Mary nunca hablaba de la media hora que permaneció sepultada antes de que yo la encontrara, pero la experiencia la cambió, A menudo veía en sus ojos una expresión distante, como si estuviera escuchando a alguien que la llamaba desde lo alto de Black Ven, o a una gaviota que gritaba en el mar. La muerte se había posado a su lado en la playa, se había llevado al Capitán Curi mientras a ella la perdonaba, y le había recordado su presencia y los límites de la muchacha. En algún momento de la vida todos empezamos a pensar que un día habremos de morir, pero normalmente cuando somos más mayores de lo que Mary era entonces.
Por otro lado, el contacto de Mary con la muerte se produjo en una época en que estaba madurando. Un día ayudé a Molly Anning a quitarle las vendas que le sujetaban los huesos rotos y descubrí que bajo el vestido poco favorecedor tenía una figura femenina, con una cintura, unos pechos y unas caderas bien proporcionados. Tal vez tenía los hombros un poco caídos debido a su fascinación por la tierra, los nudillos en carne viva y los dedos ásperos y agrietados. No poseía la elegancia de Margaret a su edad, pero era una joven lozana que podía atraer a los hombres.
Ella también había empezado a notarlo. Se cuidaba más de lavarse la cara y las manos, y pidió a Margaret un poco del ungüento que había preparado para evitar que se me secaran las manos por el contacto con el lodo de la caliza liásica. Elaborado con cera de abejas, trementina, lavanda y milenrama, se aplicaba en las heridas y la piel agrietada, pero Mary se lo ponía en las manos, los codos y las mejillas, y empecé a asociarla con aquella fragancia, una curiosa combinación de lo medicinal y lo floral.
Mary siempre tendría el cabello de un castaño mate y siempre lo llevaría alborotado por el viento, en lugar de lucir los tirabuzones que estaban de moda. Pero al menos se peinaba el flequillo a diario y se recogía el resto en un moño que cubría con una cofia y un sombrero. No estoy segura de que le sirvieran de mucho los esfuerzos por mejorar su aspecto, pues su reputación se había visto muy dañada después de haber pasado tanto tiempo con el señor Buckland, pese a la compañía de la desdichada Fanny. En otras circunstancias el accidente del desprendimiento de tierras tal vez hubiera despertado cierta compasión por Mary, pero las heridas de Fanny provocaron mucha indignación entre la clase trabajadora, que comenzó a considerar que Mary era la mala. Si esta intentaba suavizar sus codos y domar su cabello, no podía ser para cazar a algún hombre de Lyme que le gustara. Había transgredido demasiado abiertamente las normas que dictaban cómo debía comportarse una chica de su posición. Ahora que su conducta había tenido consecuencias tangibles, como era la cojera de Fanny, las impresiones vagas se endurecieron hasta convertirse en opiniones severas.
Mary prestaba poca atención a lo que los demás decían de ella, un rasgo que yo admiraba y que me desesperaba al mismo tiempo. Quizá envidiaba un poco que manifestara su desprecio por el funcionamiento de la sociedad con una libertad que una mujer de mi clase no podía permitirse. Incluso en un lugar de mentalidad independiente como Lyme, me daba perfecta cuenta de los juicios que se formaban sobre aquellos que se salían demasiado de lo establecido.
Tal vez a Mary no le interesaba la clase de vida que Lyme había decidido para ella. Había pasado mucho tiempo con personas de condición superior…, sobre todo conmigo, pero también con William Buckland y varios caballeros que acudían a Lyme tras oír hablar o ver las criaturas que Mary había encontrado. Eso se le había subido a la cabeza y había alimentado en ella la esperanza de que podría ascender en el mundo. No creo que pensara seriamente en ninguno de esos hombres como posible pretendiente: la mayoría de los caballeros la veían como poco más que una criada entendida. William Buckland apreciaba su talento más que los demás, pero estaba demasiado absorto en sus cavilaciones para fijarse en ella como mujer. Un hombre como él debía de ser de lo más frustrante, algo que yo no tardaría en descubrir.
Y es que el interés de Mary por los hombres despertó el mío, que creía muerto pero que, como descubrí, solo estaba aletargado, un rosal que únicamente necesitaba unos pocos cuidados para florecer. En cierta ocasión invité a William Buckland a cenar en Morley Cottage para enseñarle mí colección de especímenes. Aceptó con un entusiasmo cuyo motivo sospeché que eran mis fósiles, pero me permití pensar que también iba dirigido a mí. La idea de que él y yo nos casáramos no era tan disparatada. De acuerdo, yo le llevaba varios años y era demasiado mayor para tener muchos hijos, pero no era imposible. Molly Anning había dado a luz a su último hijo a los cuarenta y seis años. William Buckland y yo éramos de una posición social similar y nuestros intereses intelectuales eran parecidos. Por supuesto, yo no era tan culta como él, pero leía muchísimo. Sabía lo bastante de geología y fósiles para ser una esposa que lo apoyara en su profesión.
Margaret, que enseguida veía las posibilidades románticas incluso de una vieja solterona, alentó tales pensamientos hablando sin cesar de los vivaces ojos del señor Buckland y preguntándome una y otra vez qué vestido pensaba ponerme para la cena. Lo que había empezado como un interés cordial alcanzó tal grado de discreta agitación que cuando llegó el día estaba hecha un manojo de nervios.
Lo esperamos durante dos horas, oyendo a Bessy carraspear y armar ruido con las cazuelas en la cocina, antes de darnos por vencidas y sentarnos ante una cena ya pasada que me obligué a comer. Como mínimo se lo debía a Bessy por el esfuerzo especial que había hecho. La criada amenazaba con dejarnos una vez más, y sin duda se habría marchado si yo me hubiera negado a comer. Tampoco mostré mi desilusión ante mis hermanas, aunque tragaba cada bocado como si fuera plomo.
Al día siguiente no busqué a William Buckland, pero me lo encontré en la playa, por una vez sin Mary. Me saludó afectuosamente, y cuando le dije que me había llevado una decepción al no verlo el día anterior se quedó sorprendido.
– ¿Tenía que cenar con usted, señorita Philpot? ¿Está segura? Porque, verá, ayer me enteré de que un hombre había encontrado una larga serie de vértebras en Seatown y tuve que ir a verlas. Y me alegro de haber ido, porque todas están bien conservadas, aunque son muy distintas de las vértebras de la criatura de Mary. Me pregunto si serán de otro animal.
Impenitente en su desatino social, tampoco advirtió que estaba molesta. Para él, era de lo más normal anteponer la contemplación de unas vértebras poco comunes a una cena con unas damas.
Me limité a decir «Buenos días, señor» y me marché. Fue entonces cuando entendí que solo una mujer lo bastante bella para distraerlo o lo bastante paciente para aguantarlo lograría casarse con William Buckland.
Pensé que eso supondría el fin de mi nuevo interés por los hombres. Jamás habría imaginado que aparecería el coronel Birch.
El verano que el coronel Birch llegó a Lyme, Mary se encontraba en un estado extraño, atraída por esto y aquello. Por un lado, la criatura que ella y Joseph habían descubierto se había hecho muy famosa. Charles Konig compró el espécimen original al museo de Bullock y lo expuso en el Museo Británico. Lo llamó ictiosaurio, que significa «pez lagarto», ya que anatómicamente está a medio camino entre ambos.