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– ¿Por ocuparte de la empresa mientras se recupera en México?

– Sí. He tardado todo este tiempo en poder librarme de la deuda con él.

– Lo siento, Noah.

– No te preocupes. Se ha acabado.

– Pero te molesta.

– Como he dicho, ya se ha acabado.

Noah miró a su alrededor y se dio cuenta de lo oscuro que estaba.

– Los niños deberían haber vuelto.

Sheila estaba tan absorta con el relato que tampoco había notado que se había hecho de noche. Sintió pánico al darse cuenta de que Emily no había regresado.

– Oh, Dios mío. ¿Dónde estarán’?

– ¿Tienes linternas?

Sheila asintió y corrió a la casa antes de que él pudiera decirle que las buscara. Al cabo de dos minutos estaba fuera esperando a que alguien contestara a los gritos de Noah. Empezaron a subir la colina al trote.

– Maldición -farfulló él-. Debería haberte hecho caso cuando dijiste que fuéramos a buscarlos.

– A buenas horas.

Sheila sabía que estaba siendo injusta, pero la preocupación por su hija le impedía pensar.

El se detuvo y puso las manos a ambos lados de la boca, a modo de altavoz, para gritar el nombre de Sean. El chico contestó a lo lejos. Sonaba asustado.

– Oh, Dios -murmuró Sheila-. Ha pasado algo.

Dominada por el miedo, empezó a correr por el camino mientras imaginaba las peores situaciones posibles. Tropezó con una raíz y Noah corrió a ayudarla, pero no pudo evitar que en la caída se le desgarraran los vaqueros y se lastimara la rodilla. Sheila hizo una mueca de dolor y siguió corriendo, sin fijarse en que estaba sangrando.

Los gritos de Sean se oían cada vez más cerca. Al cabo de un momento, las linternas iluminaron la cara angustiada del chico. Sheila se contuvo para no gritar cuando vio que llevaba a Emily en brazos. Estaba empapada; tenía la cara cubierta de barro y las mejillas llenas de arañazos.

– Mamá… -gimoteó estirando los brazos.

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas cuando la abrazó.

– Tranquila, cariño, no pasa nada. Mamá está aquí.

Emily estaba tiritando y le castañeteaban los dientes. Noah se quitó la camisa y se la echó a la niña por los hombros.

– ¿Estás bien, preciosa? ¿Te has hecho daño?

– Se ha hecho daño en el tobillo -contestó Sean, pálido.

– Vamos a echar un vistazo.

Noah iluminó los tobillos de la niña y comprobó que el derecho estaba hinchado.

Emily soltó un alarido de dolor cuando la toco.

– Tranquila, Emily -le susurró su madre al oído-. Noah sólo está viendo qué te has hecho.

Sheila le lanzó una mirada a Noah para advertirle que fuera cuidadoso.

– No parece que esté roto, pero no lo puedo asegurar -dijo él-. Ven aquí, Emily, te llevaré a casa y llamaremos al médico.

– ¡No! Quiero que me lleve mi madre.

– Emily -insistió Noah con voz firme.

– No te preocupes. Yo la llevo.

– Olvídalo, Sheila. Estás sangrando. Yo llevaré a Emily.

– Mamá…

– En serio, Noah, estoy segura de que puedo cargarla hasta la casa.

– No insistas.

Noah tomó a la niña con cuidado y se volvió hacia su hijo.

– Ocúpate de las cañas y las linternas -le ordenó-. Y ve con Sheila, que se ha hecho un corte en la pierna. Vamos allá. Cuanto antes llevemos a Emily a casa, mejor.

Ni siquiera la pequeña se atrevió a protestar. Sheila frunció la boca y no dijo nada. Lo único que le importaba era el bienestar de su hija.

Cuando ya podían divisar las luces de la casa, Noah miró a su hijo con severidad y preguntó:

– ¿Qué ha pasado, Sean?

– Hemos estado pescando.

– ¿Y qué más?

– Al ver que se hacía de noche, he apretado el paso -explicó el chico-. Emily iba detrás de mí y, cuando estábamos cruzando el arroyo, se ha resbalado. He corrido para ayudarla, pero la corriente le ha hecho perder el equilibrio y se ha caído al agua. Por suerte, es poco profundo y la he podido sacar enseguida. Pero se ha puesto a llorar y a gritar que le dolía el tobillo, y la he traído en brazos tan deprisa como he podido.

– Deberías haber sido más considerado. Si respetaras los horarios y no estuvieras siempre corriendo, tal vez no hubiera pasado esto.

– Yo no pienso que…

– Ese es el problema, hijo: que no piensas lo que haces.

– Basta, Noah -terció Sheila-. Sean no tiene la culpa, y no sirve de nada discutir.

Finalmente llegaron a la casa. Mientras ella limpiaba y secaba a su hija, Noah llamó a una médico amiga de Sheila. Sean caminaba nervioso de un extremo al otro del pasillo, entre el salón y el despacho, hasta que Emily se recostó en la cama y llegó la médica.

Donna Embers era joven y tenía una hija de seis años.

– Así que te has caído… ¿Y cómo te encuentras? -preguntó a Emily.

– Bien.

– ¿Y qué tal el tobillo? ¿Esto te duele?

– Ay -gimió la niña, con una mueca de dolor.

Mientras la médico seguía con la revisión, Sheila observó a su hija, que parecía más pequeña de lo que era. Recostada en la almohada blanca, tenía un aspecto muy frágil.

Donna se enderezó, sonrió y le acarició la cabeza a la niña.

– Creo que sobrevivirás -dijo-. Pero no podrás apoyar el pie durante un tiempo. Y de ahora en adelante, nada de saltar en los arroyos, ¿de acuerdo?

– Sí.

Donna se llevó a Sheila a la cocina.

– Se pondrá bien -le prometió-. No te preocupes.

– Gracias.

– No creo que necesite nada más fuerte que una aspirina, pero quiero que la lleves el lunes a la clínica para hacerle una radiografía.

– Pero creía que…

Donna sonrió y le puso una mano en el hombro para tranquilizarla.

– He dicho que no te preocupes. Estoy segura de que sólo es una torcedura, pero prefiero asegurarme de que no tiene nada más.

Sheila suspiró aliviada.

– No sabes cuánto te agradezco que hayas venido.

– ¿Para qué están los amigos? Además, te pasaré la factura.

– ¿Tienes tiempo para tomar un café?

Donna sacudió la cabeza y avanzó hacia la puerta.

– Me encantaría, pero he dejado a Dennis con la cena y los niños, y podría ser demasiada responsabilidad para él.

Sheila se apoyó en el marco de la puerta y se echó a reír. Si de algo no se podía acusar al marido de su amiga, era de ser irresponsable. Se despidió de ella y volvió a la cocina para preparar café.

– ¿Emily se recuperará? -preguntó Sean.

– Está bien.

El adolescente tragó saliva y bajó la vista al suelo.

– Lo siento mucho.

– No ha sido culpa tuya.

– Mi padre no opina lo mismo.

– Tu padre se equivoca.

Sean levantó la cabeza y la miró a los ojos.

– Creía que os llevabais bien.

– Nos llevarnos muy bien -reconoció ella-, pero eso no significa que siempre tenga que estar de acuerdo con él.

Sean se desplomó en una silla.

– Debería haber tenido más cuidado.

– Aunque lo hubieras tenido, el accidente podría haber ocurrido de todas formas. Alégrate de que no haya sido peor.

– ¿Peor de lo que ha sido?

Sheila se sentó junto a él y le puso una mano en el hombro.

– Podrían haber pasado mil cosas peores -dijo-. Emily se podría haber golpeado la cabeza; podrías haberte caído tú también; podrían haber pasado muchas cosas. Lo has hecho todo bien, Sean. Has sacado a Emily del agua y me la has traído. Gracias.

El chico estaba perplejo.

– ¿Por qué me das las gracias?

– Por pensar con claridad y cuidar de mi hija.

Sean se revolvió en el asiento. Aún se sentía culpable por el accidente de Emily, y había pasado de ser un adolescente rebelde a ser un niño asustado.

– Siento haberme comportado tan mal anoche -murmuró.