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– He hecho algo increíble esta mañana -confiesa.

Zunaira se queda quieta; lo que lee en esa mirada perdida la trastorna. Intenta volver a coger las manos de Moshen, pero éste las recoge a la altura del pecho, como para repeler un ataque.

– No consigo creérmelo -farfulla-. ¿Cómo ha ocurrido? ¿Cómo he podido hacerlo?

Zunaira endereza la nuca, cada vez más intrigada.

Moshen jadea. El pecho le sube y le baja a un ritmo inquietante. Refiere, aterrado por lo que está diciendo:

– Han lapidado a una prostituta en la plaza. No sé cómo me metí entre la horda de degenerados que pedían sangre. Fue como si un torbellino me tragase. Yo también quería estar en primera fila y ver de cerca cómo moría la bestia inmunda. Y cuando el diluvio de piedras empezó a cubrir al súcubo, me di cuenta de que yo también estaba cogiendo piedras y ametrallándolo con ellas. Me había vuelto loco, Zunaira. ¿Cómo he sido capaz? Toda la vida he pensado que era objetor de conciencia. Ni las amenazas de unos ni las promesas de otros me convencieron nunca para empuñar las armas y matar. Aceptaba que tenía enemigos, pero no admitía que yo fuese el enemigo de nadie. Y esta mañana, Zunaira, sólo porque el gentío vociferaba, vociferé con él; sólo porque pedía sangre, yo también la pedí. Desde entonces, no he dejado de contemplar estas manos que ya no reconozco. He andado por las calles para perder mi sombra, para dejar atrás mi gesto, y, en todas las esquinas, al rodear todos los montones de escombros, me he vuelto a dar de frente con ese momento de extravío. Tengo miedo de mí mismo, Zunaira, ya no me fío del hombre en que me he convertido.

El relato de su marido había paralizado a Zunaira. Moshen no es de los que lo cuentan todo. Pocas veces habla de las cosas que lo afligen y casi nunca deja que le afloren las emociones. Por eso, al percibir en lo hondo de sus pupilas esa pena tan grande, se dio cuenta de que no iba a poder guardársela para él solo. Y previó un infortunio de ese estilo, pero no tan tremendo.

Se pone lívida y, por primera vez, se le desorbitan los ojos, privados de lo esencial de su espléndida belleza.

– ¿Has lapidado a una mujer?

– Creo incluso que le di una pedrada en la cabeza.

– No puedes haber hecho eso, Moshen. Pero si tú no eres así; tú eres un hombre culto.

– No sé qué me pasó. Sucedió todo tan deprisa. Como si la masa me hubiera embrujado. No me acuerdo de cómo recogí las piedras. Sólo me acuerdo de que no podía quitármelas de encima y me entró en el brazo una rabia incontenible… Lo que me espanta y me acongoja a un tiempo es que ni siquiera intenté resistir.

Zunaira se pone de pie. Como si se alzase tras haber sido derribada por alguien. Sin fuerzas. Incrédula, pero sin ira. Tiene secos los labios, antes jugosos. Busca algo para apoyarse; no halla sino una vigueta que asoma de la pared y se aferra a ella. Intenta recobrarse durante un buen rato, pero en vano. Mohsen intenta volver a cogerle la mano; lo rehúye y se va con paso inseguro a la cocina entre el irreal susurro del vestido. Mohsen se da cuenta de que no habría debido contarle a su mujer algo que él mismo se niega a admitir.

4

El sol se dispone a irse. Sus rayos no rebotan ya con la misma furia en la ladera de las colinas. No obstante, los ancianos entumecidos en los portales, aunque acechan la caída de la tarde con impaciencia, saben que la noche será tan tórrida como el día.

Enclaustrada en la estufa de sus rocosas montañas, Kabul se asfixia. Diríase que en el cielo se ha entreabierto un tragaluz del infierno. Los escasos espasmos del viento, en vez de refrescar o limpiar el enrarecido ambiente, se recrean dejando la polvareda en suspenso en el vacío, para que corroa los ojos y seque las gargantas.

Atiq Shaukat se da cuenta de que su sombra se alarga por el suelo de forma desmedida; el almuédano no tardará en llamar a los fieles para que acudan a la oración del magreb. Introduce la fusta en el cinturón y se encamina, con paso hastiado, a la mezquita del arrabal, una amplia sala candorosamente enjalbegada con un techo enteco y un alminar mutilado por un bombardeo.

Una jauría de talibanes gravita en torno al santuario para parar a cuantos pasen por allí y obligarlos manu militari a unirse a los fieles.

El interior del santuario zumba, sumido en un calor de boca de horno. Los que han llegado primero se han apoderado de las alfombras ajadas que cubren el suelo, lo más cerca posible del minbar, en el que un mulá lee doctamente un libro piadoso. A los menos afortunados no les queda más remedio que pugnar por unos cuantos jirones de esteras que algunos toman por edredones. Los demás, tan satisfechos por poder resguardarse del sol y de la fusta de los milicianos, se conforman con un suelo áspero que deja en el trasero cortantes huellas.

Atiq aparta con la rodilla a un racimo de ancianos, le lanza un gruñido al de mayor edad para que se arrime más a la pared y se sienta contra una columna. Vuelve a amenazar con los enfurruñados ojos al anciano del fondo, que se esfuerza a trancas y barrancas por encogerse cuanto le sea posible.

Atiq Shaukat abomina de los hombres mayores, sobre todo de los del barrio, que son casi todos unos intocables en estado de putrefacción que se mueren de mendicidad e insignificancia y se pasan el día entero salmodiando funestas letanías y desflecando con manos de espectro los faldones de los transeúntes. Son como aves rapaces que acechan el encarne, se agolpan por las tardes en esos lugares en que las almas caritativas dejan algunos tazones de arroz para las viudas y los huérfanos y no vacilan en dar un espectáculo en público con tal de conseguir unos cuantos bocados. Atiq los aborrece sobre todo por eso. Cada vez que coincide con ellos en la misma fila, reza con asco. Le desagradan sus lamentos cuando se prosternan y su enfermizo amodorramiento durante los sermones. Para él son sólo despojos que se ha dejado olvidados el sepulturero, repulsivos y trémulos, con esos ojos legañosos, esas bocas desbaratadas y esa peste a animal moribundo…

– ¡Astagfiru La! -se dice-. Resulta, mi infeliz Atiq, que ahora el corazón te rebosa de hiel incluso en la casa de Dios. Vamos, haz un esfuerzo. Deja tus antipatías en la calle y no permitas que el Maligno te corrompa las ideas.

Se sujeta las sienes con las manos, intenta no pensar en nada e hinca, luego, la barbilla en el hueco del cuello, clavando obstinadamente la mirada en el suelo por temor a que, si ve a los ancianos, se tuerza su recogimiento.

El almuédano se dirige a su oratorio para llamar a la oración. Los fieles se incorporan a un tiempo, pero de forma anárquica, y empiezan a colocarse en filas. Un individuo de corta estatura, con orejas puntiagudas y pinta de duende, le tira a Atiq del chaleco para que no se salga de la hilera. Al carcelero lo irrita ese gesto; le coge la muñeca y se la retuerce discretamente, arrimándosela a un costado. El hombrecillo, sorprendido al principio, intenta liberar la mano de esa prensa que la magulla; luego, al no conseguirlo, se encorva y el cruel dolor está a punto de dar con él en tierra. Atiq sigue apretando durante unos segundos; cuando tiene ya la seguridad de que su víctima está a punto de empezar a desgañitarse, la suelta. El enano, ya dueño de la dolorida muñeca, se la mete debajo de la axila e, incapaz de admitir que un creyente pueda comportarse así en una mezquita, se hace un hueco en la fila de delante y no vuelve a mirar hacia atrás.

– Astagfiru La-vuelve a decirse Atiq-. Pero, ¿qué me pasa? No aguanto ni la penumbra ni la luz del día; ni estar sentado ni estar de pie; ni a los viejos ni a los niños; ni que nadie me mire ni que me pongan la mano encima. Casi ni me aguanto a mí mismo. ¿Me estaré volviendo loco de atar?