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Lo de ir de casa en casa era muy aburrido y lo que quería era entrar en algún sitio caliente.

Además, la gente no tenía nada interesante que contar. Nadie había visto a la niña aquella mañana y nadie supo decirle nada, salvo que lo que le había ocurrido era terrible. Y, claro, él no podía más que convenir en que lo era. Suerte que nunca había cometido la tontería de tener hijos. Y de las mujeres también había logrado mantenerse apartado, se dijo, evitando pensar en el hecho de que las mujeres tampoco habían mostrado nunca demasiado interés por su persona.

Miró de reojo en dirección a Hedström, que se encargaba de las casas situadas a la derecha de los Florin. A veces, sencillamente, sentía deseos de darle un verdadero escarmiento. Desde luego, no le había pasado inadvertido el mohín de Hedström aquella mañana, cuando se dio cuenta de que no le quedaba más remedio que salir con él de servicio. A decir verdad, eso le proporcionó una pizca de satisfacción. Por lo general, Hedström y Molin eran como el Gordo y el Flaco, y encima se negaban a escuchar a los colegas de más edad como él y Gösta. Claro que Gösta quizá no fuese un caso de policía paradigmático, eso tenía que admitirlo, pero sus muchos años en el Cuerpo merecían respeto. Y tampoco era de extrañar que a uno se le quitasen las ganas de invertir las energías en el trabajo cuando se veía obligado a ejercer en aquellas condiciones. Ahora que lo pensaba, los policías más jóvenes eran los culpables de sus pocas ganas de trabajar y de que aprovechase cualquier ocasión para quitarse de en medio a la menor oportunidad. Una idea reconfortante. Naturalmente, no era culpa suya. Y no es que hubiera sentido remordimientos por ello hasta el momento, pero era un alivio haber acertado a dar con el origen del problema, la madre del cordero, por así decirlo. Su indolencia era culpa de los cachorros. De pronto, la vida le pareció mucho, mucho más agradable. Y llamó a la siguiente puerta.

Frida peinaba a conciencia el cabello de la muñeca. Era muy importante que estuviese guapa, pues iba a una fiesta. La mesa ya estaba puesta y llena de pastelitos y café, tazas de plástico diminutas sobre bonitos platos de color rojo. Cierto que los pastelitos eran de mentira, pero las muñecas no podían comerlos de verdad, así que no importaba mucho.

Sara decía que jugar con muñecas era una bobada. Decía que eran demasiado mayores para eso. Las muñecas eran para los bebés, insistía Sara; pero Frida jugaba con ellas todo lo que quería. Sara era tan pesada a veces… Siempre tenía que mandar. Todo tenía que ser como ella quería y, si no, se enfadaba o se ponía a romper las cosas de Frida. Entonces le decían que se fuera a su casa, y mamá llamaba a la mamá de Sara y le hablaba medio enfadada. Pero cuando Sara era buena, a Frida le gustaba, así que a pesar de todo, quería jugar con ella si se portaba bien y eso.

No entendía exactamente qué le había ocurrido. Mamá le había explicado que estaba muerta, que se había ahogado en el mar, pero, entonces, ¿dónde estaba? En el cielo, le había dicho mamá. Pero Frida había estado mirando al cielo mucho, mucho rato, y no había visto a Sara.

Estaba segura de que si estuviese en el cielo, la habría saludado desde allí. Puesto que no lo hizo, era imposible que estuviera en él. La cuestión era entonces dónde. Porque nadie podía desaparecer así, sin más, ¿no? Figúrate si mamá pudiese desaparecer igual… El miedo se apoderó de Frida. Si Sara desaparecía de aquel modo, ¿podían hacerlo las mamas también? Se abrazó fuerte a la muñeca e intentó apartar aquella desagradable sensación.

Había otra cosa a la que no dejaba de darle vueltas. Mamá le había dicho que los señores que llamaron y les contaron lo de Sara eran policías. Frida sabía que a la policía había que contárselo todo, que no había que mentirles nunca. Pero ella le había prometido a Sara que jamás le hablaría a nadie del hombre malo. Aunque, ¿había que mantener las promesas hechas a alguien que ya no estaba? Si Sara no estaba, no tenía por qué enterarse de que Frida les había contado lo del hombre aquel. Pero ¿y si volvía y se enteraba de que Frida se había chivado? Entonces se enfadaría más que nunca y seguramente le rompería todas las cosas de la habitación, incluso la muñeca. Frida decidió que era mejor no decir nada del hombre malo.

– Oye, Flygare, ¿tienes un momento? -Patrik llamó a la puerta de Gösta antes de abrir, pero, cuando lo hizo, le dio tiempo de ver que el colega se apresuraba a cerrar un juego de golf en el ordenador.

– Sí, un momento sí que tengo -respondió Gösta malhumorado y avergonzado, consciente de que Patrik había descubierto la noble tarea a la que dedicaba su horario laboral-. ¿Se trata de la niña? -continuó en un tono más amable-. Ya me dijo Annika que no fue un accidente. ¡Vaya mierda! -dijo meneando la cabeza.

– Sí, Ernst y yo acabamos de hablar con la familia -explicó Patrik antes de sentarse-. Los informamos de que ahora se trata de una investigación de asesinato y les hicimos algunas preguntas sobre dónde se encontraban en el momento de la desaparición de la niña y si conocían a alguien que quisiera hacerle daño a Sara.

Gösta miró a Patrik con curiosidad.

– ¿Crees que la mató alguien de la familia?

– En estos momentos no creo nada de nada, pero, en cualquier caso, es importante poder descartarlos de la investigación cuanto antes. Y al mismo tiempo tendremos que comprobar si hay algún agresor sexual conocido en la zona o algo así.

– Pero, por lo que me dijo Annika, no habían abusado de ella, ¿no? -preguntó Gösta.

– A juzgar por lo que sacó en claro el forense, no, pero una niña asesinada… -Patrik no terminó la frase, y aun así, Gösta comprendió a qué se refería.

Los medios de comunicación habían informado sobre tantas historias de abuso sexual de niños que no podían dejar de contemplar esa posibilidad.

– Sin embargo -continuó Patrik-, cuando les pregunté si conocían a alguien que pudiera querer causarles daño, me dieron una respuesta muy concreta.

Gösta alzó una mano:

– Deja que lo adivine: Lilian arrojó a Kaj a los leones.

Patrik sonrió levemente al oír la expresión.

– Sí, podría decirse que eso fue lo que hizo. En cualquier caso, no parece que sientan ningún aprecio mutuo. Fuimos a casa de Kaj para tener una charla informal con él y parece que hay muchos viejos rencores acumulados bajo la superficie.

– Bajo la superficie -repitió Gösta con una risita-. Yo no diría eso. Se trata de un drama que lleva cerca de diez años representándose abiertamente, algo de lo que todos los demás nos hemos cansado.

– Sí, ya me contó Annika que tú habías cursado las denuncias entre los dos todos estos años. ¿Podrías hacerme un resumen del asunto?

Sin responder de inmediato, Gösta se dio la vuelta y sacó un archivador de la estantería que tenía a su espalda. Pasó varias hojas hasta encontrar lo que buscaba.

– Yo sólo tengo aquí lo relativo a los últimos años. El resto está abajo, en los archivos, ya sabes.

Patrik asintió.

Gösta hojeó el archivador y leyó parte de los documentos por encima.

– Mira, puedes llevártelo. Aquí tienes una muestra variada. Las denuncias de ambas partes sobre todo lo habido y por haber.

– ¿Por ejemplo?

– Falta de vejaciones injustas, Kaj invadió su parcela en alguna ocasión; amenazas de asesinato, Lilian le dijo, al parecer, que tuviese cuidado si le tenía algún aprecio a la vida… -Gösta siguió pasando páginas-. Ah, sí, y luego tenemos a Morgan, el hijo de Kaj. Lilian aseguró que la espiaba y, cito textualmente: «Según dicen, ese tipo de personas tienen un instinto sexual exacerbado, así que seguro que está pensando en violarme». Fin de la cita. Esto es sólo una selección…