Mariquita -. Porque tu madre parece que está hoy en la inopia, que sino…hace más de una hora que debías ya estar dentro.
– Te metes en lo que te importa -dice antes de tomar la escalera para subir a su cuarto.
Mariquita se queda todavía un momento en el hall mirando las luces del pueblo.
Cuando llega a su alcoba se desnuda, enciende la pantalla de la mesilla de noche, y se sumerge nadando – de manos de Salgari -en el mar de los Sargazos. Cuando gana ya la costa acantilada, desgarrada la ropa con los zarpazos de los golpes de mar, llegan los gritos de la calle:
– Mari, Mari, Mariiiii…
Eugenio, Toto y Antonio, remolonean en el cancel, obstinados, feroces, borrachines: -Mari, Mari, Mariiii…
Llega enseguida la voz de Mari disculpándose ante su madre:
– Señora, que yo no tengo la culpa que me persigan esos golfos, esos trápalas, esos pendones, señora. La voz de Toto se distingue del resto de las voces: -¡Anda sal, Mari, que está aquí el Eugenio!. Sal, mujer, que no se diga que no quieres verle; que no se diga que no eres capaz de bajar a ver a tu antiguo pretendiente.
El timbre del teléfono suena insistentemente. Oye a su madre hablar con Mariquita en voz baja:
– Si quiere usted, señora, bajo y les pongo las peras a cuarto a esos gamberros. Y si usted cree que yo tengo la culpa porque les he dicho que vengan, está usted equivocada – Mariquita solloza y da patadas en el suelo -. Está usted muy equivocada, porque una sabe respetar y una no es de las que está de picos pardos con unos y con otros.
El timbre del teléfono continua su cantinela, pero ninguna de las dos parece oírle. Por un momento está tentado a saltar de la cama y salir al corredor para coger el auricular, pero se arrepiente, hace un gesto vago y continúa leyendo.
De la calle siguen llegando los gritos:
– Mari, Mari, Mari…
Y la voz de Mari:
– Si usted quiere que baje, si me da permiso, yo le aseguro a usted que no se vuelve a repetir esto. Porque no es sólo que bajo sino que es que me voy derecha y llamo a un guardia y a esos golfos borrachos, que es lo que son, unos borrachos, les quito yo la borrachera. Ya verán si les quito la borrachera de momento. Están llamando al teléfono, señora -se interrumpe-. Voy a ver quien es.
– Deja.
– Puedo ir yo, señora.
– Deja. Es igual. Baja si quieres y no me armes escándalo. Les dices a tus amigos que la próxima vez que vengan a esta casa atropellando lo pongo en conocimiento del alcalde.
Mariquita atraviesa el hall, baja la escalera de ladrillos y atraviesa el jardín. Toto, con la cabeza dentro de la verja, recibe la bofetada que le da Mariquita sin rechistar. Luego se pone a llorar como un niño. Eugenio y Antonio lo toman del brazo y lo alejan de la cancela. Mariquita también solloza cuando atraviesa de regreso el jardín. Sube la escalera mordiéndose los labios y mirándose la mano que ha caído dura y rotunda sobre la mejilla de Toto.
Cuando Mariquita regresa al hall es cuando ella toma el auricular. Los minutos que Mariquita ha empleado en ir y venir hasta el cancel han sido los mismos que ella ha necesitado – como si a través del hilo pudiera llegar su imagen – para dejar resbalar las manos por las caderas para poner derecho el sesgo de su falda y pasar luego suavemente la palma de sus manos por los cabellos. Antes de descolgar el teléfono se ha sentado con las piernas cruzadas sobre la butaca.
Se sorprende de que, al otro lado del hilo, sea una voz femenina la que hable; una voz gangosa y gutural que tartamudea. De la calle llegan de nuevo los gritos llamando a la Mariquita. La voz se adelgaza y se quiebra como un cristal. El escape de un camión que cruza la Colonia le hace fruncir los labios y tapar con las manos el aparato. Es ahora Eugenio el que estremece de nuevo el añil desvaído de la anochecida: "Mari, Mari, Mari…". Logra por fin reconocer la voz que le habla atropelladamente de viaje, de urgencia, de muerte.
En el cancel, insisten, haciendo sonar con una piedra un envase de latón, y la voz de Eugenio se eleva bravucona:
– Baja, Mari. A ver si eres capaz de darme a mi también. A ver si te atreves.
Niña-Linda y el gringo roncan en la alcoba matrimonial su siesta india en sueño encadenado hasta el alba. Como todos los días, ella queda desvelada después del baño y del almuerzo en el "living", a la querencia de los cigarrillos y del alcohol.
Le vuelan los azacuanes por el techo raso. Le sobrevuelan las sienes los zopilotes. El sudor revienta de su piel cenicienta y, en riadas, le empapa el güipil. Casi borracha ya, el susto gallináceo de las auras le hace cerrar los párpados. Se imagina estar sentada sobre la tierra roja en mitad del desierto, o sobre la roca calmada de un peñasco en mitad de la pradera esmeralda con un "smith" hueso colgado a la cintura al lado del centinela que aguarda el paso del regimiento federado, como en los días lejanos de su infancia, antes de que su padre fuera admitido como emigrante para trabajar de peón agrícola en la Unión y atravesara un día el Río Grande y tuviera que aprender un nuevo idioma y olvidar su graduación de oficial en el ejército revolucionario, y enseñar el nuevo idioma a sus hijos y hacerlos ir al "scholl-children" y más tarde dejarlos libres para que marcharan hacia el Este: Hacia Nueva Orleans Horacio, y hacia Chicago Juan Diego, y ella hasta Nueva York con el hombre que pasó reclutando muchachas para las revistas musicales, y que llegó un día al poblado fronterizo masticando un habano; muchachas delgadas con las caderas ceñidas y las piernas bien hechas, obligándolas a enseñárselas hasta la línea de la ingle delante mismo de la familia sin dejar de masticar impasible su veguero baboso, mientras ultimaba las condiciones del contrato y recogía la autorización y la firma de los padres de cada una de aquellas hijas de emigrantes mestizos antes de ir metiéndolas a todas en su automóvil y recogiendo sus equipajes para llevarlas al apeadero férreo y desde allí embarcarlas camino del Este, de un Nueva York algodonoso y frío, cerrado en sus muros de cemento, en donde vivió tres años mostrando cada noche las piernas embutidas en negras medias de malla, hasta la llegada de un ruidoso carnaval en que conociera al soldado que volvía de las guarniciones europeas a las que se había prometido no regresar sin llevar mujer a su lado.