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Entre ellos estaba el Capitán Curi, que había venido por la playa desde Charmouth. Cuando por fin los Day consiguieron extraer el cráneo en tres partes -dos del morro y el ojo, y una con lo que había en la cabeza detrás de la cuenca ocular-y lo colocaron sobre unas angarillas hechas con una tela extendida entre dos palos, el Capitán Curi se acercó con los demás a examinar el monstruo. Se fijó sobre todo en el revoltijo de vertis que había en la parte posterior del cráneo. Su presencia hacía pensar en la existencia de un cuerpo que debía de haberse quedado en el acantilado. Estaba demasiado oscuro para escudriñar el agujero que había dejado el cráneo en el acantilado. Tendríamos que volver a buscar el cuerpo cuando hubiera luz.

Me molestaba que el Capitán Curi fuera tan fisgón, pero no me atrevía a mostrarme maleducada con él de nuevo, pues me daba miedo.

– No me gusta que ese hombre esté aquí -susurré a la señorita Elizabeth-. No me fío de él. ¿Por qué no pide a los Day que lleven el cráneo a casa, señorita?

Billy y Davy se habían sentado en una roca y se iban pasando de uno a otro una jarra y una hogaza de pan. No parecían dispuestos a moverse, a pesar de que estaba anocheciendo y de que la escarcha comenzaba a cubrir las rocas y la arena.

– Se merecen un descanso -afirmó la señorita Elizabeth-. La marea les obligará a ponerse en movimiento dentro de poco.

Finalmente los hermanos se limpiaron la boca y se levantaron. Una vez que hubieron cogido las angarillas, el Capitán Curi desapareció en la penumbra en dirección a Charmouth. Nosotros echamos a andar en dirección opuesta, de vuelta a Lyme, siguiendo a los Day como si llevaran un ataúd a la tumba. De hecho tomamos el camino que atravesaba el cementerio de Saint Michael y continuamos por Butter Market hasta Cockmoile Square. A lo largo del trayecto la gente se detenía a mirar los trozos de piedra de las angarillas y se oía murmurar la palabra «cocodrilo» por la calle.

Al día siguiente volví corriendo a Church Cliffs en cuanto me lo permitió la marea, pero el Capitán Curi había llegado antes. Estaba dispuesto a caminar por el agua y helarse los pies para ser el primero. No podía enfrentarme a él porque estaba sola; Joseph había sido contratado para trabajar una jornada en el molino de Lyme, uno de cuyos empleados había caído enfermo, y no podía renunciar a la oportunidad de ganar el pan de un día para la familia. Me escondí y observé cómo el Capitán Curi hurgaba en el gran agujero que había dejado el cráneo en el acantilado. Lo maldije y albergué la esperanza de que cayera una roca y le diera en la cabeza.

Entonces se me ocurrió una idea muy perversa, y me avergüenza decir que la llevé a cabo. Nunca he contado a nadie lo mal que me porté aquel día. Corrí por la playa y subí sigilosamente por el camino de Church Cliffs hasta el punto situado justo encima del agujero del cocodrilo.

– Maldito seas, Capitán Curi -susurré, y empujé por el borde una roca suelta del tamaño de mi puño.

Tendida en el suelo para asegurarme de que no me veía, lo oí gritar y sonreí. No quería hacerle daño, pero sí asustarlo.

Supuse que el anciano no se acercaría al acantilado y que se quedaría mirando para ver si caía algo más. Elegí una roca de mayor tamaño y la arrojé junto con un puñado de tierra y guijarros para que pareciera un pequeño desprendimiento. Esta vez no oí nada, pero permanecí tumbada. Estaba segura de que si el Capitán Curi se enteraba de lo que estaba haciendo, me castigaría.

De pronto caí en la cuenta de que cabía la posibilidad de que subiera a mirar. Aunque era normal que cayeran rocas, el Capitán Curi era desconfiado por naturaleza. Me aparté reptando del acantilado y bajé por el camino a toda prisa. Me oculté justo a tiempo detrás de unas matas de hierba alta cuando él pasaba con cara de furia. De algún modo había adivinado que las piedras no habían caído de forma natural. Permanecí escondida hasta que desapareció y a continuación bajé a la playa por el camino y corrí a lo largo del acantilado hasta el agujero del cocodrilo. Con suerte podría echar un vistazo antes de que el anciano volviera para comprobar si era necesario que los hermanos Day excavaran de nuevo.

A la luz del día resultaba fácil ver dentro del agujero que habían hecho Billy y Davy. El cráneo había salido torcido y el cuerpo, dependiendo de lo largo que fuera, podía extenderse varios metros dentro de la piedra. Con una cabeza de un metro veinte de largo, podía medir perfectamente entre tres y cinco metros. Me metí a gatas en la cavidad y palpé la zona donde recordaba que terminaban las vertis del cráneo. Toqué una hilera de piedras redondeadas y empecé a escarbar para arrancarles la tierra y el barro.

En ese momento el Capitán Curi se acercó corriendo por detrás hecho una furia.

– ¡Tú! No me sorprende encontrarte aquí, pequeña bruja.

Lancé un grito y, tras saltar del agujero al suelo, me pegué al acantilado, aterrada de verme a solas con él.

– Apártese de mí… ¡Es mí coco! -exclamé.

El Capitán Curi me agarró el brazo y me lo retorció a la espalda. Era fuerte para su edad.

– ¿Conque intentando matarme, muchacha? ¡Te voy a dar una buena lección! -Tendió la mano hacia atrás para coger la pala.

Nunca llegué a saber qué lección me habría dado pues en ese instante el acantilado acudió en mi ayuda. Durante los años transcurridos desde entonces lo he visto a menudo como mi enemigo. Sin embargo, ese día el acantilado lanzó una lluvia de rocas, algunas del tamaño de las que yo había hecho rodar, acompañadas de un deslizamiento de guijarros. El Capitán Curi, que tenía la intención de hacerme daño, se convirtió de repente en mi salvador al apartarme del acantilado de un tirón justo antes de que una roca se desplomara donde yo había estado.

– ¡Deprisa! -gritó, y cogidos de la mano corrimos hacia el agua dando traspiés hasta situarnos a una distancia prudencial.

Cuando miramos hacia atrás, vimos que toda la parte superior del acantilado donde yo había estado poco antes se había desmoronado; había dejado de ser tierra sólida para convertirse en un río de piedras. El rugido de las rocas era como el trueno que había oído siendo un bebé, pero duró más y recorrió mi ser como las tinieblas, no como el zumbido intenso del rayo. Las rocas y los guijarros siguieron cayendo al pie del acantilado durante al menos un minuto. El Capitán Curi y yo permanecimos inmóviles, mirando y esperando.

Cuando por fin el acantilado dejó de moverse y se quedó en silencio, rompí a llorar. No solo porque había estado a punto de morir, sino también porque el desprendimiento de piedras tapaba por completo el agujero donde se hallaba el cuerpo del cocodrilo. Necesitaríamos excavar durante años para llegar hasta él. El Capitán Curi sacó del bolsillo una petaca de peltre, desenroscó el tapón, bebió un trago y me la ofreció. Me enjugué con la manga los ojos y la nariz y bebí. Nunca había probado el alcohol. Me abrasó la garganta y me hizo toser, pero dejé de llorar.

– Gracias, Capitán Curi -dije al devolverle la petaca.

– Los martillazos de ayer debieron de resquebrajar el acantilado y hacer que se desmoronara. Antes cayeron unas piedras, pero yo pensaba… -El Capitán Curi no terminó la frase-. Tendrás que trabajar lo indecible para sacar lo que haya ahí. -Señaló con la cabeza el desprendimiento de rocas-. Mi pala también está ahí dentro. Tendré que comprarme otra.

Era casi cómica la rapidez con que el trabajo duro lo disuadía de buscar algo. Ahora volvía a ser mí cocodrilo… enterrado bajo un montón de escombros.