Sus brazos me guiaron, me arrodillé primero encima de lo que supuse era una especie de chaiselongue corta y muy vieja, tapizada de cuero oscuro, procedente del mobiliario del viejo taller-atelier de mi suegra. El desconocido me cogió por la cintura, entonces, y me situó encima de sí, una de sus manos sostuvo su sexo mientras con la otra me ayudaba a introducirme en él. Luego, ambas recorrieron mi cuerpo durante un breve, brevísimo período, tras el cual hicieron presa en mi trasero, amasando ligeramente la carne antes de estirarla completamente para franquear un segundo acceso a mi interior.
Vaya, esta noche vamos a tener un fin de fiesta de gala, pensé, mientras volvía a admirarme de la tranquila naturalidad con la que ambos, Pablo y el otro, se repartían mi cuerpo equitativamente, como si estuvieran acostumbrados a compartirlo todo.
Fui penetrada por segunda vez casi inmediata mente.
El cuerpo del desconocido se tensó debajo de mí, sus manos modificaron mi postura, me obligó a tumbarme encima de él al tiempo que levantaba mis brazos para que apoyara las manos en el respaldo. Luego se quedó quieto. Solamente entonces Pablo comenzó a moverse, muy despacio pero de forma muy intensa a la vez, sus acometidas me impulsaban contra el cuerpo de otro hombre, que me alejaba después de sí, las manos firmes en mi cintura, para facilitar un nuevo comienzo, y mientras el ritmo de la penetración se hacía progresivamente regular, más fácil y fluido, advertí que mi anónimo visitante se disponía a abandonar su inicial actitud de pasividad elevando todo su cuerpo hacia mí, imperceptiblemente al principio, más nítidamente después, aunque siempre con suavidad, acoplándose de forma casi perfecta a la frecuencia que Pablo marcaba desde atrás, sus sexos se movían a la vez, dentro de mí, podía percibir con claridad la presencia de ambos, sus puntas se tocaban, se rozaban a través de lo que yo sentía como una débil membrana, un leve tabique de piel cuya precaria integridad parecía resentirse con cada contacto, y se hacía más delgado, cada vez más delgado. Me van a romper, pensaba yo, van a romperme y entonces se encontrarán de verdad, el uno con el otro, me lo repetía a mí misma, me gustaba escuchármelo, van a romperme, qué idea tan deliciosa, la enfermiza membrana deshecha para siempre, y su estupor cuando adviertan la catástrofe, sus extremos unidos, mi cuerpo un único recinto, uno solo, para siempre, me van a romper, seguía pensándolo cuando les avisé que me corría, no solía hacerlo, generalmente no lo hacía, pero aquella vez la advertencia brotó espontáneamente de mis labios, me voy a correr, y sus movimientos se intensificaron, me fulminaron, no fui capaz de darme cuentita de nada al principio, luego noté que debajo de mí el cuerpo del desconocido temblaba y se retorcía, sus labios gemían, sus espasmos prolongaban mis propios espasmos, entonces, desde atrás, una mano arrancó el pañuelo que me tapaba los ojos, pero no los abrí, no podía hacerlo todavía; no hasta que Pablo terminara de agitarse encima de mí, no hasta que su presión se disolviera del todo.
Después permanecimos inmóviles un momento, los tres, en silencio.
Quizás, pensé, lo mejor sea no abrir los ojos, salir de él a ciegas, a ciegas dar la vuelta y meterme en la cama, acurrucarme en una esquina y esperar.
Seguramente, eso hubiera sido lo mejor, pero no fui capaz de resistir la curiosidad, y levanté trabajosamente la cabeza, hundida hasta entonces en su hombro, esperé un par de segundos y le miré a la cara.
Mi hermano, sus rasgos aún distorsionados por las huellas del placer, me sonreía.
Luego se inclinó hacia mí y me besó levemente en los labios, el signo que reservaba para las ocasiones importantes.
Cerré nuevamente los ojos.
Pablo se ocupó entonces de mí, siempre lo hacía.
Me metió en la cama, me tapó, me besó, cogió a Marcelo y salieron de la habitación, se quedó con él hasta que se marchó, le llevó un vaso de agua a Inés, que se había despertado, volvió junto a mí, me abrazó, me meció, me consoló, y me hizo compañía hasta que me quedé dormida.
Pablo tenía muy clara la frontera entre la luz y las sombras, y jamás mezclaba una cosa con la otra, solamente una dosis de cada cosa, la serena placidez de nuestra vida cotidiana.
Con él era muy fácil atravesar la raya y regresar sana y salva al otro lado, caminar por la cuerda floja era fácil, mientras él estaba allí, sosteniéndome.
Luego, lo único que tenía que hacer era cerrar los ojos.
Él se encargaba de todo lo demás.
Su voz era la que menos me apetecía escuchar en aquel momento. Sentí la tentación de colgar sin contestarle, pero luego recordé que había tenido muy pocos regalos aquel año.
– Marisa?
– Sí, soy yo.
– Hola, soy Remi.
– Ya te había conocido.
– Te llamé varias veces la semana pasada, pero nunca estabas en casa…
– Sí, el lunes fue mi cumpleaños, y he salido bastante estos días.
– Felicidades. ¿Cuántos te han caído?
Veintiocho… -mentí, pero me dio vergüenza, así que rectifiqué-… más tres, treinta y uno.
– Vaya, es una buena edad.
– Sí -él debía de tener cuarenta y cinco, por lo menos-, eso dicen.
– Bueno, yo te llamaba por un tema…
– Lo siento, tío, en serio, prefiero avisarte antes de que sigas, pero es inútil, estoy sin un duro, no me puedo permitir ningún lujo últimamente.
– No, no va por ahí…
– ¿No? -su última frase me desconcertó. Nuestra relación se había limitado exclusivamente desde el principio a un solo aspecto, uno solo, muy bien definido.
– No. Esta vez no te llamo por lo de siempre, o sí, en realidad es algo parecido, pero no te va a costar ni una pela, tranquila…
– No te comprendo.
– Verás, es que tengo un cliente… especial, un tío de Alicante que se ha montado vendiendo apartamentos a jubilados alemanes y belgas, ya sabes…
– Sí.
– Bueno, el caso es que el tío éste viene de vez en cuando en invierno a Madrid, a correrse una juerga, ¿entiendes?
– Entiendo.
– Oye, si te vas a cabrear conmigo, lo dejamos, ¿eh?
– No, no estoy cabreada contigo -me di cuenta de que mi última respuesta había sido demasiado brusca-. Sigue.
– Vale. El caso es que éste hace a todo, ¿sabes?, y bueno, me ha pedido que le organice una fiestecita, y quiere que haya alguna tía también, y he pensado que a ti a lo mejor te apetece venir, a los demás ya les conoces, Manolo, Jesús y algunos más, en fin, piénsatelo, sería pasado mañana…
– En la Encarna?
– Bueno, si tú quieres puede ser allí, en la Encarna, a partir de la una y media…
– ¿Tan tarde?
– Sí, él tiene algo que hacer antes, una cena con los compañeros de la mili o no sé qué, no me lo ha explicado bien, y luego quedamos…
– No, mira Remi, de verdad, paso.
– Pero ¡si tú no tendrías que hacértelo con él! Tú no, él sólo quiere mirar, si se trae un niño, y una puta y todo…
– No me lo creo.
– Te juro que es verdad. ¿Para qué te iba a mentir? No me interesa llevarme mal contigo, tía, ya lo sabes.
– Da igual. No quiero, no voy a ir.
– Pues allá tú, si es verdad que andas mal de dinero, porque te podrías sacar una pasta…
A la hora de comer, estaba casi decidida a ir, aunque aquella tarde le había colgado el teléfono sin más apenas mencionó la cuestión del dinero.
Al principio me sentí fatal, me quedé horrorizada, completamente horrorizada de mí misma, me preguntaba qué clase de aspecto ofrecería para que Remi se hubiera atrevido a venirme con aquella proposición, me sentía mal, muy mal, fatal, pero él insistió, volvió a llamar un par de horas más tarde, y me atacó por mi punto más débil, qué más te da, ¿no es lo mismo estar en un lado que en otro? Yo le había comentado alguna vez que al principio me parecía más vergonzoso pagar que cobrar por acostarme con un hombre, él me lo recordó y, lo que fue peor, adoptó el tono sincero y desinteresado de un hermano mayor para recriminarme por mi falta de coherencia, lo que hubiera definido, de haber sabido hacerlo, como simples prejuicios infantiles, pura ingenuidad, él lo decía de otra manera, si estás metida en esto, estás metida hasta el final, sácale algún provecho, tonta, qué más te da, has hecho lo mismo un montón de veces, por qué va a ser distinto ahora…