– Por Dios, Manuel, no despotriques. Para una ocasión que te dan los de la capital de lucirte, de aparecer a los ojos del mundo como un policía universal, te pones así.
– A mí me la trae floja la policía universal.
– Valga lo de la flojedá. Pero ¿y tu pueblo? ¿Es que vas a dejar mal a Tomelloso con lo que todos esperan de nosotros?
– Pero don Lotario de mi alma ¿no se da usted cuenta de que aquí no hay material? ¿De que éste es un caso de aficionados, de esos que no se aclaran nunca? Pero ¿no comprende usted, señor curagatos, que la detectivesca de Madrid, con el conqué de darme una oportunidad, se han quitado el mochuelo de encima? Éstas son dos solteronas tontorronas, tan tontorronas como su primo el de los sellos, que a lo mejor se han caído a una alcantarilla o se las ha llevado la grúa con el taxi puesto, quien sabe.
– Manuel, calla, coño. Que nunca te he visto tan cima, y perdona. Madrid te desnaturaliza. Digas tú lo que quieras éste no es un caso vulgar. Ni el primo es tan tonto como tú dices, otra cosa es que sea despistao; ni ellas son tan despreciables, aparte de que se han criado en nuestro pueblo y recordándolo viven, y esto importa mucho para nosotros. Despéjate, por Dios y por los santos, que aquí hay madera y de la fina… Y si no, al tiempo.
– Es usted como un muchacho.
– Y tú, esta tarde al menos, un rollo.
En éstas tan agrias iban, cuando oyeron, ya muy cerca del hotel, un vozarrón que les decía:
– ¿Dónde van los sabuesos del Tomelloso?
Era el Faraón que también volvía al hotel. Por cierto que al oír el grito de éste, varios transeúntes se volvieron sonriendo.
– Llevo dos días sin verles, coño. ¿Dónde se meten?
– Hombre, el Faraón -exclamó don Lotario contentísimo.
– ¡Que nos vamos a cenar al hotel de don Eustasio! -dijo Plinio a manera de saludo desabrido.
– Y yo también… pero sin ganas. ¿Oye y qué moscas te ha picao que vas con esa jeta, jefe? Por lo visto como aquí nadie te hace saludos ni reverencias te sientes achicao y se te sube el vinagre.
– Sí está un poquillo modorro, sí. ¿Y cómo es que vas a comer sin ganas, tú que te has comido toda la carne del mundo?
– Hombre, sin ganas de comer, no. Eso sería impropio. Sin ganas de ir al hotel. Que yo cuando vengo a Madrid me apetece la variación en todo. Bastantica rutina tenemos en el pueblo. Pero como no he encontrao a nadie conocido, pues que me venía más cabreao que una mona, porque esta noche a mí el cuerpo me pedía distracción. Me he comprao esta corbata ye-ye para entrar en acción, pero que si quieres.
Y enseñó una corbata azul con grandísimos lunares de varios colores espectrales.
– Y ahora que ya estoy con vosotros -continuó sin dejar de mostrar la corbata- pues vamos a echar por ahí un poco de francisquilla.
Plinio miraba la corbata con desgana.
– Parece la bandera de Chile -dijo don Lotario.
– ¿Es que es así?
– Yo no me acuerdo, pero debe de ser rarísima.
– Estás insinuando que nos vayamos a tomar unas copas -dijo Plinio con cara de niño enfadado.
– No estoy insinuándolo. Estoy dando una orden. Para que aprendas. Tomamos unas copas con un algo. Luego otras copas con otro algo, así hasta ciento. Luego una cena como Dios manda, y más deluego, a donde fuere, siempre y cuando que haya visualidad, ¿hace…? Venga Manuel, anímate, que así vestío de paisano pareces un hermano tuyo menos listo.
Don Lotario empezó a reír con tanta gana, que Plinio se contagió, echó un tercio de labios y el Faraón, riendo también, se pasaba las manecillas por el barrigón mirando con descaro a los transeúntes.
– Anda niña, que aunque vayas vestida de zapato, yo te echaba los reyes, vaya si te los echaba -dijo a una chica que llevaba un abrigo de cuero muy corto-. Venga, gendarmes, empecemos la romería del trinque por la calle de la Cruz, que si Dios nos da fuerzas llegaremos a la de Echegaray, donde siempre hay sorpresas.
Sin más preámbulos fueron hasta Sol para empezar el itinerario faraónico.
– Desde que Madrid se ha hecho tan grande, ha perdido la alegría. Ahora, la gente que se cree bien (y ya lo cree hasta el último mono) no va a las tascas y a los bares con luces y voces. Prefieren unos sitios elegantes de muy poquita luz, con parejas achuchándose y venga de tomar whisky, que vale un riñon y sabe a zapato viejo… Ahora vengo de estar con unos señoritingos que quieren embotellar vino y me han tenido dos horas en unsnack (que no sé lo que quiere decir) con musiquilla de fondo. He salido con el corazón y los bolsillos llenos de sombras. ¡Jesús, qué gafería!
Plinio se detuvo ante el escaparate de una zapatería de señoras.
– ¿Qué miras, Manuel?
– Es que tengo que llevarles zapatos a la mujer y a la chica… pero todos los que veo me parecen muy modernos. ¿Sabéis lo que me pasa? Que sólo tengo en la cabeza el tipo de zapatos que llevaba mi madre y mis hermanas; vamos: zapatos y botas, y en los que llevan ahora mis mujeres no me fijo nunca.
– Oye, igualico me pasa a mí con las bragas -saltó el Faraón.
– ¿Cómo con las bragas?
– Hombre, sí, que siempre que me imagino a una tremenda en paños menores, la veo con los pantalones que llevaban en mi mocedad y no con estas cortedades de ahora, aunque sean más comprometedoras. Tú me entiendes.
– Lleváis razón los dos -añadió don Lotario con cierta melancolía-. Es que cuando llega uno a cierta edad ya no ve lo que tiene delante sino lo que vio en los tiempos que veía.
– Vaya trabalenguas, maestro don Lotario -rezongó el Faraón.
– Trabalenguas pero muy claro. Que ya no hacemos más que mirar, pero no vemos más que lo que tenemos dentro, en la recámara de la juventud, cuando mirábamos para ver -ayudó Plinio.
– Quiquilicuatre, Manuel. Lo mismo que se sigue comiendo y no se crece. Antes todo te alimentaba y daba lustre. Ahora todo te agostiza.
– Bueno, señores, menos viejalidades y más orgull, que llegamos a la Ostrería. No me vayan a dar la noche con sus senequeces. Vamos a entrar en juego como en los tiempos mozos, que el lustre va por dentro. Que yo entreforros me siento tan caldoso y prieto como endenantes. Luego, un puñao de bicarbonato y a dormir al tachún.
Nada más entrar en la Ostrería y mientras pedían y no pedían, el Faraón empezó a picar en todos los mariscos que tenían a mano. Y como puso cara de alarma un mocete que había a su cuido, le dijo con aquel aire sentencioso que le dio fama en el pueblo:
– Muchacho, tú, tranquilo y contabiliza de cabeza, que aquí los presentes somos todos de derechas y con el vino recién vendido.
Bebían y comían con mucho regocijo, ante la expectación de la parroquia, ya desacostumbrada a ver gentes de pueblo en pleno ejercicio. Aparte de que el Faraón, como siempre, procuraba dar el mayor empaque posible a todas sus palabras y ademanes.
– ¿Por qué -dijo de pronto- a pesar de ser tan terreneros nos gustan tanto los bichos de la mar? Yo veo una liebre o un cordero y me pongo canelos, pero con los mariscos enloquezco.
Como los clientes reían las cosas del Faraón, el hombre se engrandecía. Y Plinio, un poco cohibido, sacó y ofreció elcaldo para paliar el número.
– Pero Manuel, si las ostras que he pedido superan incluso el tabaco. Venga muchacho, echa vino hasta que se te duerma la muñeca.
Liaron Plinio y don Lotario con su pausa de siempre, mientras el Faraón sorbía de la ostra con sus labios gordezuelos.
Siguieron haciendo visitas por cuantos lugares convidatorios encontraban y al entrar en La Chuleta, oyeron un coro de voces que los llamaba con mucho júbilo:
– ¡Faraón! ¡Faraón! ¡Atiza, y Plinio de paisano! ¡Y don Lotario!
Eran tres estudiantes del pueblo que estaban en una mesa con unas chicas extranjeras. Todos parecían muy alegres y bebidos. Saludaron con muchos abrazos y ausiones a los recién llegados y les presentaron a las extrañas.
– ¿Éstos son los libros que estudiáis vosotros, gavilla? -les dijo el Faraón señalando a las chicas más con la barriga que con el dedo.
– Venga, siéntese con nosotros.
– ¿Y os las sabéis ya bien sabías u os falta algo por estudiar?
Una de ellas que era altísima, muy rubia y más bien corpulenta, miraba al Faraón con cara entre de susto y gracia.
– Esta jara tiene mucho que aprender ¿eh, Junípero? No hay más que ver el columneo -dijo mirándole unos muslos descomunales que la minifalda permitía ver en toda su longitud.
Plinio, con un cigarro entre los labios, sonreía con timidez. Don Lotario, muy renovalío y sin quitarse el sombrero, parpadeaba inquieto, mirando a unas y a otras.
Pidieron más vino, y una de las chicas, delgada, con la nariz aguileña que resultó suiza, dijo que le trajesen cocochas.
– Cocochas, eso es precisamente lo que hay que pedir, señorita, cocochas. ¡Cocochas para todos! -gritó el Faraón al camarero.
– Cocochas -repitió la chica con cara infantil.
– Sí hija mía, cocochas te vamos a dar esta noche hasta que se te ponga el ombligo a semejante altura.
Todos reían lagrimosos con las desmesuras del Faraón. Y la suiza, daba palmas.
– Faraón, eres el tío más grande de La Mancha -le dijo Junípero López.
– ¿Farraón? -preguntó la tercera turista que era una francesa pequeña y rubiasca.
– Sí señorita, yo soy el Farrraón.
Y poniéndose en pie y arremangándose la chaquetilla sobre el trasero cubero empezó a bailar:
Soy de la tierra del farraón.
Entre éstas estaban cuando llegó una mujer ofreciendo claveles. El Faraón los compró todos y empezó a dejarlos caer sobre las chicas.
– Ha enloquecido del todo -dijo don Lotario a Plinio.
– Venga, claveles de España para la extranjería. Venga, pónselo ahí en la canal, que son más sosas que la calabaza -añadió entre dientes ofreciendo un clavel a Zoilo Cornejo.
Ya eran otra vez espectáculo. Todos se volvían a ver al gordo.
Las chicas se dejaron colocar los claveles donde el Faraón quiso, y comían cocochas y le daban al vino contentísimas y en confianza.
– Cuando salgamos de aquí os voy a enseñar la casa, que está ahí al lao, donde me desvirgaron por séptima vez -dijo el Faraón de pronto.
– Desvirgar… ¿qué es desvirgar? -dijo la alemana alta.
– Cococha, muchacha, no seas cococha…
A Serafín Martínez, el tercer estudiante, el calvo, de la pura risa se le salían los companajes por las comisuras. La francesa pequeña le dio unas manotadas en la espalda, aunque el hombre parecía más atento que a otras cosas a la topografía y complexión de la alemana grandota.
– ¿De qué andan ustedes por aquí? -preguntó Junípero en un alto de las risas.
– A descubrir el asesinato de Prim que todavía está en el alero -dijo el Faraón.
– ¿Tú también diquelas de poli, Faraón? -le preguntó Zoilo.
– Ca, yo vengo para las relaciones públicas. ¿Y a ti qué te pasa Serafín, que estás tan distraído? ¿Es que no te hace caso esta coco- cha tan bien armada?
Serafín bajó los ojos con sonrisa a medias y la alemana miró a unos y a otros sin comprender.
– No hombre, no -dijo Junípero- si se le da como Dios, está triste porque al llegar ahora a su residencia, que es una de las mejores de Madrid, se ha encontrado con una falta muy triste.
– ¿Pues qué te ha pasao, hijo mío? -le preguntó el Faraón simulando seriedad.
Serafín se rio bajando los ojos.
– Cosas de éste -dijo al fin.
– A ver, a ver, explícate.
– Pues na' -aclaró Junípero que estaba deseándolo- que la gobernanta de la residencia, que es más antigua que andar palante, ha conseguido del director, que también debe ser godo puro, que quiten los bidés del cuarto de baño de cada habitación.
– ¿Que quiten los bidés? -preguntó el Faraón con cómica exageración.
Serafín asintió con la cabeza.
– ¿Y por qué? ¿Qué pecado han cometido vuestros culos?
Todos, incluso ellas, empezaron a reír.
– Venga ¿por qué?
– No nos han dado explicaciones.
– Y este pobre, que es tan cuidadoso de las bajuras del cuerpo -glosó Junípero- pues que está muy disgustao.
– Y con razón -dijo el corredor de vinos con mucho aparato.
– Deben creer que esa guitarra sólo la usan los pecadores…
– Es que en este país -continuó el Faraón- todo lo que va de medio cuerpo pa' abajo está muy mal visto… Oye, se me está ocurriendo una cosa. ¿El director y esa señora que gobierna la residencia conocen a tu padre?
– No… -dijo Serafín con espectación.
– Fenómeno, te digo que fenómeno… Si para estas cosas yo soy un genio. Ya lo saben bien Manuel y don Lotario…
– Pero, bueno… ¿qué piensa usted? -se arriesgó Serafín.
– Chitón, macho. Secreto de estado.
– No jorobes, que tú eres capaz de armar una zapatiesta por lucirte y si me largan de la residencia, mi padre me quita de estudiar y me mete en la bodega.
– Que no hombre, que no. Que yo, si bien es verdad que busco el lucimiento, siempre es sin deterioro del embromado.
– Que no me fío, Faraón.
– Tú tranquilo. Palabra de honor que todo saldrá como el arroz con leche.
– Antonio, Antonio -le reconvino Plinio- que todos te conocemos.
– Porque me conocéis, precisamente, debéis saber que habrá regocijo general, sin quebranto para Serafín ni para nadie.
Comiendo chuletillas asadas e intentando que Antonio elFaraón contara su proyecto, entre risas y recuerdos de su biografía de bromista, cuya culminación está cronicada en El reinado de Witiza, estuvieron hasta la media noche, en que Plinio y don Lotario marcharon al hotel y el Faraón siguió con los estudiantes por el barrio del vino.