– ¿Qué te pasa? -la voz de Marcelo me sonó muy lejana, pero cuando volví la cabeza casi tropecé con él-. ¿No estás bien todavía?
– Sí, sí, claro que estoy bien, ya no tengo fiebre… -le aseguré. Convalecía de una larga gripe mal curada, por eso no había ido a cenar con ellos-. Es que me he quedado colgada de una historia muy vieja, aquella mañana del Retiro, Las flores del mal, ¿os acordáis? No sé ¿ por qué, pero hoy me recordáis mucho a vosotros mismos aquel día, os traéis algo entre manos, estoy segura, y eso os rejuvenece, no sé por qué… -se rieron mucho con mis comentarios, se miraron el uno al otro con una expresión significativa, pero permanecieron mudos-. ¿No me lo vais a contar…?
– No -la respuesta de Pablo quedó ahogada por el ruido del timbre de la puerta, un atronador mecanismo de cuerda que tendría cerca de ochenta años de edad y habíamos conseguido salvar de milagro.
Ignoraba que esperáramos visita, pero llegó un montón de gente.
Luis, compañero del colegio de ambos, feo y viejo amigo en pleno proceso de desintoxicación postruptura sentimental muy grave, con cuernos dolorosos de por medio, vino con dos tías. Una era pequeña, rubia, metida en carnes y femenina hasta el empacho, su tipo de toda la vida, no se cansaba nunca de ellas. La otra, grande y huesuda, con acento sudamericano, me pareció muy rara, sospechosamente parecida a un tío, aunque el agudo tono de su voz desmentía esa impresión. Traté de indagar acerca de su auténtica naturaleza, pero Pablo no parecía dispuesto a contestar a ninguna de mis preguntas, y Marcelo decidió seguir su ejemplo.
Luis dirigía a Pablo de tanto en tanto miradas cargadas de interrogantes.
Creí interpretar correctamente su posición, evidentemente, pensé, ha venido a echar una mano Pero está fuera del plan, ni siquiera sabe cuándo debe intervenir.
– Bueno -dijo por fin, respondiendo quizás a una señal que no pude captar-, ¿con quién empezamos?
– Bah, pero no me digas que todavía estás pensando en eso -Marcelo me miró de reojo, no me engañaba, quería picarme-. Yo paso.
– De qué pasas? -piqué, por supuesto, no les iba a privar de esa satisfacción, con el trabajo que se habían tomado, traer a Luis, y todo eso.
– Nada, es solamente una chorrada -fue el propio Marcelo quien me contestó-, la última chorrada, pero medio Madrid está como loco con ella…
– Pero, ¿qué es? -empezaba a sentir curiosidad-. Hace casi dos semanas que no salgo de noche, con lo de la gripe.
– Es un juego -Pablo me sonrió-, un juego tonto como el del pirata pata de palo…, el del medio limón el cuello de pollo, claro que tú eras muy pequeña, no sé si jugarías alguna vez.
– Sí, sí, claro, jugué muchas veces -todavía me acordaba del susto-, era muy divertido.
– Cómo se jugaba? -preguntó alguien.
– ¡Oh! Era un juego iniciático, bastante complicado -expliqué-. Hacían falta por lo menos tres personas para organizarlo. Una esperaba sentada en una silla, en un cuarto a oscuras, con una mano llena de pegotes de plastilina, medio limón exprimido sobre la cara y un cuello de pollo crudo, lo más grande posible, entre las piernas, además de otras cosas que no recuerdo, iah, sí, también había un bastón, que hacía de pierna ortopédica. Una segunda persona elegía al inocente de turno y le explicaba que le iba a llevar a ver al pirata pata de palo, le metía en la habitación a oscuras, le cogía una mano, se la pasaba por encima de los pegotes de plastilina y le contaba que era la mano leprosa del capitán, luego le agarraba un dedo y se lo metía de repente en el medio limón, diciéndole que era la cuenca vacía del ojo que el corsario perdió en una batalla -¡qué asco!, exclamó la nueva novia de Luis, tan femenina-, al final, había que conducir la mano lentamente a lo largo del cuerpo del supuesto pirata, para que la víctima supiera en todo momento por dónde iba, el estómago, la tripa… Un poco más abajo, de repente, se le cerraba la mano en torno al cuello de pollo, que el otro colocaba adecuadamente, y os juro que era igual, igual, igual que la polla de un tío, un cilindro de carne húmedo y como lleno de nervios por dentro -me reí, acordándome de las risas y los chillidos con los que solía culminar cada sesión-. En ese momento, una tercera persona encendía la luz y se desvelaban todos los misterios, era muy divertido…
– ¡ Pero si es genial! -el/la sudamericano/a parecía entusiasmado/a-. ¡Juguemos ahora, por favor! No me digan que no les apetece también a ustedes…
– Sí, vamos a jugar -una morena sumamente espectacular, pálida y muy delgada, embutida en un traje de chaqueta de cuero morado, que había llegado con un grupo a cuyos integrantes solamente conocía de vista, se unió a los ruegos de nuestra ambigua invitada. Sus palabras pronto fueron coreadas por otras voces.
– Pero ¡si es una tontería! -Marcelo se resistía a aceptar las exigencias de lo que ya se perjeñaba como un clamor popular.
– Bueno -insistió Luis-, ¿con quién empezamos?
– ¿Clarita? -pablo se dirigía a la novia de Luis.
Le dirigí una mirada furibunda, él la captó, me de volvió una sonrisa malévola, no se atreverá, pensé, no se atreverá-. Muy bien, empezaremos con Lulú
– no se atrevió-. Necesito cinco pañuelos grandes.
– Seis -le corrigió Marcelo.
– No -Pablo se sacó del bolsillo del pantalón una esfera de plástico rojo, levemente más pequeña que una bola de billar, atravesada por algo negro, una cinta, o una goma, y la hizo bailar en su mano-. Solamente cinco -mi hermano aprobó con la cabeza.