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Pablo me tocó el hombro. Habíamos llegado a la gasolinera y había cola, las cinco y veinte de la mañana y teníamos tres coches delante. Yo estaba sorprendida. El jamás hablaba de la cárcel, a pesar de que se habían chupado treinta meses, dos años y medio al final, les redujeron la condena por no sé qué y salieron a la calle con libertad provisional a los treinta meses, les habían robado treinta meses, treinta y ocho meses de vida en total, a los dos. Marcelo volvió a casa, nunca entendí por qué vivía en casa si pagaba un piso de alquiler que usaba para follar y para poco más, años después me enteré de que era por algún asunto político, lo de seguir en casa. Pablo me zarandeó, ¡eh! ¡qué te pasa?, no me pasaba nada, y se lo dije, nada.

– Pues tú tuviste mucho que ver en todo eso…

– estaba de buen humor, todavía.

– ¿Yo…?

– Sí, tú. Nos escribías todas las semanas, primero sólo a Marcelo, luego una carta para cada uno, al final una sola, muy larga, para los dos… ¿no te acuerdas?

Sí, me acordaba. Me acordaba de la angustia también, de lo que contaba la gente, yo me lo creía todo, palizas, torturas, violaciones, mi hermano, que era como mi padre y mi madre a la vez, y mi novio, porque me gustaba pensar que era mi novio, allí, en la cárcel, a merced de esa pandilla de hijos de puta, sangrando por la nariz, por la boca, retorciéndose bajo los golpes de una toalla mojada, me acordaba, yo les escribía y les contaba todo lo que me pasaba, para que se rieran un poco, para que se acordaran de mí. Me contestaban, de vez en cuando.

Pablo siguió hablando, hablaba sin parar.

– Cuando cumpliste doce años, mandaste una carta en la que anunciabas la llegada de un giro postal. Siempre parecías muy preocupada por el dinero…

– Claro, papá le contaba a todo el mundo que no le mandaba ni un duro a Marcelo.

– Pero no era verdad.

– Ya, de eso me enteré después…

– Teníamos dinero, pero tú nos ibas a mandar todo el que habías sacado por tu cumpleaños, para que comiéramos bien, te encantaba jugar a las mamás, con nosotros.

Me acarició la cara, yo no le miré, me daba vergüenza acordarme de aquello, le había dicho a mi madre que iba a hacer una obra de caridad aquel año, pedí dinero a todo el mundo en vez de regalos, dije que las monjas del colegio nos habían propuesto hacer canastillas y llevarlas a un barrio de chabolas, más allá de Vallecas, mamá se quedó sorprendida, canastillas en abril, eso se solía hacer en Navidad, pero era una obra de caridad al fin y al cabo, y no podía negarse, mentí con convicción y me creyeron, saqué 1575 pesetas,1575 pesetas del 69, una pasta, y las mandé a Carabanchel, para que comieran bien, era verdad.

– Te juro que al principio nos quedamos de piedra, nos llegó al alma, de verdad, a Marcelo casi se le saltaron las lágrimas, pero luego tuvo un arrebato de genialidad, una de esas chifladuras que le dan a tu hermano de vez en cuando, y me llevó a un rincón, y me dijo, el dinero de Lulú nos lo gastamos con el portugués, ¿qué te parece?, yo me reía, pero él iba en serio, y pensé que, después de todo, lo podríamos intentar, llevábamos allí once meses ya, -se me estaba empezando a hacer un callo en la mano…

El coche de delante se movió.

– ¿Quién era el portugués?

– Un marica, no sé, estaba allí porque había apuñalado a su novio, en una bronca, celos, creo, no le había matado y el otro iba a verle cuando podía, le había perdonado, el portugués repetía que había sido por amor.

– Pero vosotros erais políticos…

– ¿Y qué? Los homosexuales estaban en nuestra galería, y también veíamos a todos los demás, en el patio, en el comedor, la verdad es que eran mucho más interesantes que los presos del partido. Allí encontré a Gus, y a más gente que conoces.

– ¿Gus? ¿Pasaba ya?

– No, abría coches, era un chorizo de poca monta, muy joven, empezó a drogarse allí, en Carabanchel.

– ¿Y qué pasó? -ya no estaba preocupada, solamente sentía curiosidad.

– Nada, el portugués era la novia de la prisión, algún funcionario que otro incluido. Era muy versátil. Hacía pajas, mamadas, daba y tomaba, según lo que estuvieras dispuesto a pagar. Se sacaba un pastón, estaba ahorrando para comprarle un piso a su novio, como desagravio, supongo. No era el único, había más como él, pero éste era joven, bastante guapo, y tenía la boca sana. Tenía un pollón, además, por lo que se contaba por ahí, y era el que más éxito tenía.

Pablo me miraba sonriendo, como si hubiera estado de vacaciones, en la cárcel, una temporadita. Yo estaba desconcertada.

– Y os gastasteis mi dinero con el portugués…

– no era una pregunta, lo repetía solamente para creérmelo de una vez.

– Sí, casi todo, en tu honor, como decía Marcelo. Estuvimos discutiendo bastante sobre el procedimiento. Una paja era demasiado poco, así que optamos por un francés, un francés con un portugués, quedaba muy internacional, pero yo estuve a punto de estropearlo todo, porque cuando fuimos a la enfermería, a contratar, digamos…

– ¿Por qué a la enfermería?

– El trabajaba allí, que era uno de los sitios más cómodos, siempre conseguía lo mejor, tenía muchos amantes, en todas partes, bueno, yo le pregunté que si nos hacía alguna rebaja por chupárnosla a los dos a la vez, y entonces se cabreó.

De repente se puso serio. Calló un momento, me miró.

– No sabes cómo era aquello, no lo sabes.

Un sitio triste, pensé, sobre todo triste.

Llegamos al surtidor, llenamos el depósito y nos fuimos a casa. Pablo siguió callado todo el camino. Luego, cuando yo ya estaba en la cama, se tumbó a mi lado.

– ¿Quieres saber el final de la historia?

No me atreví a admitir que sí, pero él me lo contó, de todas maneras.

Mi dinero había dado para diez mamadas, ni una más ni una menos, a 150 pesetas unidad, cinco para cada uno. Le habían gustado, y a Marcelo también le gustaron, de forma que siguieron pagándoselas ellos solos, de su propio dinero, racionándose el placer, para no enviciarse, tenían miedo de enviciarse, e iban a la enfermeríá una, dos veces al mes, cada uno por separado, hasta que un día, el portugués le propuso a mi hermano que dijera que tenía la gripe o algo así, que le conseguiría una cama, que le cuidaría bien y que no le cobraría. Estaba encoñado con Marcelo por lo visto, pero él dijo que no le apetecía, le dio miedo, y lo dejó. Pablo no, siguió hasta el final, llegó a pensar incluso en follar con él, me lo dijo sin inmutarse, meditó durante cierto tiempo sobre la posibilidad de darle por culo, qué pasaría, no podía ser una sensación muy distinta a la de metérsela por el culo a una mujer, y eso era agradable, hasta que un día, cuando estaba casi decidido, tuvo un rapto de lucidez, lo llamó así, un rapto de lucidez, viéndole desnudo de cintura para arriba, el pecho lleno de pelos, coqueteando con un par de cincuentones en el patio, y entonces se dijo que él estaba en la cárcel por ser comunista, como si el comunismo fuera un seguro de virtud, aquello le sostuvo y se echó para atrás.

– De todas maneras, ya sabíamos que no íbamos a cumplir la condena entera, que saldríamos pronto. Si hubiera sabido que me quedaban diez años más, o veinte, como a algunos, seguramente lo habría hecho, y supongo que me habría gustado. Lo que haces, dices, o piensas fuera no vale en la cárcel, ése es un mundo distinto.

Se quedó un momento callado. Luego siguió hablando, daba la impresión de que quería vaciarse, contarlo todo, después de años sin mencionar aquella época, no le gustaba, podía haber ido de mártir, años atrás, cuando todo el mundo presumía de que también a ellos les habían detenido una vez, en la Puerta del Sol, y les habían enseñado la ventana, y era mentira, podía haber presumido él también, y llorado, pero no lo hizo, nunca, nunca me había hablado de aquello hasta entonces.