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Sintiendo el corazón alegre, empezó a golpear el bloque de la estatua con el martillo. En su cabeza revoloteaban las palabras que pensaba utilizar junto con imágenes de Agnes.

* * *

Arne estudió con atención la necrológica del periódico y arrugó la nariz. Tal como barruntaba.

Habían elegido un osito como ilustración, una falta de respeto que lo disgustaba de verdad. Una necrológica debía contener los símbolos de la Iglesia cristiana y nada más. Un osito era, sencillamente, ajeno a Dios. Pero no esperaba otra cosa. Su hijo había sido una decepción de principio a fin y nada de lo que hiciera podía sorprenderlo ya. Era una lástima y una vergüenza que una persona tan piadosa como él tuviese un hijo capaz de apartarse tanto del camino recto.

Alguna gente que no entendía nada había intentado conducirlos a la reconciliación. Le decían que, por lo que sabían, su hijo era un hombre bueno e inteligente y tenía una profesión honorable, médico y todo lo demás. La mayoría de las que acudían a su puerta con aquel cuento eran mujeres, claro. Los hombres sí que sabían no pronunciarse sobre otro hombre al que no conocían de nada. Claro que estaba de acuerdo en que su hijo se había buscado una buena profesión y parecía hacerlo bien, pero si no llevaba a Dios en su corazón, eso no tenía la menor importancia.

El mayor sueño de Arne era tener un hijo que siguiese los pasos de su abuelo y se convirtiese en pastor. Por su parte, él tuvo que abandonar tal aspiración, puesto que su padre se bebió todo el dinero de su educación de sacerdote. A cambio, tuvo que conformarse con trabajar como sacristán en la iglesia. Al menos así podía frecuentar la casa de Dios.

Pero la iglesia había dejado de ser lo que fue. Antes era diferente. Entonces la gente sabía cuál era su sitio y le mostraba al pastor el debido respeto. Además, seguían la palabra de Schartau como mejor sabían y no se entregaban a aquello en que los sacerdotes de hoy parecían encontrar tanto placer: bailes, música y vivir en pareja antes de casarse, por mencionar sólo algunas barbaridades. Pero lo que más le costaba aceptar era que las faldas tuviesen ahora derecho a representar a Dios en la tierra. Sencillamente, no alcanzaba a entenderlo. En la Biblia no podía decirlo más claro: «La mujer debe guardar silencio en la misa». ¿Hay algo que discutir al respecto? Las mujeres no tenían nada que hacer en el sacerdocio. Podían resultar un gran apoyo como esposas de sacerdotes o incluso como diáconos, pero, por lo demás, su obligación era guardar silencio. Fue una época tristísima cuando la mujer aquélla se hizo con la iglesia de Fjällbacka. Se veía obligado a ir a misa en Kville los domingos y se negó a acudir al trabajo. Le costó caro, pero vaLÍó la pena. Ahora aquel espanto ya había pasado y, aunque el nuevo pastor resultaba demasiado moderno para su gusto, al menos era un hombre. Ya sólo faltaba procurar que la directora del coro se convirtiese también en un

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transitorio en la historia de la iglesia de Fjällbacka. En fin, una directora de coro no era tan grave como una pastora, pero aun así.

Mellberg no sentía la habitual satisfacción al verse centro del interés de la prensa. Ni siquiera convocó una conferencia, sino que, con la mayor discreción, reunió en su despacho a varios representantes de los medios locales. El recuerdo de la carta que había recibido ensombrecía, por ahora, todo lo demás y le costaba concentrarse en ningún otro asunto.

– ¿Tienen alguna pista concreta que seguir?

Uno de los jóvenes columnistas aguardaba ansioso su respuesta.

– Ninguna que podamos comentar en el estadio actual -respondió Mellberg sucintamente.

– ¿Hay algún miembro de la familia que sea sospechoso? -rezaba la pregunta del representante del otro periódico.

– En estos momentos consideramos probable cualquier opción. Sin embargo, no tenemos ninguna pista concreta que señale en una dirección determinada.

– ¿Se trata de un delito sexual? -preguntó el mismo periodista.

– No puedo entrar en detalles al respecto -respondió Mellberg.

– ¿Cómo constataron que se trataba de un asesinato? -intervino un tercer periodista-. ¿Presentaba el cadáver alguna lesión externa que indicase que la pequeña había sido asesinada?

– A esa pregunta no puedo responder por razones técnicas de la investigación -atajó Mellberg, viendo cómo afloraba la frustración a los rostros de los periodistas.

Hablar con la prensa era siempre como andar por la cuerda floja. Darles lo suficiente para que tuvieran la impresión de que la policía quería colaborar, pero no tanto como para perjudicar la investigación. Por lo general, él se consideraba un maestro equilibrista, pero hoy le costaba concentrarse. No sabía qué actitud adoptar ante la información que le habían transmitido en aquella carta. ¿Era posible que fuese cierto…?

Uno de los periodistas lo miraba con insistencia y Mellberg comprendió que no había oído su pregunta.

– Perdón, ¿podría repetir? -le dijo desconcertado mientras el periodista no daba crédito a sus ojos.

Se habían visto en bastantes ocasiones y el comisario solía comportarse siempre más soberbio y fanfarrón que discreto y distraído como hoy.

– Preguntaba si hay motivos para que los padres de la comarca estén preocupados por la seguridad de sus hijos.

– Siempre les recomendamos a los padres que estén bien al tanto de sus hijos, pero he de subrayar que este suceso no debe provocar la histeria colectiva. Estoy convencido de que se trata de un hecho aislado y de que no tardaremos en tener al asesino a buen recaudo.

Dicho esto, se puso de pie, indicando así que terminaba la audiencia, y los periodistas empezaron a guardar sus blocs y sus bolígrafos mientras le daban las gracias. Todos tenían la sensación de que podrían haber presionado más al comisario, pero al mismo tiempo era importante para la prensa local mantener buenas relaciones con el cuerpo de policía de la zona. Del periodismo de tiburones que se encargasen los colegas de la gran ciudad. Allí uno tenía de vecinos a las víctimas de las entrevistas y sus hijos eran miembros de la misma asociación deportiva, de modo que había que renunciar al deseo de hacer grandes revelaciones en pro de la convivencia.

Mellberg se retrepó satisfecho. La prensa no había obtenido más información de la que él pensaba darle, pese a su falta de perspectiva, y la noticia ocuparía al día siguiente la primera página de todos los diarios de la región. Esperaba que, con ello, la gente saliese de su letargo y empezase a proporcionarles información. Con un poco de suerte, entre todas las habladurías que les llegasen, habría algo que les fuera de utilidad.

Sacó la carta y se puso a leerla otra vez. Seguía sin dar crédito a su contenido.

10.

Strömstad, 1924.

Fue a tumbarse en la cama con un paño húmedo en la frente. El médico la había examinado a conciencia antes de prescribirle reposo. Ahora, el doctor se hallaba en el salón hablando con su padre y, por un instante, Agnes se preocupó ante la eventualidad de que se tratase de algo grave.