– No pasa nada.
– Pero fui muy desagradable contigo -insistió, avergonzado.
– Me temo que sí.
– ¿Y por qué no estás enfadada conmigo?
– ¿Es eso lo que quieres?
Noah había oído el final de la conversación y estaba en la puerta esperando que Sean contestara a la pregunta que le había hecho Sheila.
El chico la miró a los ojos, sin saber que su padre estaba detrás de él.
– No lo sé. Creo que no quería que me cayeras bien.
Sheila miró a Noah antes de volver la vista a Sean.
– ¿Porque tenías miedo de que quitara a tu padre?
Sean se encogió de hombros.
– Jamás haría una cosa así -declaró ella-. Tengo una hija y sé lo importante que es que nos tengamos la una a la otra. Nadie podría apartarme de mi niña, y estoy segura de tu padre tampoco permitiría que lo apartaran de ti.
El adolescente la miró atentamente y volvió a ponerse a la defensiva.
– ¡Mi padre sigue queriendo a mi madre!
– Lo sé, Sean -contestó ella, silenciando a Noah con la mirada-. Y no pretendo que deje de quererla.
Sheila decidió cambiar de tema rápidamente, porque sabía que Noah estaba a punto de intervenir y quería evitar otro enfrentamiento.
– Emily te había preparado unos pasteles, pero se le debe de haber olvidado con la emoción de ir a pescar.
Se puso en pie y empezó a poner los pasteles en un plato.
– ¿Por qué no le llevas esto para animarla un poco? -sugirió.
– ¿Crees que querrá verme? Podría estar dormida o algo así.
– Está despierta -dijo Noah, entrando en la habitación-. Acabo de estar con ella y, lo creáis o no, parece que tiene hambre.
Sean tomó el plato y dos vasos de leche, y se fue a ver a Emily. Sheila le sirvió una taza de café a Noah, sin preguntarle si le apetecía.
– ¿Cómo tienes la pierna? -preguntó él.
– Perfectamente. Me he limpiado la herida y está bien. No ha sido más que un rasguño.
– ¿La médico te la mirado?
– No.
– ¿Por qué?
– Ya te he dicho que he limpiado y vendado la herida. En serio, no es nada grave.
Él no parecía muy convencido.
– Siento que Emily y tú hayáis sufrido por culpa de la negligencia de mi hijo.
– Por favor, Noah, no lo culpes. Es un niño.
– Ya tiene dieciséis años y debe aprender a ser responsable. Debería haber tenido más cuidado.
– Lo sabe. No lo regañes; sería hurgar en la herida. Ya se siente bastante mal.
– Hace bien.
– ¿Por qué?, ¿porque ha sido poco cuidadoso? Los accidentes ocurren, Noah. No le exijas tanto al chico.
Él dejó la taza en la mesa, se acercó a la encimera y se quedó mirando la ventana en silencio.
– No es sólo el accidente lo que me preocupa -dijo al cabo de un momento-. Es su actitud. Tú estabas en mi casa la noche que volvió borracho, y no era la primera vez. Tiene problemas en el colegio, y hasta he tenido que ir a buscarlo a la comisaría. No fue a la cárcel porque es menor de edad, pero ha estado muy cerca. Ha faltado a dos reuniones con el asistente social y ha complicado más aún su situación legal.
– Muchos chicos tienen problemas.
– Lo sé. Pero todo tiene un límite.
Sheila se acercó y lo abrazó por la cintura. Se preguntaba cuánto tiempo llevaría torturándose porque se sentía culpable con su hijo.
– Te preocupas demasiado, Noah. Me dedico a trabajar con adolescentes conflictivos y sé por experiencia que tu hijo saldrá adelante.
– ¿Por qué has dejado que te mintiera?
– ¿Cuándo?
– Cuando te ha dicho lo de su madre. Sabes lo que siento respecto a Marilyn.
– Y es muy probable que Sean también lo sepa, pero aún no puede reconocerlo delante de mí. Aún me considera una amenaza.
– Creo que le estás dando más importancia de la que tiene.
– La adolescencia es muy dura, Noah, ¿lo has olvidado? Y a eso se le suma el hecho de que Sean sabe que su madre lo rechazó, y eso lo hace sentirse inferior.
– Muchos niños se crían sólo con uno de los padres. Emily, sin ir más lejos.
– Y para ella tampoco es fácil.
Noah se volvió para mirarla. Notó la preocupación que le nublaba el rostro y le besó la frente.
– Eres una mujer muy especial, Sheila Lindstrom, y te amo. En momentos como éste me pregunto cómo he podido vivir tanto tiempo sin ti.
– Imagino que tienes una voluntad de hierro.
– Igual es que soy testarudo y tonto.
Noah le pasó un brazo por los hombros y la guió fuera de la cocina.
– Vamos a ver a Emily -añadió.
– En seguida voy. Adelántate tú, yo tengo que hacer una llamada.
– ¿A quién tienes que llamar a estas horas?
– A Jeff.
– ¿Para qué quieres llamar a tu marido?
– Tiene derecho a saber lo del accidente.
– ¿Crees que le importa?
– Es el padre de Emily, Noah. Por supuesto que le importa.
– Por lo que me has contado de él, no se preocupa mucho por su hija.
– ¡Baja la voz! -Susurró entre dientes-. Jeff se tiene que enterar.
Noah frunció el ceño.
– ¿Estás segura de que no estás aprovechando la excusa del accidente para llamarlo?
– No necesito ninguna excusa para llamarlo, es el padre de mi hija. Quiero que sepa que a Emily le ha pasado algo y no puedo dejar que se entere por terceros.
– ¿Por qué?
– Ponte en su lugar y piensa cómo te sentirías si se tratara de Sean.
– Es distinto. Me preocupo por mi hijo, y daría lo que fuera por no perderlo. Me atrevo a decir que no es ése el caso de tu ex marido.
– Sigue siendo su padre. O llamo a Jeff o llamo a su madre, y preferiría no preocupar a Manan, porque estaría aquí en menos de media hora.
– ¿Y Coleridge también va a venir corriendo a ver cómo están su hija y su ex mujer? ¿Es eso lo que esperas?
– ¡Eres imposible! Pero debo reconocer que tienes razón en una cosa: me encantaría que viniera Jeff.
– Lo suponía.
– Pero no por los motivos que crees -continuó ella, tratando de mantener el control-. Emily acaba de pasar por una experiencia traumática, y creo que le haría bien contar con un poco de apoyo de su padre.
– Jeff es tan padre de Emily como Marilyn es madre de Sean. No me puedo creer que sigas aferrada a una imagen ideal que no ha existido ni existirá nunca. No es bueno para ti, pero sobre todo, no es bueno para Emily.
– Mira quién habla, ¡el padre del año!
Sheila se arrepintió inmediatamente de lo que había dicho; había sido cruel.
Noah apretó los puños un momento.
– No pretendo hacerte daño -dijo-; sólo intento que entiendas que los genes no tienen nada que ver con ser padre. Desde luego, Coleridge es el padre biológico de tu hija, pero ¿dónde estaba cuando las cosas se pusieron difíciles? ¿O has olvidado que te dejó por otra? Un hombre así no merece saber que su hija se ha caído. Reconócelo, Sheila, no le importa.
– Emily pasa unas semanas con él en verano. Jeff la espera a finales de la semana que viene.
– ¿Y ella quiere verlo?
– No lo tiene muy claro -reconoció ella.
– Dices que tu hija sabe que su padre no la quiere, pero estás esperando que, cuando se entere de lo del accidente, Jeff venga corriendo y se convierta en un dechado de virtudes a ojos de Emily. No te engañes, Sheila, y por el bien de la niña, no trates de hacer de tu marido algo que no es. Déjale a Emily formarse su propia opinión.
– Lo hará, tanto si lo llamo como si no. No obstante, lo voy a llamar, porque como padre tiene derecho a saber que a su hija le ha pasado algo.
– Renunció a sus derechos cuando la abandonó hace cuatro años.
Se miraron a los ojos durante un momento para tratar de reparar el daño que había causado la discusión, pero fue imposible.
– Lo siento -dijo ella con voz trémula-, pero soy yo la que decide.