Miró el reloj. Faltaba una hora para que Kristina llegase arrasando y aún no había empezado con los platos. Además, debería limpiar el polvo. Le echó una ojeada a su hija Maja; se había dormido plácidamente en la mochila, al sonido de la aspiradora, y Erica se preguntó si funcionaría también a la hora de conseguir que durmiera en su cuna. Hasta el momento, todas las tentativas en ese sentido habían ido acompañadas de airadas protestas, pero decían que los niños se dormían mejor al son de ruidos monótonos como los de la aspiradora y la secadora. Al menos valía la pena intentarlo. Por el momento, la única manera de conseguir que la pequeña se durmiese era tenerla en el regazo o junto al pecho, y ya empezaba a parecerle insostenible. Tal vez debería probar alguno de los métodos sobre los que había leído en Barnaboken, la obra maestra de Anna Wahlgren, madre de nueve hijos, con todo tipo de consejos prácticos sobre el cuidado de los niños. Lo había leído antes de que naciera Maja, junto con otros muchos libros, pero cuando llegó el bebé real, se esfumaron todos los conocimientos teóricos adquiridos. A cambio, empezaron a practicar la filosofía de cómo sobrevivir cada minuto y Erica empezaba a pensar que tal vez hubiese llegado el momento de recuperar el control. No era lógico que un bebé de dos meses gobernase toda la casa hasta tal extremo. Si Erica hubiese podido soportar aquella situación, habría sido distinto, pero empezaba a sentir que su vida se ensombrecía cada vez más.
Unos ágiles toquecitos en la puerta vinieron a interrumpir su cavilar. O bien aquella hora había pasado en un tiempo récord, o bien su suegra se presentaba antes de lo previsto. Lo segundo era lo más verosímil y Erica miró desesperada a su alrededor. En fin, ya no tenía mucho remedio. No le quedaba más que ponerse la sonrisa e ir a abrirle a su suegra. Eso hizo, abrió la puerta y…
– ¡Pero, mujer, no te quedes ahí con Maja en plena corriente! Agarrará un catarro, ya verás.
Erica cerró los ojos y contó hasta diez.
Patrik esperaba que todo fuese bien durante la visita de su madre. Sabía que podía ser un tanto… acaparadora, y aunque Erica no solía tener problemas para bandearla, no era la misma desde que nació Maja. Al mismo tiempo, necesitaba un poco de ayuda y, puesto que él no podía proporcionársela, no les quedaba otra salida que recurrir a los medios disponibles. Una vez más, se preguntó si debía buscar a alguien con quien Erica pudiese hablar, es decir, un profesional.
Pero ¿adónde acudir? No, más valía dejar que siguiese su curso. Seguramente pasaría solo en cuanto empezasen a establecer ciertas rutinas, se decía. Sin embargo, no podía evitar una persistente sospecha de que tal vez optase por tomárselo tan a la ligera porque exigía menos esfuerzo por su parte.
Se obligó a abandonar los pensamientos relativos al hogar y volvió a las notas que tenía delante.
Había convocado una reunión en su despacho a las nueve y sólo faltaban cinco minutos. Tal y como se figuraba, Mellberg no opuso la menor objeción a que implicase en el caso al resto del personal, sino que incluso le dio la impresión de que lo daba por supuesto. Lo contrario habría sido absurdo, claro está, incluso para Mellberg. ¿Cómo iban a sacar adelante una investigación de asesinato él y Ernst solos?
Martin fue el primero en llegar y sentarse en la única silla para las visitas que había en el despacho. Los demás tendrían que traerse sus propias sillas.
– ¿Qué tal el apartamento? -se interesó Patrik-. ¿Valía la pena?
– ¡Es perfecto! -exclamó Martin con un destello de entusiasmo en los ojos-. Nos lo quedamos sobre la marcha, así que dentro de dos semanas puedes venir a ayudarnos con la mudanza.
– ¿No me digas? ¿Puedo ir? -ironizó Patrik-. Muy amable. En fin, ya te diré algo cuando haya negociado con el gobierno que tengo en casa. Erica no es muy generosa con mi tiempo últimamente, así que no te prometo nada.
– Claro -repuso Martin-. Tengo varios a los que pedirles ayuda para la mudanza, así que seguro que nos arreglamos sin ti.
– ¿He oído algo de una mudanza? -preguntó Annika, que entraba en ese momento con la taza de café en una mano y el bloc en la otra-. ¿Puedo dar crédito a mis oídos? ¿De verdad vas a adscribirte al grupo de las parejas formales, Martin?
El joven se ruborizó como hacía siempre que Annika lo provocaba, pero no pudo reprimir la sonrisa.
– Sí, has oído bien. Pia y yo hemos encontrado un apartamento en Grebbestad. Nos mudamos dentro de dos semanas.
– Vaya, qué bien -dijo Annika-. Ya era hora, vamos. Empezaba a preocuparme que fueras a quedarte para vestir santos. Y…, dime, ¿cuándo podremos ver corretear a vuestros pequeños?
– Venga, para ya -protestó Martin-. No te creas que he olvidado el modo en que acosabas a Patrik cuando conoció a Erica, y mira cómo le ha ido. El pobre se sentía presionado a fecundar a su mujer y ahora, ya lo ves, parece diez años mayor -aseguró haciéndole un guiño a Patrik para que no cupiera la menor duda de que estaba bromeando.
– Bueno, si quieres algún truco sobre cómo se hace, dímelo -respondió Patrik generoso.
Martin estaba a punto de responderle con un sarcasmo, cuando aparecieron Ernst y Gösta intentando cruzar la puerta al mismo tiempo, cada uno con su silla. Gösta dejó pasar refunfuñando a Ernst que, con toda tranquilidad, se sentó en medio del despacho.
– Esto se pone estrecho -protestó Gösta con mala cara, obligando a Martin y a Annika a correr un poco sus sillas.
– Donde caben tres… -contestó Annika mordaz, sin terminar el dicho.
El último en presentarse fue Mellberg, que se contentó con quedarse en el umbral.
Patrik extendió los documentos que tenía delante y respiró hondo. Era consciente de la magnitud de la responsabilidad que suponía encargarse de una investigación de asesinato y se sentía abrumado por ella. No era la primera vez, pero aun así estaba nervioso. Le incomodaba ser el centro de atención y la seriedad de la misión lo abatía. La alternativa, no obstante, era que Mellberg se hiciese cargo de dirigir la investigación, algo que deseaba evitar a toda costa. Así que no le quedaba más remedio que poner manos a la obra.
– Como ya sabéis a estas alturas, nos han confirmado que la muerte de Sara Klinga no fue un accidente, sino un asesinato. Cierto que se ahogó, pero el agua que tenía en los pulmones era dulce y no salada, lo que demuestra que la ahogaron en otro lugar antes de arrojarla al mar. Bien, eso no es ninguna novedad y todos los detalles pueden leerse en el informe de Pedersen, del que Annika ha hecho varias copias -explicó pasando un montón de documentos grapados para que cada uno cogiese un ejemplar.
– ¿Puede sacarse alguna conclusión del agua de los pulmones? Por ejemplo, se dice que había restos de jabón en el agua. ¿Es posible averiguar de qué clase de jabón se trata? -preguntó Martin señalando uno de los puntos del informe de la autopsia.
– Sí, esperemos que sí -respondió Patrik-. Ya hemos enviado una muestra del agua al Instituto Forense para su análisis y dentro de un par de días sabremos más de lo que puedan sacar en claro.
– ¿Y la ropa? -prosiguió Martin-. ¿Podrán determinar si estaba vestida o no cuando la metieron en la bañera? Porque casi podemos suponer que la ahogaron en una bañera, ¿no?