Siempre pensó que las cosas cambiarían cuando terminase el instituto, cuando se enfrentase al mundo de verdad. Eligió la profesión de policía para tener la oportunidad de mostrarse como el hombre fuerte que en verdad era. Pero tras veinticinco años en el Cuerpo, se veía obligado a admitir que las cosas no habían ido como él tenía pensado. Sin embargo, jamás se había sentido tan hundido en la mierda como ahora. Sencillamente, no se le pasó por la cabeza sospechar que Kaj tuviese nada que ver con aquello. Solían jugar a las cartas, era un buen amigo y, además, uno de los pocos que apreciaban su compañía. Y ya sabía él que ese tipo de acusaciones infundadas podían destrozar la vida de un hombre inocente. Para una vez que tenía ocasión de hacerle un favor a un amigo, no se lo pensó dos veces. ¿Qué había de censurable en ello? Ignoró la llamada de los colegas de Gotemburgo movido por la mejor de las intenciones, pero nadie parecía comprenderlo. Ahora, todos se lo echaban en cara. ¿Por qué siempre tenía tan mala suerte? Desde luego, era lo bastante despierto para comprender que el suicidio del chico echaría más leña al fuego.
Sm embargo, mientras estaba en su despacho, relegado a la soledad que le imponían como si fuese un preso en la fría Siberia, se le ocurrió una brillante idea. De repente, supo exactamente cómo desviar la situación en su propio beneficio. Iba a convertirse en el héroe del día y, de una vez por todas, podría demostrarle al mocoso de Hedström quién de los dos tenía más experiencia. En efecto, durante la reunión de la mañana, se dio perfecta cuenta de la expresión de incredulidad de Hedström cuando Mellberg señaló que habría que apretarle las tuercas al loco del pueblo. Pero lo que a uno beneficiaba, era la ruina del otro. Si Hedström no quería tomar la autopista que lo llevaría a la solución del asesinato, él sí estaba dispuesto a sacrificarse y triunfar. Cualquiera podía ver que el tal Morgan era el culpable, y el que hubiesen hallado en su casa la cazadora de la niña despejaba cualquier duda.
Lo que más lo satisfacía del plan era su sencillez genial. Citaría a Morgan para interrogarlo, lo obligaría a confesar en un santiamén y así tendría al asesino. Al mismo tiempo, le demostraría a Mellberg que él, Ernst, sí prestaba atención a las palabras de sus superiores, en tanto que Hedström no sólo era un incompetente, sino que además se permitía cuestionar el criterio de su jefe. Después de aquello, volverían a considerarlo como merecía.
Se levantó y, con resolución inusitada, se dirigió a la puerta. Ya era hora de llevar a cabo un trabajo policial de alta calidad. Una vez en el pasillo, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo veía salir. El terreno estaba despejado.
28.
Gotemburgo, 1957.
Mary no sentía nada bajo la lluvia torrencial. Ni odio ni alegría. Tan solo un gélido vacío que colmaba todo su cuerpo, desde la capa más superficial de su piel hasta los huesos de su esqueleto.
Su madre sollozaba a su lado. Estaba más elegante que de costumbre. El negro del luto le sentaba bien. Todos repararon en la belleza que le añadía el dramatismo. Con mano trémula, dejó caer una rosa roja sobre el ataúd de su difunto esposo y, acto seguido, se arrojo en brazos de Per-Erik. Detrás de ellos estaba su esposa, con el dolor plasmado en su rostro vulgar, pues ignoraba cuántas veces se había acostado su marido con la mujer que en ese momento le empapaba el abrigo de lágrimas.
Mary observaba dolida a su madre pues habría deseado que buscase consuelo en su regazo. Una vez más, se veía excluida. Una vez más, despreciada. Las dudas la asediaban como fieras, pero se obligo a domeñarlas. No podía empezar a cuestionarlo todo, eso la hundiría.
La lluvia le helaba las mejillas, pero su rostro permanecía imperturbable. Algo reacia, recorrió los pocos pasos que la separaban del hoyo e intentó obligarse a arrojar la rosa que llevaba en la mano. El monstruo se revolvió ligeramente en su interior, apremiándola, animándola a levantar el brazo y sostener la rosa sobre el féretro sin decir nada. Éste relucía negro en el fondo del hoyo. Después, vio a cámara lenta cómo sus dedos soltaban el tallo lleno de espinas, y la rosa, con una lentitud insoportable, cayó sobre la dura superficie del ataúd. Creyó oír el eco del golpe de la flor contra la madera, pero nadie reaccionó, de lo que dedujo que el ruido resonó sólo en su cabeza.
Allí permaneció durante unos minutos, que a ella se le hicieron eternos, hasta que noto un leve roce en el brazo. La mujer de Per-Erik le advertía, con una cálida sonrisa, que ya podían marcharse. Delante de ellas iba el resto del cortejo fúnebre, con Agnes y Per-Erik en cabeza. Él le rodeaba los hombros con el brazo sobre el que ella se apoyaba al caminar.
Mary miraba de reojo a la mujer que tenía a su lado preguntándose con sorna cómo podía ser tan ciega y tan ingenua para no ver el aura de tensión sexual que envolvía a la pareja. Mary sólo tenía trece años, pero lo veía tan claro como la lluvia que los empapaba a todos. En fin, aquella mujer necia no tardaría en conocer la verdad.
A veces se sentía mucho mayor de la edad que tenía. Observaba la necedad de la gente con un desprecio muy superior al esperado en una adolescente pero, claro, ella había tenido una maestra excelente. Su madre le había enseñado cuanto sabía sobre el ser humano, cada uno iba a lo suyo, cada uno debía procurarse lo que quería en la vida sin permitir que nada se interpusiese, le repetía. Y Mary había sido una alumna excelente. Ahora se sentía madura y preparada para que su madre la tratase con el respeto que merecía. Al fin y al cabo, Mary le había demostrado de sobra cuánto daba de sí su amor por ella ¿Acaso no había hecho el mayor de los sacrificios? Ahora le devolvería ese amor con creces, estaba segura de ello. Jamás tendría que regresar a las tinieblas del sótano para ver crecer al monstruo.
Por el rabillo del ojo, vio que la mujer de Per-Erik la observaba con gesto preocupado. Entonces cayó en la cuenta de que iba sonriendo y se puso seria enseguida. Era importante guardar las apariencias. Su madre siempre se lo recordaba. Y su madre siempre tenía razón.
El aullido de las sirenas se oía muy a lo lejos. Quería levantarse y protestar, exigir que la ambulancia diese la vuelta y lo llevase de regreso a casa, pero sus miembros se negaban a obedecer y, cuando intentaba hablar, su garganta sólo profería un sonido sibilante que se escapaba entre sus labios. Entreveía sobre su cabeza la expresión angustiada de Lilian.
– Shhh, no intentes hablar, resérvate la energía. Pronto estaremos en Uddevalla.
Contra su voluntad, se vio obligado a abandonar toda tentativa de resistencia En realidad no tenía fuerzas para ello. El dolor seguía allí, más agudo que nunca
¡Todo fue tan rápido! Por la mañana se sentía bastante bien e incluso se animó a comer un poco. Al cabo de un rato, el dolor empezó a agudizarse hasta llegar a ser insoportable. Cuando Lilian subió con el té de la mañana, Stig ya no podía ni hablar y a ella se le cayó la bandeja al suelo, tal fue la impresión que se llevó al verlo. Después empezó el espectáculo. El ruido de sirenas, pisadas en la escalera, manos que, con mucho mimo, lo trasladaban a una camilla y lo metían en la ambulancia… Y luego el recorrido a toda velocidad, del que él sólo tenía un vago recuerdo.