– No, al menos no con lo que encontramos en los pulmones -observó Pedersen en tono misterioso.
Patrik se irguió en el asiento.
– ¿Tienes alguna otra cosa? -le preguntó conteniendo la respiración mientras aguardaba la respuesta.
– Sí, aunque no sé lo que significa -respondió el forense-. Los análisis del contenido del estómago confirman lo que la familia dijo que había desayunado, pero… -Pedersen hizo aquí una pausa durante la cual Patrik estuvo a punto de gritar de impaciencia-, había algo más. Parece que la niña ingirió ceniza.
– ¿Ceniza? -preguntó Patrik como pasmado.
– Sí -respondió Pedersen-. Y después de encontrarla en el estómago, el laboratorio hizo un nuevo test del agua de los pulmones y también encontraron pequeñísimas porciones de ceniza que no habían detectado en el primer análisis.
– ¿Cómo demonios llegó a ingerir ceniza?
Patrik vio por el rabillo del ojo que Ernst daba un respingo y se lo quedaba mirando fijamente.
– Eso no podemos saberlo con seguridad, pero después de revisar los datos y el informe de la autopsia, mi teoría es que alguien la obligó a comer ceniza, porque también encontramos pequeñas cantidades en la boca y en el esófago, aunque la mayor parte se debió de disolver en el agua.
Patrik no decía una palabra, pero mil ideas le bullían en la cabeza. ¿Por qué iba alguien a obligar a la niña a comer ceniza? Intentó concentrarse y pensar en todo lo que debería preguntarle a Pedersen.
– Y la ceniza de los pulmones, ¿cómo llegó allí si la obligaron a tragársela?
– Una vez más sólo son teorías mías, pero, por un lado, la ceniza pudo irse por el conducto equivocado cuando la obligaron a tragársela, y, por otro, si ya estaba en la bañera cuando se la hicieron comer, parte de la ceniza pudo caer al agua en la que luego la ahogaron y así fue a parar a los pulmones.
Patrik evocó la escena en su imaginación con claridad aterradora. Sara en una bañera y una figura desconocida, amenazadora, que la obligaba a meterse en la boca un puñado de ceniza antes de taparle la boca y la nariz con las manos para que se la tragase. Las mismas manos que después le hundieron la cabeza en el agua hasta que dejaron de subir burbujas a la superficie y todo quedó en silencio.
Un crujido procedente del bosque junto al que se habían detenido rompió el denso silencio. Patrik le preguntó a Pedersen en voz baja:
– ¿Nos enviarás todo eso por fax?
– Ya está enviado. Y el laboratorio seguirá analizando la ceniza para ver si pueden encontrar algo interesante. Pero no querían esperar a obtener esos resultados porque pensaron que era mejor que tuviésemos esta información cuanto antes.
– Sí, han hecho bien. ¿Cuándo crees que podremos saber algo más sobre la ceniza?
– A mediados de la semana que viene, diría yo -respondió Pedersen antes de preguntar amablemente-: ¿Cómo os va a vosotros? ¿Habéis encontrado algo?
No era frecuente que el forense hiciese preguntas sobre la marcha de una investigación, pero a Patrik no le sorprendió. La muerte de Sara parecía conmover a tanta gente… Incluso a los más curtidos. Se tomó un segundo de reflexión antes de responder.
– No mucho, me temo. Si quieres que te sea sincero, no tenemos ninguna pista que seguir, pero espero que esto nos lleve a algún sitio. Y no es que ahora tenga claro cómo, pero es lo bastante extraño como para que le dé un empujón a la investigación.
– Esperemos que sea así -dijo Pedersen.
Patrik le resumió a Ernst lo que le había dicho el forense. Ambos permanecieron un rato en silencio, sentados en el coche, mientras fuera seguían resonando los crujidos. Patrik casi esperaba ver salir un alce corriendo hacia ellos, pero seguramente serían sólo unos pájaros o alguna ardilla que rebuscaba entre las hojas secas, de un rojo otoñal.
– ¿A ti qué te parece? ¿No deberíamos inspeccionar de cerca el baño de los Florin?
– ¿No deberíamos haberlo hecho ya? -preguntó Ernst.
– Puede que sí -respondió Patrik con acritud, consciente de que Ernst tenía parte de razón-. Pero no lo hicimos, y más vale tarde que nunca.
Ernst no replicó. Patrik sacó el móvil e hizo las llamadas necesarias para obtener la orden y contar con el equipo técnico de Uddevalla. Con las palabras de Ernst resonándole en los oídos, apremió el proceso tanto como le fue posible hasta que le prometieron que acudirían aquella misma tarde.
Con un suspiro, arrancó el motor y metió la marcha atrás. Le rondaban la cabeza mil ideas de ceniza… y de muerte.
15.
Fjällbacka, 1924.
Agnes odiaba su vida. Incluso más de lo que creía posible el día en que llegó a su nuevo hogar. Ni en sus sueños más desaforados habría podido imaginar que todo sería tan pobre y miserable Y por si no tenía bastante con el entorno, ahora se le había hinchado el cuerpo y se había convertido en un ser torpe y nada atractivo. Sudaba sin cesar bajo el sol del verano en sucias greñas. Lo que más deseaba era que la criatura que la había convertido en aquel ser repugnante saliese cuanto antes, aunque al mismo tiempo le horrorizaba pensar en el parto. La sola idea le producía mareos.
La vida con Anders también era una tortura. ¡Si al menos tuviese agallas! Pero no, iba siguiéndola por todas partes con su triste mirada de cordero mendigando unas migajas de atención. Ella sabía que las demás mujeres la despreciaban porque no seguía su ejemplo, no empleaba sus días fregando su miserable casa y atendiendo al ingrato de su marido. Pero ¿cómo iba ella a hacer tal cosa? Ella era mucho mejor que las demás, procedía de una clase totalmente distinta y había recibido una buena educación. Era absurdo que Anders le pidiese que se pusiera a cuatro patas y restregase los miserables suelos de madera o que se apresurase a la cantera para llevarle la comida. Además, tenía la cara dura de quejarse de su modo de manejar la miseria de dinero que traía a casa. En el estado en que se encontraba, no debería hacer nada de nada. Si le apetecía algo suculento el día que iba a la tienda, ¿qué?; no tendría por qué armar tanto alboroto sólo porque se permitiese algún lujo en lugar de comprar mantequilla o harina.
Agnes suspiró y descansó los pies hinchados en el escabel que tenía delante. Allí sentada junto a aquella misma ventana, cuántas veces había pensado en lo distinta que podría haber sido su vida si su padre no fuese tan terco. De vez en cuando consideraba la idea de volver a Strömstad, arrodillarse ante él y mendigarle que la acogiese por compasión. Si hubiese abrigado la más mínima esperanza en el triunfo de tal empresa, lo habría hecho hace ya tiempo. Pero, para bien y para mal, conocía a su padre y sabía perfectamente que no merecía la pena. Allí estaba y allí seguiría, y hasta que se le ocurriese algún modo de salir de su situación actual, tendría que seguir penando.
Oyó pasos en la entrada y, con un suspiro, adivinó que era Anders, que ya volvía a casa. Si esperaba encontrarse la mesa puesta y la comida preparada, estaba muy equivocado. Teniendo en cuenta los dolores y tormentos que tenía que sufrir por llevar a su hijo en sus entrañas, ya podía ponerse él a hacerle la comida a ella. Aunque, claro, en casa tampoco había mucho que preparar. El dinero se había acabado a la semana de que él llegase con el salario y, hasta el próximo, faltaba una semana entera. Pero puesto que se llevaba tan bien con los Jansson, los de la habitación de al lado, seguro que podría mendigarles un pedazo de pan y algo con lo que hacer una sopa.
– Hola, Agnes -la saludó Anders algo tímido.
Pese a que llevaban casados medio año, con ella no se sentía en casa y se lo veía algo desorientado en el umbral.
– Hola -resopló Agnes con un mohín de desprecio al ver lo sucio que venía-. ¿Tienes que entrar con toda esa mugre? Al menos, quítate los zapatos.
Él obedeció y se sentó en la escalera de la entrada.