El comisario jefe se sentía estallar de frustración, estado que no mejoró cuando Hedström dijo:
– No creo que tengan que darse mucha prisa. Desde que nosotros llegamos, no respira. Lo más probable es que muriese en el acto.
Mellberg cerró los ojos. Toda su carrera futura se esfumaba sin remedio. Todos sus años de esfuerzo, quizá no con el trabajo policial diario, pero sí con el arte de navegar con rumbo cierto en la jungla política, de mantenerse a bien con aquellos que tenían influencia y de patear a quienes podían interponerse en su camino. Todo aquello carecía ahora de sentido por culpa de un policía palurdo e imbécil.
Muy despacio, se volvió de nuevo a Ernst y, con toda la frialdad de que fue capaz, le dijo:
– Quedas suspendido y a la espera de una investigación interna. Yo en tu lugar no abrigaría muchas esperanzas de volver.
– Pero… -balbució Ernst, como preparándose para protestar.
Sin embargo, Mellberg detuvo su discurso advirtiéndole con el dedo muy cerca de su cara.
– ¡Shhh! -fue lo único que dijo.
Ernst supo enseguida que había perdido la partida. Allí no tenía nada que hacer.
29.
Gotemburgo, 1957.
Agnes se estiró perezosamente en la amplia cama. Por alguna razón, cuando acababa de hacer el amor con un hombre, se sentía llena de vida. Observó la ancha espalda de Per-Erik, que estaba sentado en el borde poniéndose los impecables pantalones del traje.
– Y bien, ¿cuándo piensas decírselo a Elisabeth? -le preguntó escrutándose las uñas pintadas de rojo en busca de algún desperfecto inexistente.
La ausencia de respuesta por parte de su amante la movió a levantar la vista.
– ¿Per-Erik? -lo apremió inquisitiva.
Él carraspeó, algo incómodo.
– Verás, creo que aún es pronto. Hace poco más de un mes que murió Áke y ¿qué va a pensar la gente de…? -dejó la frase inconclusa.
– Yo creía que lo nuestro te importaba más que las opiniones de «la gente» -replicó Agnes con una acritud desconocida para él.
– Y así es, querida, así es. Sólo que creo que deberíamos… esperar un poco -remató dándose la vuelta para acariciarle las piernas desnudas.
Agnes lo miró con suspicacia. Su expresión era inescrutable. La indignaba no poder adivinar su pensamiento por completo al Igual que hacía con todos los demás hombres. Pero al mismo tiempo quizá ésa fuese la razón por la que, por primera vez en su vida, sentía que había encontrado al hombre capaz de satisfacer sus expectativas. Y ya era hora. Cierto que ella tenía un aspecto excelente para sus cincuenta y tres años, pero el paso del tiempo también le acarreaba cambios nada gratos y pudiera ser que, muy pronto, se viese obligada a dejar de confiar en su físico. La idea la aterraba, de ahí que fuese tan importante para ella que Per-Erik cumpliese las promesas que tan generosamente le había hecho. Desde que iniciaron su relación, hacía ya años, Agnes siempre había tenido el control. Al menos, así lo veía ella. Sin embargo, ahora y por primera vez, sintió una punzada de recelo. ¿No se habría dejado embaucar? Por el bien de Per-Erik, esperaba que ése no fuese el caso.
Harald Spjuth estaba satisfecho con la vida de sacerdote. Como hombre, sin embargo, se sentía algo solo a veces. Pese a haber cumplido ya los cuarenta y ocho, no había encontrado a nadie con quien compartir su vida y eso le causaba un profundo dolor. Tal vez la sotana hubiese sido un impedimento, pues, de hecho, no había ningún rasgo de su personalidad que indicase que hubiera de tener dificultades para encontrar el amor. Era un hombre verdaderamente bueno y agradable, aunque él, personalmente, no hubiera elegido esos términos para describirse, ya que, además, era tímido y modesto. Tampoco podía achacar su soledad a su aspecto físico. Quizá no pudiera afirmarse sin más que valía como protagonista en la gran pantalla, pero tenía un rostro agradable, conservaba todo su cabello y poseía la envidiable cualidad de no engordar ni un solo gramo de más, pese a su inclinación por la buena mesa y los muchos cafés y pastelillos que conllevaba la vida de sacerdote de un pueblo. Aun así, no resultó.
En cualquier caso, Harald no había desistido del todo. Se preguntaba qué pensarían sus fieles si supieran la cantidad de anuncios que había enviado últimamente para buscar contactos. Tras haber probado con clases de baile y cursos de cocina, aunque sin éxito, al final de la primavera decidió sentarse a escribir el primer anuncio y, desde entonces, no dejó de hacerlo. Todavía no había encontrado a su gran amor, si bien sí compartió más de una cena agradable, amén de conseguir un par de buenas amigas con las que se escribía a menudo. De hecho, en la mesa de la cocina lo aguardaban tres cartas a la espera de su lectura y su respuesta, pero el deber era lo primero.
Volvía de visitar a varios de los feligreses de más edad, que gustaban de distraerse un rato charlando con el sacerdote, y fue derecho a la iglesia sin detenerse en su casa. Muchos de sus colegas, más ambiciosos que él, pensarían que su parroquia era demasiado insignificante, pero Harald estaba muy satisfecho. La casa parroquial, de color amarillo, era un hermoso hogar para vivir y siempre le impresionaba la imagen imponente del templo cuando subía el pequeño sendero empinado. Al pasar ante la vieja escuela de la iglesia, situada enfrente de la casa parroquial, le vino a la cabeza el encendido debate que había surgido entre los habitantes del pueblo. Una promotora quería derribar el ruinoso edificio para construir apartamentos, pero el proyecto generó una avalancha de artículos de protesta y de cartas de la gente que, a toda costa, quería conservar la escuela tal y como estaba. En cierto modo, Harald entendía tanto a los unos como a los otros, pero le resultaba muy llamativo que la mayoría de los detractores del proyecto no fuesen residentes habituales, sino veraneantes con una segunda residencia en el pueblo. Naturalmente, querían que su retiro en Fjällbacka se conservase perfectamente pintoresco y entrañable; así podían pasear por el pueblo los fines de semana y considerarse afortunados por tener un lugar tan agradable en el que refugiarse, lejos del día a día de la gran ciudad. El problema era que un pueblo que no se desarrolla termina por sucumbir tarde o temprano, y no era posible congelar la imagen eternamente. Los apartamentos hacían mucha falta y no cabía catalogar como históricos todos los edificios de Fjällbacka sin que ello interfiriese en la vida de la comarca. El turismo estaba muy bien, claro, pero la vida seguía después del verano, se decía Harald mientras caminaba despacio hacia la iglesia.
Había adquirido la costumbre de detenerse siempre a mirar la torre, doblando el cuello tanto como podía, antes de cruzar el pesado portón. Cuando hacía viento, como era el caso, siempre le daba la impresión de que la torre se balanceaba y el imponente espectáculo de miles de toneladas de granito a punto de caer sobre su cabeza le inspiraba un hondo respeto por los hombres que construyeron el grandioso templo. A veces deseaba haber vivido en aquella época y quizá incluso haber sido uno de los picapedreros de Bohuslán; aquellos que, de forma anónima, construyeron con sus manos cuanto podía construirse en piedra, desde un simple camino hasta la estatua más formidable. Pero él era hombre lo bastante leído como para saber que aquello no era más que un sueño romántico. No creía que la vida de esos hombres hubiese sido nada fácil y, a decir verdad, apreciaba demasiado las comodidades de su tiempo como para creer que hubiese podido ser feliz sin ellas.
Tras concederse unos minutos de ensoñación, abrió la pesada puerta. Con cierto remordimiento, reparó en que, al entrar, cruzaba los dedos deseando que Arne no estuviese allí. En realidad, no era un mal hombre y hacía un trabajo bastante bueno, pero Harald no podía por menos de admitir que las viejas reliquias de la beatería, de las que Arne era un feroz representante, no resultaban de su agrado. Era como si se regodease con las desgracias y sólo buscara la parte negativa de todas las cosas. En ocasiones, cuando Arne estaba a su lado, Harald sentía que, literalmente, le quitaba las ganas de vivir. Tampoco le tenía demasiado aprecio por su eterna protesta sobre las mujeres sacerdotes. Si a Harald le hubiesen dado un céntimo cada vez que Arne se lamentaba de su antecesora, a estas alturas sería rico. Él, por su parte, no veía nada espantoso en el hecho de que fuese una mujer, y no un hombre, quien proclamase la palabra de Dios. Cuando Arne se ponía más locuaz de la cuenta, Harald tenía que reprimir su deseo de decirle que la palabra de Dios no se predicaba con el pene…, pero siempre lograba contenerse. ¡Pobre Arne!, se caería muerto en el acto si oyese a un pastor hablar de ese modo.