– Creo que no entiendo su pregunta, señorita Philpot -dijo volviendo la cabeza.
Abrí el bolso y eché en la palma de mi mano unos trozos de fósiles que llevaba por casualidad. La mayoría de mis bolsillos y bolsos contenían fósiles. El reverendo Jones torció la boca en un gesto de repugnancia al mirarlos: amonites, bastones de belemnites, un trozo de madera fosilizada, un fragmento del tallo de un crinoideo. Reaccionó como si mis zapatos hubieran dejado un rastro de excrementos de caballo en la iglesia.
– ¿Por qué lleva eso encima?
Haciendo caso omiso de su pregunta, le mostré un amonites.
– Me gustaría saber dónde están las versiones vivas de estas criaturas, reverendo Jones, porque no he visto ninguna.
Mientras contemplábamos el fósil, sentí por un momento que su espiral me absorbía y me hacía retroceder cada vez más lejos en el tiempo hasta que el pasado se perdía en su centro.
La reacción del reverendo Jones al observar el amonites fue más prosaica.
– Tal vez no las ha visto porque viven en el mar y las olas no arrastran sus cuerpos a la orilla hasta que mueren.
Dio media vuelta, cerró la puerta y echó la llave girándola con destreza, un gesto con el que parecía disfrutar.
Me coloqué delante de él para evitar que se fuera corriendo a comer. De hecho, no podía moverse, pues lo había acorralado en un rincón. Ante la imposibilidad de escapar de mí y mis incómodas preguntas se mostró aún más inquieto que cuando le había enseñado el amonites. Movió la cabeza a un lado y a otro.
– Fanny, ¿has acabado ya? -gritó. No obtuvo respuesta. La muchacha debía de haber salido a tirar la basura que había recogido.
– ¿Se ha enterado de que los Anning han encontrado en los acantilados una cabeza de cocodrilo y la tienen expuesta en los salones de celebraciones? -pregunté.
El reverendo Jones se obligó a mirarme a la cara. Tenía los ojos entornados como si oteara el horizonte aun cuando no apartaba la vista de los míos.
– Sí, lo sé.
– ¿La ha visto?
– No tengo el menor deseo de verla.
No me sorprendió. El reverendo Jones no mostraba curiosidad por nada que no fuera lo que le esperaba en el plato.
– El espécimen no se parece a ningún animal que viva hoy día -señalé.
– Señorita Philpot…
– Alguien, un miembro de esta parroquia, de hecho, ha insinuado que es un animal que Dios rechazó en favor de un modelo mejor.
El reverendo Jones se quedó horrorizado.
– ¿Quién ha dicho eso?
– Eso no importa. El caso es que me preguntaba si hay algo de verdad en esa teoría.
El reverendo Jones se bajó las mangas de la chaqueta y frunció los labios.
– Señorita Philpot, me sorprende. Creía que usted y sus hermanas estaban versadas en la Biblia.
– Así es…
– Deje que se lo explique: solo tiene que leer las Escrituras para hallar respuesta a sus preguntas. Venga. -Me condujo al pulpito, donde descansaba la Biblia que había leído.
Cuando empezó a hojearla, la chica se acercó.
– Reverendo Jones, ya he acabado de barrer.
– Gracias, Fanny. -El reverendo Jones se la quedó mirando un momento y acto seguido agregó-: Hay algo más que me gustaría que hicieras, muchacha. Acércate a la Biblia. Quiero que leas algo en voz alta a la señorita Philpot. Te daré otro penique. -Se volvió hacía mí-. Fanny Miller y su familia se unieron a la iglesia de Saint Michael hace unos años después de haber sido congregacionalistas, ya que les inquietaba sobremanera la afición de los Anning por los fósiles. La Iglesia de Inglaterra es más clara en su interpretación bíblica que algunas iglesias disidentes. Habéis hallado mucho consuelo aquí, ¿verdad, Fanny?
Fanny asintió con la cabeza. Tenía los ojos grandes y de un azul cristalino, coronados por unas cejas suaves y oscuras, que contrastaban con su cabello rubio. Nunca destacaría por los ojos, aunque eran su mejor rasgo, sino por su frente, arrugada por el temor mientras miraba la Biblia.
– No tengas miedo, Fanny -añadió el reverendo Jones para tranquilizarla-. Lees muy bien. Te he oído en la escuela dominical. Empieza aquí. -Señaló un pasaje con el dedo.
Ella leyó en un susurro titubeante:
Entonces dijo Dios: «Produzcan las aguas seres vivientes y aves que vuelen sobre la tierra y bajo el firmamento». Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todos los seres que viven en el agua y todas las aves. Vio Dios que era bueno y los bendijo diciendo: «Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas del mar, y multiplíquense asimismo las aves en la tierra». Y atardeció y amaneció el día quinto.
– Excelente, Fanny, ya puedes parar.
Pensé que el reverendo había acabado de rebajarme después de hacer que una niña ignorante leyera un fragmento del Génesis, pero él mismo continuó:
– «Entonces dijo Dios: "Produzca la tierra seres vivientes de diferentes especies, bestias, reptiles y animales salvajes de diferentes especies ". Y así fue».
Dejé de escuchar tras unas cuantas frases. De todas formas, las conocía y no soportaba su voz de oboe, que carecía de la gravedad que cabía esperar de un hombre de su posición. A decir verdad, prefería el recitado indocto de Fanny. Mientras él leía posé la mirada en la página. A la izquierda de las palabras bíblicas había anotaciones en rojo de los cálculos cronológicos de la Biblia realizados por el obispo Ussher. Según él, Dios creó el cielo y la tierra la noche anterior al 23 de octubre de 4004 a.C. Siempre me ha asombrado su precisión.
– «…Y atardeció y amaneció el día sexto.»Cuando el reverendo Jones terminó, permanecimos en silencio.
– ¿Lo ve, señorita Philpot? Es así de simple -afirmó. Parecía mucho más seguro ahora que tenía la Biblia -. Todo lo que ve alrededor es tal y como Dios lo dispuso al principio. No creó bestias y luego se deshizo de ellas. Eso parecería indicar que Dios cometió un error, y naturalmente Dios es omnisciente e incapaz de equivocarse, ¿verdad?
– Supongo -asentí.
El reverendo Jones torció la boca.
– ¿Lo supone?
– Desde luego, quería decir -me apresuré a corregirme-. Lo siento; es solo que estoy confundida. Dice usted que todo cuanto vemos alrededor es exactamente como Dios lo creó. Que las montañas y los mares y las rocas y las colinas…, el paisaje es tal y como era al principio.
– Por supuesto. -El reverendo Jones echó un vistazo a su iglesia, ordenada y silenciosa-. Ya hemos acabado por hoy, ¿verdad, Fanny?
– Sí, reverendo Jones.
Pero yo no había acabado.
– Entonces cada roca que vemos es como Dios la creó al principio -insistí-. Y las rocas se crearon antes que los animales, como dice el Génesis.
– Sí, sí.
El reverendo Jones comenzaba a impacientarse; su boca mascaba una paja imaginaria.
– Si es así, ¿cómo se metieron los esqueletos de los animales en las rocas y se transformaron en fósiles? Si Dios creó las rocas antes que los animales, ¿por qué hay cuerpos en las rocas?
El reverendo Jones me miró de hito en hito, con la boca finalmente inmóvil en una línea recta y tensa. La frente de Fanny Miller era un campo de surcos. Un banco crujió en el silencio.
– Dios colocó los fósiles en las rocas cuando las creó para poner a prueba nuestra fe -respondió por fin el reverendo-. Como a todas luces está poniendo a prueba la suya, señorita Philpot.
Es mi fe en usted la que está siendo puesta a prueba, pensé.
– Y ahora tengo que irme. Llego muy tarde a comer -prosiguió el reverendo Jones.
Cogió la Biblia, un gesto que parecía dar a entender que yo podía robarla. «No me haga preguntas difíciles», podría haber dicho.