– ¿Qué hacen aquí? -preguntó con voz aún ronca tras varios días de alternar entre el llanto y el silencio.
Miró a Niclas, que se encogió de hombros indicando que tampoco él sabía nada.
– Queríamos esperar a que llegase antes de… -explicó Patrik torpemente al tiempo que buscaba la mejor manera de exponer lo que tenía que decir.
Por suerte, Ernst no dijo nada y dejó que Patrik se encargase de todo.
– Hemos recibido nueva información en relación con la muerte de Sara.
– ¿Algo sobre el accidente? ¿Qué? -preguntó Lilian alterada.
– Parece que no fue un accidente.
– ¿Cómo que parece? ¿Fue o no fue un accidente? -inquirió Niclas con un tono de manifiesta frustración.
– No, no fue un accidente. Sara murió asesinada.
– ¿Asesinada? ¿Cómo? Pero si se ahogó… -Charlotte estaba desconcertada y Erica le agarró la mano.
Maja seguía durmiendo en el regazo de su madre, ignorante de lo que sucedía a su alrededor.
– La ahogaron, pero no en el mar. El forense no encontró agua del mar en sus pulmones, tal y como era de esperar, sino agua dulce, seguramente de una bañera.
El silencio que se apoderó de la estancia fue como una explosión.
Patrik miró nervioso a Charlotte mientras Erica buscaba inquieta su mirada. Patrik comprendió que la familia se hallaba en estado de absoluta conmoción y comenzó a hacer preguntas para, poco a poco, devolverlos a la realidad, pues pensaba que era lo mejor en aquellos momentos. O, al menos, así lo esperaba. En cualquier caso, era su trabajo y se veía obligado, tanto por Sara como por su familia, a iniciar el interrogatorio.
– En fin, el caso es que necesitamos revisar los datos de que dispongan en relación con el horario de todo lo que hizo Sara aquella mañana. ¿Quién de ustedes la vio por última vez?
– Yo -respondió Lilian-. Yo fui la última en verla. Charlotte estaba en el sótano descansando y Niclas se había ido a trabajar, así que yo me quedé con los niños un rato. Poco después de las nueve, Sara dijo que se iba a casa de Frida. Ella misma se puso el abrigo y se despidió antes de salir -refirió Lilian en un tono vacío y mecánico.
– ¿Podría precisar algo más ese «poco después de las nueve»? ¿Eran las nueve y veinte? ¿Las nueve y cinco? ¿Más o menos cerca de las nueve? Cada minuto puede ser importante -advirtió Patrik.
Lilian hizo memoria.
– Creo que eran más o menos las nueve y diez, pero no puedo asegurarlo.
– De acuerdo, comprobaremos con los vecinos si alguno la vio por si podemos precisar la hora -dijo mientras anotaba algo en su bloc. Luego prosiguió-: Y a partir de aquel momento, ninguno de ustedes la vio.
Todos negaron sin decir nada.
Ernst irrumpió bruscamente con una pregunta:
– ¿Qué estaban haciendo los demás a esa hora?
Patrik lanzó para sí una maldición por los métodos tan poco diplomáticos del colega.
– Ernst quiere decir que, por pura rutina, hemos de preguntarles lo mismo a usted, Niclas, y también a Charlotte. Pura rutina, ya digo, sólo para poder descartarles de la investigación lo antes posible.
A juzgar por la reacción general, su intento de parecer algo más suave que el colega surtió efecto.
Tanto Niclas como Charlotte respondieron sin la menor alteración de ánimo, tras aceptar la explicación de Patrik a una pregunta tan incómoda.
– Yo estaba en el centro médico -aclaró Niclas-. Empecé a trabajar a las ocho.
– ¿Y Charlotte? -preguntó Patrik.
– Como ha dicho mi madre, estaba abajo, en el sótano, descansando. Tenía migraña -respondió Charlotte con asombro, como si le sorprendiese que, un par de días antes, la migraña le hubiera parecido un gran problema en su vida.
– Stig también estaba en casa. Estaba durmiendo arriba. Lleva un par de semanas guardando cama -puntualizó Lilian, que parecía seguir ofendida por el hecho de que Patrik y Ernst se hubiesen atrevido a preguntar qué estaban haciendo los miembros de su familia cuando desapareció la pequeña.
– Ah, sí, Stig. También tendremos que hablar con él más adelante, aunque por ahora puede esperar -dijo Patrik, que se vio obligado a admitir que había olvidado por completo al marido de Lilian.
Se hizo un largo silencio interrumpido por el llanto de un niño, procedente de una de las habitaciones. Lilian se levantó para ir a buscar a Albin que, como Maja, llevaba todo el rato durmiendo. El pequeño estaba aún medio adormilado y llegó a la cocina con su habitual expresión de gravedad, en brazos de Lilian. La abuela volvió a sentarse y dejó que el niño jugase con la cadena de oro que llevaba puesta.
Ernst hizo amago de volver a preguntar, pero una mirada amenazadora de Patrik lo frenó y Patrik continuó con la misma discreción.
– ¿Hay alguien, cualquiera que sea, que se les ocurra que pudiera querer dañar a Sara?
Charlotte lo miró atónita y preguntó a su vez, con la voz siempre ronca:
– ¿Quién habría querido hacerle daño a Sara? ¡Sólo tenía siete años! -en este punto se le quebró la voz, pero logró dominarse con un visible esfuerzo.
– O sea, que no se les ocurre ningún móvil, nadie que deseara perjudiciales, nada por el estilo…
La última pregunta movió a Lilian a pronunciarse de nuevo. Las manchas rojas de ira que salpicaban su rostro cuando los policías llegaron volvieron a aflorar.
– ¡Alguien que quiera perjudicarnos! Desde luego que sí. Sólo hay una persona que encaje en esa descripción: nuestro vecino Kaj. Odia a nuestra familia y lleva años haciendo todo lo posible por convertir nuestra existencia en un infierno.
– Mamá, no seas tan simple -la reconvino Charlotte-. Kaj y tú lleváis muchos años de desavenencias, pero ¿por qué iba él a querer hacerle daño a Sara?
– Ese hombre es capaz de cualquier cosa. Es un psicópata, que lo sepas. Y si no, fíjate en su hijo Morgan. No está bien de la cabeza y la gente como él puede hacer cosas inimaginables. Mira la que están organizando todos esos locos que han soltado de los manicomios. Si aquí hubiese alguien con sentido común, él también debería estar encerrado.
Niclas posó una mano en su brazo para calmarla, aunque sin el menor éxito. Albin gimoteaba inquieto al oír el tono de sus voces.
– Kaj me odia sólo porque, por fin, ha dado con alguien capaz de contradecirlo. ¡Se cree muy importante porque ha sido director ejecutivo y porque tiene dinero, y por eso cree que él y su mujer pueden mudarse aquí a que los tratemos como una especie de personajes de la realeza! ¡Y, además, no tiene la menor consideración, así que a mí no me extraña nada de lo que pueda ocurrírsele a ese hombre!
– Déjalo ya, mamá -intervino Charlotte con la voz firme y recriminando a su madre con la mirada-. ¡No es el momento de dar un espectáculo!
La irrupción de su hija la hizo callar, aunque con los labios apretados de indignación. Sin embargo, no osó contradecir a Charlotte.
– En fin -terció Patrik vacilante y algo impresionado por el estallido de Lilian-. Aparte de su vecino, ¿no conocen a nadie que tenga nada contra su familia?
Todos dijeron que no y Patrik cerró el bloc.
– Bien, en ese caso, no tenemos más preguntas por el momento. De nuevo, siento mucho lo ocurrido y lamento su pérdida.
Niclas asintió y se levantó para acompañar a los policías a la puerta. Patrik se volvió hacia Erica.
– ¿Te quedas o quieres que te llevemos?
Sin apartar la mirada de Charlotte, le respondió:
– Me quedaré aquí un rato más.
Ya fuera de la casa, Patrik lanzó un hondo suspiro.
Oía las voces, cuyo volumen subía y bajaba en la primera planta. Se preguntaba quién o quiénes serían. Como de costumbre, nadie se molestó en informarle de lo que sucedía. Aunque quizá fuese mejor. A decir verdad, no estaba seguro de tener fuerzas para enfrentarse a todos los detalles de lo ocurrido. En cierto modo, era más agradable estar allí acostado, como en una concha, y dejar que el cerebro procesara tranquilamente todos los sentimientos que había desatado en él la muerte de Sara. Su enfermedad, curiosamente, hacía que le resultara más fácil enfrentarse a ese dolor. El padecimiento físico reclamaba su atención en todo momento, relegando parte del sufrimiento del alma.