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– Miente.

La mano de Kaj temblaba levemente al sujetar la carta. Pero Patrik se dio cuenta de que sabía que no era falso.

– ¿No le quitaría un peso de encima dejar de mentir? -preguntó quedamente-. Seguro que se preocupaba por Sebastian, no me cabe la menor duda, así que al menos hágalo por él. Ya ha visto lo que pide en la carta. Él quiere que termine todo esto. Y usted puede ponerle fin.

Dijo aquellas palabras en un tono de aparente amabilidad. Patrik miró de soslayo a Martin, que estaba listo, bolígrafo en mano. Claro que la grabadora zumbaba sin cesar como un abejorro, pero Martin tenía la costumbre de tomar sus propias notas.

Kaj pasó la mano por la carta y abrió la boca para decir algo. Martin levantó el bolígrafo, listo para escribir.

Y justo en ese momento, Annika abrió la puerta.

– ¡Ha ocurrido un accidente ahí fuera! ¡Rápido!

Acto seguido, la joven echó a correr por el pasillo y, tras un segundo de turbación, Patrik y Martin fueron tras ella.

En el último instante, Patrik se acordó de cerrar con llave la puerta de la sala donde dejaban a Kaj. Ya lo retomarían más tarde. Esperaba no haber perdido definitivamente la oportunidad.

Debía admitir que lo embargaba cierta preocupación. Sólo habían pasado un par de días, pero él no sentía que hubiesen establecido el típico contacto entre padre e hijo. Claro, quizá debiera tener paciencia, pero la verdad era que no se sentía tan apreciado como creía merecer. No gozaba ni del respeto debido a un progenitor, ni del amor filial incondicional del que hablaban todos los padres, quizá mezclado con cierto temor saludable. El chico parecía más bien indiferente. Se pasaba los días tumbado en el sofá de Mellberg, comiendo cantidades ingentes de patatas fritas y jugando con el videojuego. Mellberg no comprendía a quién había salido para ser tan perezoso. A su madre, seguramente. Él, por su parte, se recordaba a sí mismo a esa edad como una fuente inagotable de energía. Bien era verdad que, por más que lo intentase, no se acordaba de ninguno de los éxitos deportivos que estaba seguro de haber cosechado; de hecho, no era capaz de evocar un solo recuerdo de su juventud en ningún contexto deportivo, pero se lo atribuía al fallo de la memoria y al paso del tiempo. Él se recordaba a sí mismo, desde luego, como un joven musculoso y activo.

Miró el reloj. Era muy temprano. Tamborileó con los dedos sobre la mesa. Tal vez debería marcharse a casa y compartir su tiempo con Simon sin prisas. Estaba convencido de que a él le gustaría. Bien mirado, se decía, la actitud de su hijo se debía sólo a su timidez y, en su fuero interno, estaba deseando que su padre viniese a sacarlo de su cascarón después de una ausencia de tantos años. Naturalmente, eso era lo que le ocurría. Mellberg lanzó un suspiro de alivio. Suerte que él sabía de adolescentes pues, de lo contrario, a aquellas alturas ya habría abandonado y habría dejado que el chico continuase tirado en el sofá y se sintiese miserable. Simon no tardaría en comprender lo afortunado que era con el padre que le había tocado en suerte.

Lleno de confianza, se puso la cazadora mientras pensaba en qué tipo de actividad paterno-filial sería más adecuada. Por raro que pareciese, aquel pueblucho dejado de la mano de Dios no tenía mucho que ofrecer a dos hombres de verdad. Si hubiesen estado en Gotemburgo, habría podido llevar a su hijo a su primera visita a un club de streaptease o haberle enseñado a jugar a la ruleta, pero allí no sabía muy bien qué hacer con él. En fin, algo se le ocurriría.

Al pasar ante el despacho de Hedström, pensó en lo desagradable que era lo que había ocurrido con su pequeña. Una prueba más, se dijo, de lo impredecible que era todo y de que más valía disfrutar de los hijos mientras se tenía ocasión. Precisamente por eso, nadie podría reprocharle que hoy se marchase tan temprano.

Se encaminó a la recepción silbando una cancioncilla, pero se paró en seco al ver las puertas abiertas y a sus hombres corriendo en dirección a la salida. Allí pasaba algo y, como de costumbre, nadie se había molestado en informarlo.

– ¿Qué pasa? -le gritó a Gösta, que, por ser más lento que los demás, iba el último.

– Han atropellado a alguien enfrente de la comisaría.

– ¡Joder! -exclamó Mellberg antes de echar a correr como los otros, aunque en la medida de sus posibilidades.

Justo al otro lado de la puerta, se detuvo. Había un gran minibús de color negro aparcado y alguien, probablemente el conductor, deambulaba sin destino de un lado para otro con las manos en la cabeza. El airbag del volante había saltado y el hombre no parecía estar herido, aunque sí muy alterado. Delante del radiador del vehículo yacía un bulto, en medio de la carretera, y junto a él se habían arrodillado Patrik y Annika. Martin intentaba tranquilizar al conductor. Ernst se encontraba un poco apartado, con los largos brazos caídos, exánimes, y blanco como el papel. Gösta echó a andar en dirección al colega y Mellberg vio cómo los dos policías intercambiaban unas frases en voz baja. La expresión de alarma de Gösta preocupó bastante al comisario, que experimentó una desagradable sensación de desasosiego en el estómago

– ¿Ha llamado alguien a la ambulancia? -preguntó Mellberg.

Annika le respondió afirmativamente. Nervioso y sin saber qué hacer exactamente, se acercó a Ernst y a Gösta.

– ¿Qué ha pasado? -inquirió-. ¿Alguno de vosotros lo sabe?

El ominoso silencio que ambos guardaron lo hizo sospechar que tal vez no le gustase demasiado la respuesta. Vio que Ernst parpadeaba nervioso y Mellberg clavó la mirada en él

– Bien, ¿vais a contestar o tendré que sacaros las palabras con fórceps?

– Ha sido un accidente -respondió Ernst con voz lastimera

– ¿Podrías facilitarme algunos detalles sobre el «accidente»? -insistió Mellberg, sin apartar la vista de su subordinado.

– Sólo quería hacerle unas preguntas y se le fue la olla. Ese chico está como un cencerro, ¿qué iba a hacer yo?

Ernst alzó el tono de voz con agresividad en un intento desesperado por tomar el control de una situación que, de forma tan repentina, se le había escapado de las manos.

La agorera sensación que Mellberg experimentaba en el estómago crecía sin cesar. Miró el cuerpo tendido en la calzada, pero el rostro quedaba oculto tras la figura de Patrik y no pudo ver si se trataba de alguien a quien él conociese.

– ¿Quién es el que está debajo del radiador del vehículo, Ernst? ¿Tendrías la amabilidad de decírmelo?

Mellberg preguntó susurrando, casi escupiendo las palabras, lo que convenció a Ernst del lío en que se había metido. El policía respiró hondo y dijo quedamente:

– Morgan. Morgan Wiberg.

– ¿Qué demonios estás diciendo? -vociferó Mellberg fieramente.

Ernst y Gösta se echaron hacia atrás, y Patrik y Annika se volvieron a mirarlos.

– ¿Sabías tú algo de esto, Hedström? -quiso saber el comisario.

Patrik negó abatido.

– No, yo no di orden de que trajesen a Morgan para interrogarlo.

– O sea…, que pensabas lucirte un poco -concluyó Mellberg mirando a Ernst y hablándole de nuevo con una calma insidiosa.

– Como dijo que deberíamos investigar primero al idiota… Y a diferencia de ése -apuntó Ernst señalando a Patrik-, yo tengo confianza en usted y presto atención a lo que dice.

En condiciones normales, la adulación habría sido el camino perfecto, pero, en esta ocasión, Lundgren se había extralimitado hasta tal punto que ni siquiera las lisonjas conseguirían que Mellberg adoptase una actitud positiva.

– ¿Acaso yo dije literalmente que había que ir a arrestar a Morgan, eh? ¿Dije yo tal cosa?

Ernst pareció dudar un instante, antes de responder en un susurro:

– No.

– ¡Pues entonces! -tronó Mellberg-. ¿Y dónde coño está la maldita ambulancia? ¿Se habrán parado a tomar café por el camino?