¿Por qué, después de que hiciese lo que hizo con Emma? La respuesta era muy sencilla: volvió con Lucas porque creía que ella y los niños no tenían otra posibilidad de sobrevivir. Lucas siempre había sido peligroso, pero sabía contenerse. Ahora, en cambio, se diría que algo se había quebrado en su interior y que el control de sí mismo había cedido ante una suerte de sorda locura. No se le ocurría otra denominación: locura. Siempre había estado presente, ella siempre la había intuido. Tal vez fuese aquella corriente subterránea de peligro potencial lo que al principio la atrajo de él. Ahora había emergido a la superficie y la tenía aterrada.
El que ella lo hubiese abandonado llevándose a los niños no fue el único motivo de que la locura saliese a la luz. Hubo varios factores que entraron en juego para activar el pequeño interruptor que Lucas llevaba dentro. El trabajo, que siempre había sido su terreno de grandes éxitos, también lo había decepcionado. Unos cuantos negocios malogrados significaron el fin de su carrera. Poco antes de que ella volviese a su lado, se topó con un colega suyo que le contó que Lucas había empezado a conducirse de un modo cada vez menos racional en el trabajo cuando las cosas no le salían del todo bien. Repentinos accesos de ira y explosiones de agresividad. El día en que acorraló contra la pared a un cliente importante, lo despidieron con efecto inmediato.
Además, el cliente denunció la agresión ante la policía, de modo que se abriría una investigación en cuanto tuviesen tiempo.
Los informes sobre su estado mental la llenaban de preocupación, pero no comprendió que no le quedaba otra opción hasta el día en que llegó a su apartamento y lo encontró totalmente destrozado. Podía hacerles daño a ella o, peor aún, a los niños si no hacía lo que Lucas quería y volvía con él. La única manera de dar a Emma y a Adrián un poco de seguridad era mantenerse tan cerca del enemigo como le fuese posible.
Irracional y pese a que se esforzaba por convencerse a sí misma de haber adoptado la decisión correcta, era consciente de que no podían vivir así el resto de sus vidas. Cuanto más irracional se mostraba Lucas, más miedo le tenía. Estaba convencida de que un día sobrepasaría el límite y la mataría. La cuestión era cómo librarse de él. Había considerado la posibilidad de llamar a Erica y pedirle ayuda, pero, por una parte, Lucas vigilaba el teléfono como un halcón y, por otra, había algo que la retenía. Se había confiado a Erica en muchas ocasiones anteriores y, por una vez, sentía que debía arreglárselas sola, como un adulto. Poco a poco fue elaborando un plan. Tenía que reunir el número suficiente de pruebas contra Lucas, de modo que nadie pudiese poner en duda los malos tratos. Entonces, tanto ella como los niños podrían disfrutar de protección estatal.
A veces le entraban unas ganas irrefrenables de salir corriendo con los niños a la casa de acogida más cercana, pero sabía perfectamente que, sin pruebas contra Lucas, no sería más que una solución temporal. Después volverían al mismo infierno.
De modo que empezó a documentar cuanto podía. En uno de los supermercados que había de camino a la guardería había un fotomatón en el que entraba a veces a fotografiar sus lesiones.
Anotaba la fecha y la hora en que se las había causado y guardaba las notas y las fotografías bajo la parte posterior del portarretratos donde tenían su foto de bodas. Había en ello una simbología que apreciaba. Pronto habría reunido el material suficiente como para poner su causa y la de sus hijos en manos de la sociedad con algo más de confianza. Hasta entonces no le quedaba más que resistir… y procurar seguir viva.
Entraron en el aparcamiento de la escuela a la hora del recreo y, pese al gélido viento, montones de niños jugaban fuera bien abrigados y despreocupados del frío. Éste obligaba a Patrik a apretar el paso, tiritando, a fin de entrar cuanto antes en el edificio.
Esperaba que su hija fuese a aquella escuela dentro de un par de años. Le gustaba la idea y ya se imaginaba a Maja correteando por el pasillo con sus rubias coletas y los dientes mellados, igual que Erica en las fotos que tenía de cuando era niña. Esperaba que Maja se pareciese a su madre. Era una preciosidad de pequeña y, a sus ojos, seguía siéndolo.
Probaron suerte y llamaron a la puerta de la primera aula que encontraron abierta. Era una sala luminosa y agradable, con grandes ventanales y las paredes cubiertas de dibujos infantiles. Había una joven maestra sentada a la mesa, concentrada en los trabajos que tenía delante. La mujer se sobresalto al oír los golpes.
– ¿Sí? -preguntó con un tono que, pese a su juventud, había logrado desarrollar como el propio de las maestras de escuela.
Éste siempre impulsaba a Patrik a controlar sus ganas de ponerse firmes antes de inclinar la cabeza.
– Somos de la policía. Estamos buscando a la maestra de Sara Klinga.
Se le ensombreció el semblante y asintió:
– Soy yo -dijo al tiempo que se levantaba para estrecharles la mano-. Beatrice Lind. Soy maestra de los cursos de primero a tercero.
Les indicó que tomasen asiento en alguna de las pequeñas sillas que había ante los pupitres y Patrik se sintió como un gigante. Al ver los esfuerzos de Ernst por coordinar todas las partes de su cuerpo larguirucho para que cupieran en la diminuta silla, sólo pudo sonreír. Pero tan pronto como volvió la mirada hacia la maestra, rectificó la expresión y se concentró en el motivo de su visita.
– Es una tragedia horrible -dijo Beatrice con voz temblorosa-. Que una niña esté aquí un día y nos haya dejado al día siguiente… -ya empezaba a temblarle la barbilla, pues estaba a punto de llorar-. Y, además, ahogada…
– Sí, bueno, resulta que ahora sabemos que no fue un accidente.
A Patrik le sorprendió que la noticia no se hubiese difundido ya entre todos los habitantes del pueblo, pero era innegable que Beatrice estaba perpleja.
– ¿Cómo? ¿Qué quiere decir? ¿No fue un accidente? Si se ahogó…
– Sara fue asesinada -declaró Patrik con una brusquedad que él mismo percibió. En un tono algo más suave, añadió-: No murió por accidente, de ahí que debamos averiguar algo más sobre ella: qué tipo de persona era, si había algún problema en la familia, todo eso.
Se dio cuenta de que Beatrice aún estaba afectada por la noticia, pero que ya había empezado a pensar en sus consecuencias. Tras unos minutos, logró dominarse y comenzó a hablar:
– Pues, ¿qué les voy a decir de Sara? Era… -parecía estar buscando la palabra adecuada-, una niña llena de vida. Para bien y para mal. No había un minuto de silencio cuando ella estaba presente y, si he de ser sincera, a veces podía resultar difícil mantener el orden en la clase. Era una especie de líder capaz de arrastrar a los demás y, si no la parabas a tiempo, no tardaba en organizarse un completo caos. Al mismo tiempo… -Beatrice volvió a dudar, sopesando cuidadosamente cada palabra-, al mismo tiempo, era justo esa energía la fuente de su enorme creatividad. Tenía un talento artístico increíble, en general para toda actividad estética, y además estaba dotada de una imaginación que no puedo comparar con la de ninguna otra persona conocida. Sencillamente, era una niña muy creativa, ya fuese para alborotar o para producir algo concreto.
Ernst se retorció en la minúscula silla antes de preguntar:
– Nos han dicho que tenía algún problema con las letras, DAMP o como quiera que se llame.
Lo irrespetuoso de su tono provocó la mirada displicente de Beatrice y, para regocijo de Patrik, el colega se amilanó un poco.
– Sara tenía DAMP, es cierto. Recibía clases de apoyo y en la actualidad estamos en posesión de excelentes conocimientos al respecto, de modo que podemos ofrecerles a esos niños lo que necesitan para funcionar de forma óptima.
Sonó como si estuviese dando una clase y Patrik comprendió que, para ella, se trataba de una especie de cuestión personal.
– ¿De qué modo se manifestaban los problemas en el caso de Sara? -preguntó Patrik.