Pero nada funcionó. Morgan era capaz de las peores acciones sin mostrar el más mínimo arrepentimiento cuando lo descubrían.
Sin embargo, quince años atrás tuvieron una suerte increíble. Uno de los muchos médicos a los que acudieron a lo largo del tiempo era un apasionado de su profesión y leía cuanto caía en sus manos sobre nuevas líneas de investigación. Un día les explicó que había leído acerca de un síndrome que encajaba perfectamente con la sintomatología de Morgan: el síndrome de Asperger. Una forma de autismo que presentaban pacientes con inteligencia entre normal y muy alta. Fue como si se liberase de todos los años de sufrimientos en el preciso instante en que oyó aquel nombre. Lo saboreó, lo pronunció con fruición: Asperger. No habían sido figuraciones suyas ni falta de capacidad para educar a su hijo; y ella tenía razón, era difícil si no imposible para Morgan descifrar los códigos que hacían la vida más fácil para las personas: el lenguaje gestual, las expresiones de la cara y las connotaciones del lenguaje verbal. Nada de aquello quedaba registrado en el cerebro de Morgan. Y por primera vez pudieron ayudarle de verdad. Bueno, ellos, lo que se dice ellos… Para ser sinceros, Kaj nunca se involucró demasiado en las cosas de Morgan. Al menos desde que, con total frialdad, constató que jamás satisfaría sus expectativas.
Desde aquel momento Morgan se convirtió en el hijo de Monica; de modo que ella fue quien leyó cuanto había escrito sobre el síndrome para hacerse con métodos sencillos con los que ayudar a su hijo a superar el día a día. Pequeñas tarjetas con diversos escenarios y las instrucciones para comportarse correctamente si se daban en la realidad, juegos de roles en los que practicaban distintas situaciones y conversaciones para intentar que comprendiera por la vía deductiva lo que su cerebro se negaba a asimilar por intuición. Y además, ponía todo su empeño en expresarse ante Morgan con total claridad, en eliminar las comparaciones, exageraciones y dichos que se utilizaban para dar forma y color a la lengua. Y en gran medida, consiguió lo que se proponía. Al menos Morgan había aprendido a funcionar con cierta normalidad en el mundo, aunque aún prefería estar solo con sus ordenadores.
Por eso Lilian logró convertir en auténtico odio lo que no era más que una ligera irritación. Podía haber soportado todo lo demás. Poco le importaban a ella las licencias de obra y las transgresiones y amenazas de esto y aquello. Por lo que a ella se refería, Kaj se entregaba con tanta pasión a la disputa que estaba por creer que a veces hasta disfrutaba con ella. Pero que Lilian atacase a Morgan una y otra vez despertaba a la tigresa que llevaba en su interior. Sólo porque era diferente, Lilian y, por cierto, muchas otras personas, pensaban que tenían vía libre.
Destacar por alguna razón, ¡no lo quiera Dios! Ya lo destacaba a ojos de muchos el solo hecho de que aún viviese, si no en casa, al menos sí en la parcela de sus padres. Pero nadie tenía tan mala idea como Lilian. Algunas de sus acusaciones habían indignado tanto a Monica que se ponía negra sólo de pensarlo. Más de una vez había lamentado que se mudasen a Fjällbacka.
Incluso se lo había comentado a Kaj en alguna ocasión, pero sabía de antemano que no tenía sentido. Era demasiado terco.
Colocó los últimos libros del carrito y echó un vistazo a las estanterías para ver si aún faltaba alguno. Pero le temblaban las manos de ira al recordar todos los malévolos ataques de Lilian contra Morgan a lo largo de los años. No sólo el hecho de que hubiese ido a denunciarlo a la policía, sino que, además, había difundido falsos rumores, un daño prácticamente imposible de reparar. Cuando el río suena, agua lleva, decían. Y aunque la condición de chismosa de Lilian Florin era del dominio público, lo que ella decía se convertía poco a poco en una verdad a fuerza de repetirlo y machacarlo.
A raíz de su desgracia, además, contaba con la compasión de la comarca, que ahora le perdonaba gran parte de sus maldades. Después de todo, había perdido a su nieta. Pero ni siquiera podía tenerle pena por eso. No, esa compasión se la reservaba para su hija. Para Monica era un misterio que Charlotte hubiese nacido de Lilian. Resultaba difícil encontrar una muchacha más encantadora. Monica sentía verdadera lástima por ella y sólo de pensarlo se le rompía el corazón.
Pero Lilian… No, por ella no tenía intención de malgastar una sola lágrima.
Aina pareció sorprendida al verlo aparecer en el centro médico a la hora habitual, las ocho de la mañana.
– Hola, Niclas -lo saludó insegura-. Creí que te quedarías en casa más tiempo…
Él negó sin pronunciar una palabra y entró en su consulta. No tenía fuerzas para dar explicaciones, para decir que no soportaba estar en casa un minuto más, pese a lo que lo abrumaba el sentimiento de culpa por quitarse de en medio. Era otro tipo de culpa, mucho peor, la que lo impulsaba a dejar a Charlotte sola con su desesperación en casa de Lilian y Stig. Una culpa que lo estrangulaba y le dificultaba la respiración. Si hubiera permanecido en casa por más tiempo, se habría asfixiado. Estaba seguro de ello. Ni siquiera podía mirar a Charlotte a la cara.
No soportaba su mirada. El dolor, mezclado con el peso de su propia conciencia, era más de lo que podía resistir. De ahí que se viese obligado a refugiarse en el trabajo. Era una actitud cobarde y lo sabía. Pero ya hacía tiempo que había perdido toda ilusión sobre sí mismo. Él no era ni fuerte ni valiente.
Desde luego, no era su intención que Sara fuese la víctima. No era su intención que nadie saliese perjudicado. Se llevó la mano al pecho, sentado y paralizado ante la gran mesa de despacho atestada de historias clínicas y otros documentos. Era un dolor tan agudo que lo sentía discurrir por sus venas y concentrarse en el corazón. De repente comprendió qué debía de sentir alguien que sufriese un infarto, aunque ese dolor no podía ser peor que el suyo.
Se pasó las manos por el cabello. Lo que había ocurrido, aquello a lo que tenía que poner fin, se le antojaba un jeroglífico irresoluble. Aun así, debía darle solución. Tenía que hacer algo. De un modo u otro, tenía que salir del atolladero en que se había metido. Siempre le había funcionado bien antes. Su encanto, su agilidad y su sonrisa abierta y sincera lo salvaron de la mayoría de las consecuencias de su manera de actuar a lo largo de los años, pero ahora parecía haber llegado al final del camino.
El teléfono sonó. Había empezado el horario de atención telefónica. Aunque se sentía destrozado, tenía la obligación de curar a los enfermos.
Con Maja en la mochila colgada del pecho, Erica emprendió un intento desesperado por limpiar un poco. Tenía demasiado fresca en la memoria la anterior visita de su suegra, por lo que fue pasando la aspiradora como una posesa por la sala de estar. Con un poco de suerte, Kristina no tendría ningún motivo para subir al piso de arriba, así que, si conseguía dejar presentable la planta baja antes de que llegase, todo iría bien.
La última vez que Kristina fue a visitarlos, Maja tenía tres semanas y Erica aún se encontraba en una especie de soporífera conmoción. Las pelusas revoloteaban por las esquinas tan grandes como ratas y el fregadero estaba abarrotado de platos sucios. Patrik había hecho algún intento por limpiar un poco, pero puesto que Erica le ponía a Maja en brazos tan pronto como volvía a casa, no llegó más que a sacar la aspiradora del armario.
En cuanto entró por la puerta, Kristina adoptó una expresión displicente que sólo se borró al ver a su nieta. Durante los tres días siguientes, y a través de su atontamiento, Erica oyó a Kristina refunfuñando sin cesar: era una suerte que ella hubiese ido a verlos, de lo contrario, Maja habría contraído asma entre tanto polvo; o en sus tiempos las madres no se pasaban los días frente al televisor, sino que se las arreglaban para cuidar al bebé y a los hermanos que tuviera, para limpiar y, además, para tener un plato de comida caliente en la mesa cuando llegaba el marido. Por fortuna, Erica estaba demasiado agotada para dejarse afectar seriamente por los comentarios de su suegra. En realidad, le agradeció mucho los momentos de soledad que tuvo ocasión de disfrutar cada vez que Kristina salía a pasear con Maja en el cochecito o cuando le ayudaba a bañarla y a cambiarla. Pero en esta segunda visita, Erica se encontraba físicamente recuperada y esta circunstancia, en combinación con la melancolía que la embargaba, hizo que su instinto le dijese que más valía evitar cualquier motivo de crítica por parte de su suegra en la medida de lo posible.