La niña asintió.
– Era muy, muy viejo. Por lo menos tenía cien años, como mi abuelo.
– El abuelo tiene sesenta -explicó Veronika sin poder reprimir una sonrisa.
Frida prosiguió:
– Tenía el cabello todo gris y siempre vestía de negro -añadió como dispuesta a continuar.
Luego se hundió en la silla y explicó abatida.
– Y ya no recuerdo más.
Patrik le guiñó un ojo.
– Está muy bien. Y es un secreto muy bueno para contárselo a la policía.
– O sea que no crees que Sara se enfade cuando vuelva del cielo porque lo haya contado, ¿no?
Veronika respiró hondo, dispuesta a volver a explicarle a su hija la realidad de la muerte, pero Patrik se le adelantó:
– Pues no, porque ¿sabes lo que yo creo? Yo creo que Sara está demasiado a gusto en el cielo como para querer volver y seguramente no se preocupa lo más mínimo de si revelas o no su secreto.
– ¿Seguro? -insistió Frida aún algo escéptica.
– Seguro -confirmó Patrik.
Veronika se levantó.
– En fin, ya saben dónde encontrarnos si necesitan hacer más preguntas. Aunque, la verdad, no creo que Frida sepa más de lo que ya ha dicho. -Tras dudar un instante, preguntó-: ¿Creen que puede ser…?
Patrik meneó la cabeza al responder
– Es imposible saberlo, pero ha estado muy bien que hayan venido a contárnoslo. Toda información es importante.
– ¿Puedo ir en coche de policía? -preguntó Frida mirando a Patrik esperanzada.
Él se echó a reír.
– Hoy no, pero me encargaré de que puedas subir otro día.
Frida se contentó con esa respuesta y se adelantó a su madre en dirección al pasillo.
– Gracias por venir -dijo Patrik estrechándole la mano a Veronika.
– Sí, bueno, espero que lo atrapen lo antes posible. No me atrevo a perderla de vista -aseguró acariciando el cabello de su hija.
– Hacemos todo lo posible -respondió Patrik, con más seguridad de la que sentía, mientras las acompañaba a la salida.
Cuando cerró la puerta, se quedó pensando en lo que le había dicho Frida. ¿Un señor malo? Su descripción no encajaba con Kaj ¿Quién sería?
Se acercó a recepción para hablar con Annika, que estaba sentada tras la luna de cristal mirando el reloj con gesto cansado.
– ¿No había una denuncia a la que según tú debería echarle un vistazo?
– Aquí está -dijo Annika tendiéndole el folio-. Y no olvides que Gösta quería hablar contigo. Seguro que está a punto de irse, así que será mejor que lo pilles ahora mismo.
– Sí, qué suerte tienen algunos, que pueden irse a casa a su hora -se lamentó con un suspiro.
Erica no se puso especialmente contenta cuando llamó para anunciarle su retraso y el cargo de conciencia lo corroía por dentro.
– Se irá cuando tú le digas que puede irse -dijo Annika mirando a Patrik por encima de las gafas.
– Así es en teoría, pero en la práctica… Más vale que Gösta se marche a casa a descansar un poco. Tampoco sirve de mucho que se quede aquí quejándose.
Sus últimas palabras sonaron más hirientes de lo que él pretendía, pero a veces se sentía harto de tener que ir prácticamente tirando de todos sus colegas. O de dos de ellos, al menos. En fin, de todos modos podía estar agradecido de que la falta de iniciativa de Gösta le impidiese causar los problemas que originaba Ernst.
– Bien, más vale que vaya a ver qué quiere.
Patrik se llevó el documento con los datos de la denuncia y se dirigió al despacho de Gösta. Se paró ante la puerta entreabierta y tuvo el tiempo suficiente para ver cómo su colega cerraba la partida de solitarios que estaba jugando en el ordenador. Que Gösta perdiese el tiempo mientras él no daba abasto lo irritó de tal modo que tuvo que hacer un esfuerzo para que no se notase. No tenía fuerzas para entablar una discusión con Gösta en aquel momento, pero tarde o temprano…
– Ah, estás aquí -dijo Gösta con cierto descontento.
Esto provocó en Patrik la reflexión de si «más temprano» sería la opción más adecuada.
– Sí, tenía que dejar listo algo importante -respondió haciendo un esfuerzo por no sonar tan irritado como se sentía.
– Pues verás, yo también tengo algo que aportar, ¿sabes? -anunció Gösta con un leve entusiasmo que sorprendió a Patrik.
– Shoot -dijo Patrik.
Comprobó enseguida que las expresiones en inglés no eran el punto fuerte de su colega. A menos que fuesen expresiones de golf, claro…
Flygare le habló de su conversación con Pedersen, y Patrik lo fue escuchando con creciente interés. Tomó los faxes que Gösta le entregó y se sentó a hojearlos.
– Bueno, no cabe duda de que esto es muy interesante -admitió-. La cuestión es cómo puede ayudarnos a avanzar en la investigación.
– Sí -convino Gösta-. Yo he estado pensando en lo mismo. Y, por ahora, lo que veo es que puede sernos útil para vincular a una persona con el asesinato, aunque hemos de encontrarla, claro. Hasta entonces, poco más.
– ¿Y no han determinado si se trata de restos animales o humanos?
– No -confirmó Gösta abatido-. Pero podrían darnos una respuesta dentro de un par de días.
Patrik parecía reflexionar
– Oye, una vez más, ¿qué dijo Pedersen exactamente sobre la piedra?
– Que era granito.
– En otras palabras, muy raro aquí en Bohuslan -concluyó Patrik irónico, pasándose la mano por el cabello con desánimo-. Si supiéramos cuál es el papel de la ceniza en todo esto, apostaría a que entonces sabríamos quién mató a Sara.
Gösta asintió conforme.
– En fin, no creo que saquemos nada más en claro por ahora -dijo Patrik levantándose-. Pero es una información muy interesante. Venga, Gösta, vete a casa. Mañana seguiremos con renovadas fuerzas -lo animó, logrando incluso exhibir una sonrisa.
Gösta no tuvo que oírlo dos veces. En no más de dos minutos apagó el ordenador, recogió sus cosas y salió por la puerta. Patrik no tenía esa suerte. Ya eran las siete menos cuarto, pero fue a su despacho y se sentó ante el escritorio dispuesto a leer la denuncia que le había dado Annika. Concluida la lectura, se abalanzó sobre el teléfono.
A veces se sentía como si estuviese fuera del mundo real, encerrada en una burbuja diminuta que no cesaba de menguar. Y ahora era tan pequeña que pensaba que, si extendía los brazos, podría tocar sus paredes
Maja dormía en su regazo. Una vez más, había intentado que lo hiciera sola y, una vez más, Maja se había despertado un par de minutos después, protestando ruidosamente ante la desfachatez de que hubiesen depositado su personita en una cuna. Con lo bien que se dormía en los brazos de mamá. La idea de aplicar los consejos del volumen Barnaboken por ahora había quedado en eso, en una idea. De modo que Erica acalló el llanto de Maja cogiéndola en brazos como de costumbre y dejando que se durmiese allí tranquilamente. Por lo general, era capaz de dormir así una hora e incluso dos, siempre que Erica no se moviese demasiado y que no la molestase el ruidoso timbre del teléfono o el televisor. Y ésa era la razón por la que Erica llevaba ya media hora como una estatua de piedra en el sillón, con el teléfono desconectado y el televisor sin volumen. La programación era, además, de pena a aquella hora del día, así que estaba viendo una absurda serie americana de la que TV4 parecía haber adquirido mil capítulos. Erica odiaba su vida.
Llena de remordimientos, contempló la pequeña cabecita peluda que descansaba plácidamente sobre el cojín que usaba para darle el pecho. La niña tenía la boca entreabierta y sus delicados párpados aleteaban de vez en cuando. En realidad, sus sentimientos nada tenían que ver con la falta de amor maternal. Amaba a Maja tierna y profundamente, pero al mismo tiempo se sentía como invadida por un parásito hostil que absorbía sus ganas de vivir, obligándola a arrastrar una existencia sombría que no guardaba relación alguna con la vida que había llevado hasta entonces.