– ¿Qué vamos a beber? -Ely había recuperado la compostura, aunque llevaba la blusa desabrochada. Hablaba con tono de anfitriona elegante.
– Ginebra.
– ¡Ay, no!, ginebra no, qué horror, champán.
– No me gusta el champán -era verdad, no le gustaba, y a mí tampoco, me había acostumbrado a beber ginebra sola, como él-, pero tú puedes tomar lo si quieres.
– Sí, sí, sí, sí -movía los ojos y los labios a la vez-, entonces dos botellas, una de cada…
Pablo estaba parapetado detrás de mí, me abrazaba así muchas veces, me rodeaba la cintura con su brazo izquierdo, me acariciaba el pecho con la otra mano y me frotaba la nariz contra la nuca, repitiéndome al oído una de las frases favoritas de mi madre, la sentencia fulminante, definitiva, con la que daba por concluidas todas las broncas en tiempos.
– Tú acabarás en el arroyo…
El hombre que había hablado con Ely colocó dos botellas y tres vasos en una bandeja de metal y comenzó a andar por delante de nosotros. Abrió la tercera puerta a la derecha, depositó las bebidas en una mesa pequeña y baja, con superficie de cristal, y desapareció.
Estábamos en un cuarto bastante pequeño y completamente ciego. El respaldo de un banco muy ancho, de aspecto mullido, tapizado de un terciopelo azul eléctrico que se daba patadas con el verde de la moqueta, corría a lo largo de una de las paredes. Alrededor de la mesa, cuatro taburetes tapizados con la misma tela completaban el mobiliario con excepción de un buró, un buró bastante feo, de madera, con puerta de persiana, que estaba adosado a una esquina, un buró completamente vacío -registré a conciencia todos los cajones-, que no pintaba nada en aquel sitio. No había ninguna silla.
Nos sentamos en el banco, los tres, Pablo en medio. Ely se puso serio, dejó de hablar. Un espejo muy grande, situado exactamente enfrente de nosotros, nos devolvía una imagen casi ridícula. Ely miraba hacia abajo, Pablo fumaba, siguiendo el humo con los ojos, y yo miraba al frente, estaba preocupada de repente, no sabía cómo iba a terminar todo aquello, hasta que empecé a reírme, a reírme estruendosamente yo sola, una risa incontenible, Pablo me preguntó qué me pasaba y a duras penas pude articular una respuesta.
– Parece que estamos en la sala de espera de un dentista…
Mi comentario aflojó momentáneamente la tensión, y los dos rieron conmigo. Ely volvió a parlotear y descorchó el champán con muchos ¡oh! y estrépito. Se sirvió una copa, se la bebió y se volvió a callar. Pablo también callaba, me miraba con una expresión divertida, casi sonriente, pero sin despegar los labios.
La verdad es que yo había supuesto desde el principio que él haría algo, él siempre solía dirigir la situación en casos como éste, pero aquella vez no parecía dispuesto a mover un dedo, y al rato volvimos a estar los tres quietos y callados, como en la sala de espera de u dentista, yo cada vez más nerviosa, Ely cortado, y supongo que cabreado, debía estar pensando que le habíamos llevado, que le había llevado yo hasta allí para nada, y Pablo imperturbable, como si la cosa no fuera con él.
Cuando el silencio se me hizo insostenible, me acerqué a su cara y le dije al oído que hiciera algo, cualquier cosa.
Me respondió con una carcajada sonora.
– No querida, la que tiene que hacer algo eres tú, tú te has montado todo esto, tú solita, yo me he limitado a invitar a tu amiga a cenar…
Ely me miró. Estaba perplejo.
Yo no. Yo había comprendido perfectamente.
Le miré un momento. No parecía enfadado con migo, si acaso sorprendido.
Me arrodillé delante de él con las piernas muy juntas, me senté sobre mis talones y le desabroché el cinturón. Le miré. Me sonrió. Me daba permiso.
Seguí adelante y miré a Ely, que se había inclinado hacia mí, pero él no me miraba, tenía los ojos fijos en los movimientos de mis manos.
Mientras, yo trataba torpemente de analizar la repentina impasibilidad de Pablo. Antes, durante la cena, había rechazado a Ely varias veces seguidas, le había rechazado de plano, me había sentido incluso un poco avergonzada de su inflexibilidad, de sus tajantes negativas de machito, estirado en la silla, hacia atrás, moviendo la cabeza solamente, no, sin ninguna broma, ni un comentario jocoso, simplemente no, un no mudo, no quiero.
Ahora, en cambio, se dejaba hacer.
Lo cierto es que era yo quien actuaba, Ely no se había movido de su sitio, pero éramos tres.
Quizás no fuera la primera vez. A lo mejor se había acostado alguna vez con un hombre. A lo mejor muchas veces. A lo peor con mi hermano.
Marcelo y Pablo en una cama de matrimonio desnudos, besándose en la boca…
Era divertido, supongo que debería haberme parecido horrible pero me pareció divertido, sonreí para mis adentros y decidí no pensar en más tonterías.
Ely no se había movido ni un milímetro cuando volví a mirarle, con la polla de Pablo en la mano ya.
Sacudí los hombros hacia atrás, me erguí todo lo que pude, levanté la cabeza y dejé caer la mano izquierda sobre mi falda blanca, esparcida sobre el suelo. Trataba de adoptar una actitud sumisa y digna a la vez, mirando a Ely a los ojos, con el sexo de Pablo en la mano, los fantasmas se habían disipado, estaba segura de que nunca le habían gustado los hombres, le gustaba yo, mírame, es mío, hace lo que yo quiero, y yo le quiero, le hablaba en silencio pero él se negaba a mirarme, Pablo había desaparecido, ocurría a veces, nunca desaparecía completamente; una sola palabra suya habría bastado para trastocarlo todo, pero desaparecía, y yo seguía mirando a Ely y se lo repetía en silencio, mírame, hace lo que yo quiero, y sabía que no era exactamente así, aquello no era verdad, pero la verdad también desaparecía, y yo seguía pensando lo mismo, y era agradable, me sentía alguien, segura, en momentos como ése, era curioso, tomaba conciencia de mi auténtica relación con él cuando había alguien más delante, entonces él siempre me distinguía, y yo comprendía que estaba enamorado de mí, y lo encontraba justo, lógico, algo que casi nunca ocurría cuando estábamos solos, aunque él se comportara igual, porque yo recelaba siempre, le seguía encontrando demasiado hermoso, demasiado grande y sabio, demasiado para mí.
Le amaba demasiado. Siempre le he amado demasiado, supongo.
Me metí su polla en la boca y empecé a desnudarle. Nunca le ha gustado follar vestido. Le quité los zapatos, uno con cada mano, y los calcetines, mientras movía los labios aplicadamente, con los ojos cerrados. Le puse las manos en las caderas y se irguió levemente, lo justo para que yo pudiera tirar de sus pantalones hacia abajo. Después con las manos libres otra vez, me volqué encima de él, superada ya cualquier pretensión de componer una grácil figura de tanagra adolescente, un objetivo por otra parte muy superior a mis capacidades de gracilidad, que son nulas, y me concentré en hacerle una mamada de nota, tenía que ser de nota, porque quería que Ely me viera.
Cuando consideré que ya había sacado a relucir habilidades suficientes como para infundir el debido respeto, cuando, después de habérsela chupado, mordido, besado y frotado contra mis labios y mis mejillas, toda mi cara, me la tragué entera y aguanté con ella dentro un buen rato, que mi trabajo me había costado aprender, aprender a engullirla toda, a mantenerla toda dentro de mi boca, presionando contra el paladar, engordando contra mi lengua, cuando por fin la devolví a la luz, morada ya, tumefacta y pringosa, dura, y escuché a Pablo, sus ruidos adorables la respiración frágil, y miré a Ely, y vi que por fin él me devolvía la mirada, y me miraba a los ojos, con la boca entreabierta, le hice una señal con la cabeza y le sugerí que se uniera a la fiesta.
Podría haberse tirado sobre Pablo sin levantarse del asiento, pero prefirió arrodillarse a mi lado.
Siempre ha sido un esteta.
Yo no la había soltado, mantenía la polla de Pablo firmemente sujeta con la mano derecha y no permití que mi nuevo acompañante la tocara siquiera. Yo decidiría cuándo le correspondía o no entrar en el juego. Era mía, y por eso la recorrí nuevamente con la lengua, de abajo arriba, y torcí la cabeza Para hacerla correr sobre mi boca, moviendo los labios cada vez más deprisa, como si me lavara los dientes con ella, hasta que me dolió el cuello, y empezó a quemarme la oreja, comprimida contra el hombro, sólo entonces se la acerqué a la boca a él que estaba a mi lado, la dirigí con la mano hasta colocársela encima de los labios, la besó, pero apenas la rozó me la llevé, para acercársela otra vez, y ver cómo la lamía, con toda la lengua fuera, y entonces saqué mi propia lengua, para lamerla yo, y se la pasé de nuevo, estuvimos así un buen rato, hasta que él la atrapó con los labios y ya no me atreví a tirar, fui yo hacia ella y empezamos a chuparla entre los dos, cada uno por una cara, cada uno a su aire, era imposible ponerse de acuerdo con Ely, era una loca hasta para eso, cambiaba de ritmo cada dos por tres, de forma que decidí comérmela, comérmela yo sola, un ratito, y luego se la ofrecí a él, yo la seguía sujetando con la mano, y él mamaba, me encantaba verle, los pelos teñidos, la barra de labios, rojo escarlata, corrida por toda la cara, la nuez moviéndose en medio de su garganta, come hijo mío, aliméntate, pero no abuses, y presionaba con la mano hacia arriba hasta que le obligaba a abandonar, y volvía a tragármela, la tenía un rato dentro y se la volvía a meter en la boca, ya no se la pasaba, se la metía en la boca yo directamente, que ría verle, ver cómo se le ahuecaban las mejillas, cómo mamaba de un hombre como él.