Yo no podía quitarle la vista de encima. Los pezones se le transparentaban a través de la tela. El se dio cuenta.
– ¿Quieres que te las enseñe?
– ¿El qué?
– Las tetas.
– ¡ Ay, sí!
Se estiró la blusa hacia delante y metí la nariz dentro de su escote. Vi dos pechos perfectos, pequeños y duros, que terminaban en punta. Debía de estar estrenándolos todavía. Tuve ganas de tocarlos, pero no me atreví.
– Impresionante -le dije-. Ya quisieran muchas…
– Desde luego. ¿Tú quieres? -se dirigía a Pablo.
El negó con la cabeza, se reía y me miraba.
Ely empezó a contarnos su vida, aunque no quiso desvelarnos su edad, ni su nombre de pila. Hubiera preferido llamarse Vanessa, o algo así, pero estaba ya muy visto y había optado por un diminutivo, que' quedaba fino. Parecía andaluz, pero era de un pueblo de Badajoz, cerca de Medellín. Tierra de conquistadores, dijo, guiñándome un ojo.
Cuando tuvo la carta en la mano, dejó de hablar y la estudió detenidamente. Luego, con una voz especial, melosa y dulce, tremendamente femenina, miró a Pablo y preguntó.
– ¿Puedo pedir angulas?
Podía pedirlas, y lo hizo.
Comió como una lima, tres platos y dos postres, estaba muerto de hambre, aunque intentaba disimularlo, sostenía que no solía comer mucho para guardar la línea, y que se reservaba para ocasiones especiales como aquélla, pero los hombres habían cambiado mucho, por eso le gustaban tanto las películas antiguas, en blanco y negro, ahora era distinto, cada vez había menos caballeros dispuestos a pagarle una cena decente a una chica, hablaba y comía sin parar.
Sobre la mejilla de Pablo empezó a dibujarse una mancha sonrosada que luego se volvería morada, con rebordes amarillentos y reflejos verdosos.
Le había atizado bien.
– ¡Qué horror, cuánto lo siento! -le acariciaba la cara con la mano-. Esto no he conseguido arreglarlo, con las hormonas, quiero decir…
– No importa -Pablo se dejaba acariciar, por no rechazarlo. Era siempre así, con las extrañas criaturas que iba recogiendo por la calle.
Entonces, Ely dio un brinco y se le ocurrió que para celebrarlo podíamos terminar en la cama, gratis, claro.
Pablo le dijo que no. El insistió y Pablo volvió a rechazarle.
– Bueno, pues por lo menos déjame que te la chupe… Podemos hacerlo en el coche mismo, no es muy romántico pero estoy acostumbrada…
Yo me reía a carcajadas. Pablo no, se limitaba a mover la cabeza. Ely sonreía.
– Este chico es muy clásico -me hablaba a mí.
– Sí, qué le vamos a hacer… -decidí pasarme al enemigo-. ¡Anímate Pablo, vamos! Hay que probarlo todo en esta vida -me volví hacia el solicitante-, te advierto que es una pena, tiene una buena pieza…
– ¡Ahg, por Dios!
Echó todo el cuerpo hacia atrás, ahuecándose la melena con la mano, exageraba todos sus gestos, ahora se estaba haciendo la loca, deliberadamente. Era muy divertido.
– ¡Por Dios, déjate! -fingía desesperación, aunque también él se reía ruidosamente-. ¡Pero qué más te da! Si no te voy a hacer nada raro, te lo juro, en la boca solamente tengo lengua y dientes, como todo el mundo. ¡Déjate, déjate! ¡Oh, qué país éste! Vamos, te pagaré la cena, y te gustará, soy muy buena…
Estábamos chillando, armando un escándalo considerable. Nos trajeron la cuenta sin haberla pedido. Pablo pagó y salimos a la calle.
Nos pidió que le dejáramos donde le habíamos cogido. Era pronto, podía ligar todavía, dijo, pero durante el camino siguió dando la lata sin parar. Había bebido bastante. Nosotros también.
Yo dudaba.
Ignoraba si me estaría permitido hacerlo o no, no quería pasarme de la raya. En realidad, no sabía dónde estaba la raya. A él parecía divertirle todo lo que yo hacía, pero debía de existir un límite, alguna raya, en alguna parte.
al final, le pedí que parara y me pasé al asiento de atrás. Preferí no mirarle a la cara. Ely me dejó sitio. Estaba sorprendido. Me abalancé sobre él y le metí las dos manos en el escote. Levanté la vista para encontrarme con los ojos de Pablo clavados en el retrovisor. Me estaba mirando, parecía tranquilo, y su puse, me repetí a mí misma, que eso significaba que la raya estaba todavía lejos.
La carne estaba tan dura que casi se podían notar las bolas, las dos bolas que debía de llevar dentro. Le estrujaba y le amasaba las tetas, estirándole los pezones y lamentando, en algún lugar recóndito, no tener las uñas largas, para clavárselas y marcarle con su propia sangre.
Aquel ser híbrido, quirúrgico, me inspiraba una rara violencia.
Me dio un beso en la mejilla pero aparté la cara.
Nunca he sido tan considerada como Pablo y no quería besos de él. Le puse la mano en la entrepierna. Estaba empalmado. No me pareció lógico. Pablo seguía inmóvil, mirándonos por el retrovisor a la luz lechosa de las farolas. Volví a tocarle. Estaba empalmado, desde luego. Entonces le levanté la blusa y me metí una de sus tetas en la boca sin apartar la mano. Era monstruoso. Me colgué de su teta, la besaba, la chupaba, la mordía y movía la mano sobre él, le frotaba a través del plástico azul, tan arremangado sobre sus muslos que rozaba el borde con la muñeca, y le notaba crecer.
Me cogió la mano e intentó llevarla debajo de la falda, pero no le dejé, no tenía ganas.
– Eres una mujer de carácter, ¿eh?
Le pegué un mordisco en el pezón que le hizo chillar. Estaba como loca.
El empezó a sobarme las tetas, mis propias tetas mucho más grandes que las suyas, por encima de la camiseta, y le dijo a Pablo que siguiera, que iríamos a tomar la última a un bar que él conocía, y le dio una dirección.
Pablo arrancó. Ely siguió comportándose de una forma extraña. Me acariciaba los muslos. Yo también llevaba falda, una falda larga, blanca, de verano. El sí me metió la mano por debajo, me la metió hasta el final, y noté sus uñas, primero dos, luego tres dedos, dentro, haciendo fuerza contra el fondo, moviéndose hacia delante y hacia atrás, despacio al principio, luego cada vez más deprisa, más deprisa, me cortaban la respiración, sus dedos, y le escuchaba, hablaba con Pablo -esta tía es una zorra-, él se reía, -te va a costar la salud, seguir con esta tía-, mientras yo permanecía colgada de su teta, ya me dolía el cuello por la postura, tanto tiempo, pero seguía colgada de él, balanceándome contra su mano, y él me clavaba los dedos, las uñas, hablando sin alterarse, como si estuviera en la peluquería -deberías probar con una de nosotras, en serio, nos conformamos con mucho menos, nosotras-, hasta que me corrí.
Debíamos llevar un buen rato parados. Cuando abrí los ojos, vi los de Pablo, vuelto hacia mí, que me miraban. Luego abrió la puerta y salió.
Caminamos en fila india, Pablo delante, Ely detrás y yo en medio. Estábamos en un barrio caro, moderno y elegante, que de noche se poblaba de putas caras, modernas y elegantes. Resultaba difícil imaginar que un travesti callejero se moviera mucho por allí.
Llamó con los nudillos a una puerta de madera, de estilo castellano, con cuarterones. Se abrió una ventanita y asomó la cara de un tío. Empezaron a hablar. No vi lo que pasaba porque Pablo me había abrazado y me besaba en la mitad de la acera.
Ely le preguntó si le quedaba dinero, nos había salido por un pico la cena, con todo lo que había comido. Pablo movió afirmativamente la cabeza, sin sacarme la lengua de la boca, tenía dinero, en momentos como aquél siempre tenía dinero.
Se abrió la puerta y entramos. Aquello no era un bar propiamente dicho, había una especie de vestibulito, un mostrador diminuto, como en algunos restaurantes chinos y una puerta con un cristal que daba a un pasillo, un pasillo largo, forrado de moqueta verde tono relajante, con puertas a los lados, un pasillo que terminaba bruscamente, y no llevaba a ninguna parte.