Me aparté un momento, sin soltar todavía mi presa, para mirarle. Miré a Pablo también, pero él no podía verme, tenía los ojos fijos en algún punto del techo. La expresión de su cara me llevó a pensar que Ely se hacía propaganda justamente, parecía muy bueno, muy buena, como él decía. Decidí dejarle el campo libre, después de todo. Aflojé la mano poco a poco, hasta desprenderla por completo. Me tiré en el suelo y, apoyada sobre un codo, me dediqué a mordisquear los huevos de Pablo. Antes de empezar miré un segundo a mi izquierda.
Ely se estaba masturbando.
Debajo de la falda azul, empuñaba con su mano izquierda un pene pequeño, blancuzco y blando. Me estaba preguntando si sus tetas tendrían algo que ver con el penoso aspecto que ofrecía aquella especie de apéndice enfermizo cuando los muslos de Pablo temblaron una vez.
Me incorporé inmediatamente. Quería ver cómo se corría en su boca. Me coloqué a su lado, una rodilla clavada en el banco, el otro pie en el suelo, me veía en el espejo, de perfil, veía su cabeza encajada entre mis pechos y mi barbilla. Tomé su rostro con una mano y me incliné hacia él. Le besé, movía la lengua dentro de su boca mientras saboreaba anticipadamente el momento de volverme hacia Ely, sumido allí abajo, en el suelo, y empezar a dar órdenes, a chillarle, trágatelo todo, perro, trágatelo, pero aquel momento no llegaría nunca, le abofetearía si una sola gota se quedaba fuera, pero nunca lo haría, porque Pablo me cogió por sorpresa, me izó de repente por debajo de la rodilla izquierda, me hizo girar bruscamente hasta colocarme enfrente de él, me soltó un momento para romperme las bragas, estirando la goma con las manos, y me obligó a montarle.
Le rodeé el cuello con los brazos y comencé a subir y bajar sobre él.
Siempre que lo hacíamos así me acordaba de cuando mucho tiempo atrás, a mis cinco, a mis siete, a mis nueve años, tras rogárselo yo machaconamente horas y horas, me sentaba encima de sus rodillas me cogía por las muñecas y me atraía hacia sí primero, dejándome caer luego, hasta que mi cabeza rozaba el suelo, aserrín, aserrán, los maderos de San Juan, los del rey, sierran bien, los de la reina, también, la última vez que lo hicimos yo tenía casi catorce años, y él veinticinco, no había nadie en el cuarto de Marcelo, él estaba sentado en la cama, y yo se lo pedí, y me contestó que no, que ya era muy mayor para jugar a esas cosas, y yo insistí, la última vez, por favor, la última vez, y accedió, pesas mucho ya, aserrín, aserrán, y aquella vez fue muy largo, duró mucho tiempo, y cuando terminamos yo estaba mojada y él tenía algo duro, inhabitual, debajo de los vaqueros, aquélla iba a ser la última vez, pero fue la primera.
Se lo repetía muy bajito, aserrín, aserrán, los maderos de San Juan, al oído, mientras bajaba y subía encima de él. Me levantó completamente la falda por detrás y me cubrió la cabeza con ella, el borde me rozaba la frente, me asió firmemente por la cintura y me chupó los pezones por encima de la camiseta de algodón, hasta dejar una gran mancha húmeda al rededor de cada pezón.
Apenas un instante después, todas las cosas comenzaron a vacilar a mi alrededor. Pablo se apoderaba de mí, su sexo se convertía en una parte de mi cuerpo, la parte más importante, la única que era capaz de apreciar, entrando en mí, cada vez un poco más adentro, abriéndome y cerrándome en torno suyo al mismo tiempo, taladrándome, notaba su presión contra la nuca, como si mis vísceras se deshicieran a su paso, y todo lo demás se borraba mi cuerpo, y el suyo, y todo lo demás, por eso tardé tanto en identificar el origen de aquellas caricias húmedas que de tanto en tanto me rozaban los muslos como por descuido, contactos breves y levísimos que tras segundos de duda y un instante de estupor me indicaron que Ely seguía allí abajo, clavado de rodillas en el suelo, lamiendo lo que yo no aprovechaba, meneándose aquella pequeña picha suya, tan blanca y tan blanda, mientras yo follaba como una descosida, indiferente a aquel pintoresco animal callejero que, de espaldas a mí, se cebaba en las sobras de mi banquete particular, hasta el punto de que había llegado a olvidar por completo su existencia.
Me hubiera gustado verlo, ésa fue la última idea coherente que fui capaz de concebir antes de dejarme ir, cuando comencé a sentir los efectos de mis choques con Pablo, cada vez más bruscos, progresivamente cerca de la cabeza, y ya no pude controlar más, me dejé ir, para que él, tres o cuatro empellones más, agónicos y brutales, los últimos, me triturara por fin la nuca, me la rompiera en millares de pequeños pedacitos blandos, antes de dejarse atrapar él también entre las paredes elásticas de mi sexo, repentinamente autónomo, que estrangularon el suyo más allá de mi propia voluntad.
Después, consciente de mi incapacidad para hacer otra cosa que no fuera quedarme allí, quieta, tratando de recuperar el control sobre mí misma, me mantuve inmóvil un buen rato, abrazada a Pablo, colgada de él, echando de menos mi casa, estar en casa, una cama próxima, pero era agradable de todas formas, el calor, el roce con su piel todavía caliente.
Él volvía mucho antes que yo, su cuerpo era más obediente que el mío, y no estábamos en casa, de manera que me besó en los labios, me levantó un momento para desligar mi sexo del suyo, y me empujó muy suavemente hacia un lado, para dejarme tumbada encima del banco.
Me quedé allí un buen rato, encogida, las rodillas apretadas contra el pecho, los ojos cerrados, mientras él se vestía, y de nuevo recordé a Ely, que se me había vuelto a olvidar.
Cruzaron unas pocas palabras en voz baja, una voz que no era la de Pablo musitó una expresión de despedida y escuché el ruido de una puerta que se
cerraba.
Me incorporé. El estaba apoyado contra la pared, los brazos cruzados, y sonreía. Me puse de pie para vestirme y me di cuenta de que estaba vestida. Mis bragas, rotas, estaban en el suelo. Las cogí, no sé por qué, era indecente ir dejando bragas rotas por ahí, y las metí en el bolso. Al pasar junto a la mesa me di cuenta de que la botella de ginebra seguía allí, intacta, ni siquiera habíamos roto el precinto. La cogí, y también la metí en el bolso. No están los tiempos como para ir dejando botellas llenas y pagadas por ahí. Pablo se echó a reír con una risa transparente, sin dobleces, se reía solamente. No estaba enfadado, y eso me hizo sentirme bien, así que yo también reí, y salimos juntos, riéndonos, a la calle.