Inés arrastró a Pablo a su cuarto para enseñarle la carpeta en la que guardábamos sus trabajos del colegio. Ella me siguió hasta la cocina y se quedó en el umbral de la puerta, mirándome.
– Yo te admiro mucho, ¿sabes? -parecía tranquila y segura de sí misma.
– No, mira, por favor… -no iba a soportarlo, eso sí que no-. Soy una borde, ya lo sabes, y si hay algo que me ponga de mala leche son las sesiones de confidencias de mujer a mujer, así que te agradecería que me ahorraras las tuyas.
– No me refería a nada de eso -su voz todavía era firme-. He leído tu libro.
– Lo dudo -le contesté-. Yo no he escrito ningún libro.
– Claro que sí -insistió, parecía sorprendida-. Pablo me lo dejó, el libro de los epígrafes. Y me gustó mucho.
– Epigramas.
– ¿Qué? -daba la sensación de que no le importaba mucho nada.
– Epigramas, no epígrafes.
– Ah, bueno -emitió una risita-, es lo mismo.
– No -chillé-, no es lo mismo, por supuesto que no es lo mismo.
Calló y bajó los ojos. Ofrecía un blanco perfecto ahora.
– Ese libro no es mío -se me estaba desparramando todo el café, me iba a costar una fortuna aquella cafetera-. Yo solamente lo traduje, escribí las notas y un prólogo, nada más. El texto es de Marcial -me miró con extrañeza, Marco Valerio Marcial, un tío de Calatayud, y no te gustó ni mucho ni poco porque no lo has leído, y no tengo ganas de proseguir esta conversación, tú no me admiras solamente sientes curiosidad por mí, pero ese sentimiento no es recíproco, lo cierto es que me pareces una jovencita bastante vulgar, así que no tiene sentido seguir hablando, lárgate y déjame en paz de una puta vez.
Yo jugaba con ventaja.
Ella tenía las tetas de punta, solamente.
Yo tenía treinta años, y estaba casada con él.
Me miró un momento, roja como un tomate, luego se dio la vuelta y desapareció.
Marcial. La época dorada de mi vida, aquel maravilloso trabajo, económicamente ruinoso, más de un año de pequeñas satisfacciones personales, estaba tan orgullosa de mí misma cuando por fin salió el libro, Pablo estaba tan orgulloso de mí…
Cerré la cafetera y la puse en el fuego. Es guapa, muy guapa, pensé, y muy joven, conserva el aire frágil de los adolescentes.
Medité un momento, tratando de recordar quién me había producido la misma impresión, no hacía mucho tiempo.
La cafetera pitaba. Apagué el fuego y salí corriendo. Cuando llegué a mi cuarto, era ya demasiado tarde.
Pablito seguía dormido, desnudo, espléndido y rotundamente empalmado, su sexo parecía el poste central de una carpa de circo.
Inés, sentada en el borde de la cama, lo señalaba con un dedo.
– Qué es eso, papá?
Pablo, acuclillado a su lado, le sonreía.
– Oh, eso…, es que echa de menos a mamá.
– ¿Es huerfanita, la pobre? -lo preguntó con un tono de sincera compasión.
– No, Inés -Pablo se rió-. No es huerfanito, echa de menos a mamá, a tu mamá, a Lulú, ¿comprendes?
– Tú no tienes de eso cuando duermo contigo, y también dices que echas de menos a mamá…
– se volvió hacia él, parecía intrigada.
– ¡Pero si es una chica, tonto! -se volvió regocijada, le encantaba pillarnos en un renuncio, a cual quiera de los dos-. Lleva coleta, como yo… -se tocó el pelo, me gustaba mirarla, se parecía mucho a mí, Pablo solía decírmelo, quiero tener una hija igual que tú, yo me tocaba la tripa y me reía, pero se salió con la suya al final, y tuvimos una hija igual que yo.
– No, Inés -hablaba en voz muy baja, con un tono muy sereno, sedante, el que usaba para explicar las cosas importantes, a ella le fascinaba aquella voz, y a mí también-. Eso no tiene nada que ver, yo también podría llevar coleta, si dejara de cortarme el pelo. Es un chico, mírale bien, tiene una bolita en la garganta…
– Elisa también tiene bolita y es una chica -Inés siempre había llamado Elisa a Ely, le quería mucho encontraba muy divertidos sus gestos, su acento, su forma de andar y, sobre todo, su nuez.
– Pero Elisa tiene tetas y éste no, mira -Pablo señaló el pecho liso de Pablito e Inés se quedó mirándolo, asintiendo con la cabeza, ése era un argumento definitivo para ella.
Yo me había preguntado muchas veces si aquella era la manera adecuada de educar a una niña, se lo pregunté a Pablo también, una noche que Ely es taba en casa, había venido a ver Cómo casarse con un millonario la daban por la tele. -¡Me pido ser Marilyn!- había anunciado, nada más pasar por la puerta, entonces llamó por teléfono un amigo francés, de los tiempos de Filadelfia, estaba en Madrid de paso, quería vernos, no encontrábamos canguro, y al final aceptamos el ofrecimiento de Ely, se quedó cuidándola, Inés acababa de cumplir dos años, entonces le pregunté a Pablo si aquélla era la manera adecuada de educar a una niña, y él me contestó que sí. -Es que yo soy mucho más viejo que él. le parecía mejor que educarla como me habían educado a mí para luego haber acabado dando con un tío como él, pero la estamos privando del placer de ser pervertida, objeté, él insistió, creo que es mejor en cualquier caso, sonreía.
– ¿Cómo se llama? -Inés creía ciegamente que su padre lo sabía todo, en mis conocimientos confiaba mucho menos.
– Pablo -ambos se volvieron para mirarme-. Se llama Pablo, igual que papá, y está muy cansado, así que vamos a dejarle dormir. Además -me dirigí a Inés-, Cristina te estaba buscando antes, me ha dicho que quería jugar contigo al escondite inglés…
– Pero si nunca le apetece… -balbuceó. No me extraña nada, pensé, era una auténtica tortura jugar al escondite inglés con Inés, no se cansaba nunca y hacía trampas todo el tiempo.
– Pues hoy lo está deseando -Pablo soltó una carcajada-, yo que tú aprovecharía la ocasión…
Se levantó y salió corriendo. El también se levantó, y salimos de la habitación.
– ¡Vaya, vaya! -su voz era cruel, otra vez-. ¿De dónde has sacado ese pedazo de carne?
Todas mis esperanzas se desvanecieron de golpe.
– Yo podría preguntarte lo mismo… -musité.
– ¿Cristina? -me miró sorprendido-. No, por Dios, en ella es mucho menos evidente, y tú lo sabes.
– Pero es muy joven, eso es lo que te gusta, ¿no?
– me miró con ojos duros, todavía más duros. Luego pareció tranquilizarse. Se preparaba para hacerme daño.
– Tiene diecisiete años, pero está creciendo muy deprisa.
– Todas crecemos -le dirigí una mirada de triunfo pero me dio miedo sostenerla. Los ojos le echaban chispas, las aletas de la nariz, de su nariz demasiado grande, palpitaban cada vez más deprisa, sus labios estaban tensos, conocía bien todos esos síntomas, iba a estallar en cólera de un momento a otro.
– ¡Tú no! -sus palabras hirieron mis oídos, sus dedos se me clavaron en los brazos, sus ojos fulminaron los míos, dejé caer los párpados, me encogí y me mantuve inmóvil, blanda como un muñeco de trapo, sabía que iba a zarandearme y permití que lo hiciera-. Tú no, Lulú, tú no has crecido nunca, ni crecerás en tu vida, maldita seas, tú no has dejado de jugar jamás, y sigues jugando ahora, juegas a ser adulta, solamente estás haciendo unos extraños deberes que te has impuesto a ti misma, no entiendo por qué, has dejado de ser una niña brillante para convertirte en una mujer vulgar, no comprendo por qué, no lo he comprendido todavía, te asustaste y te marchaste con la gente corriente, pero has fracasado porque no has entendido nada, tú no has crecido, Lulú, tú no, nosotros no éramos gente corriente, no lo somos, aunque tú ya lo hayas echado todo a perder…
– me soltó, yo no me atrevía a moverme, me tomó de la barbilla y me levantó la cara, pero no quise mirarle-. Nunca te lo perdonaré, nunca.
Se dio media vuelta y se alejó de mí, pero regresó, de repente. Yo me había apoyado en la pared. Le miré. Parecía derrotado.