Konig y otros especialistas lo estudiaron y publicaron artículos en los que conjeturaban que el ictiosaurio era un reptil marino, pues respiraba en el aire como un mamífero pero nadaba como un pez. Leí esos escritos, que me prestó William Buckland, con gran interés y reparé en que en ninguno se abordaban cuestiones espinosas como la extinción o la intervención de Dios en la desaparición del animal. De hecho, no planteaban ningún asunto religioso. Tal vez imitaban a Cuvier, que nunca mencionaba los designios divinos en sus textos. Para mí fue un alivio aceptar al ictiosaurio como lo que era: un antiguo reptil marino con su propio nombre.
A Mary le costó más, y a menudo lo llamaba cocodrilo, como casi todos los vecinos de Lyme, aunque al final se decidió por icti. Para la muchacha, el nuevo nombre científico alejaba a su criatura de ella en mayor medida que la distancia física. Los eruditos hablaban del animal en reuniones y escribían sobre él, y Mary quedaba excluida de su actividad. Contaban con ella para encontrar especímenes, pero no para participar en su estudio. Además, la búsqueda estaba resultando difíciclass="underline" no hallaba un ictiosaurio completo desde hacía más de un año, aunque exploraba a fondo Church Cliffs y Black Ven a diario.
Un día propuse que fuéramos a buscar ofiuras y crinoideos a la playa cerca de Seatown, a varios kilómetros al este de Charmouth. Rara vez íbamos tan lejos, pero pensé que a Mary le vendría bien cambiar de lugar y propuse Seatown para que por una vez dejara de recorrer de arriba abajo la misma playa en busca de un monstruo esquivo. Elegimos un día soleado en que las mareas eran propicias para empezar temprano. Mary dejó atrás Church Cliffs y Black Ven de muy buena gana, pero cuando llegamos a Gabriel's Ledge, un poco más allá de Charmouth, empezó a volverse para mirar hacia atrás una y otra vez, como si los acantilados la llamaran.
– He visto un destello allí detrás -insistía-. ¿No lo ha visto?
Yo negaba con la cabeza sin detenerme, confiando en que me siguiera.
– Ahí está otra vez -exclamó Mary-. Mire, señorita Philpot. ¿Cree que viene a por nosotras?
Un hombre caminaba a zancadas por la playa. Aunque había más personas aprovechando el tiempo templado y la espléndida luz matutina, él las sorteaba como si supiera exactamente cuál era su objetivo, y éramos nosotras. Era alto y andaba muy tieso, con unas botas altas y una larga chaqueta roja de soldado. Los botones de latón del uniforme destellaban con el sol. No suelo inmutarme al ver a un hombre, pero el hecho de que aquel estuviera claramente decidido a alcanzarnos me provocó una emoción que recordaré durante mucho tiempo.
Sonrió al acercarse. Era un hombre imponente de unos cincuenta años, con el porte erguido de los militares que tan agradable resulta en un varón. Tenía el rostro curtido y los ojos entrecerrados para protegerlos del sol y el viento, a pesar de lo cual resultaba atractivo. Cuando se quitó su sombrero ladeado y se inclinó, vi la raya de su tupida cabellera morena, salpicada de canas.
– Damas -anunció-, llevo toda la mañana buscándolas. Me alegro de haberlas encontrado por fin.
Volvió a ponerse el sombrero, cuyas plumas blancas se agitaron. Tenía una cabellera tan espesa y ondulada que el sombrero corría el peligro de caérsele de la cabeza.
Nunca he confiado en un hombre que destaca por su cabello. Es propio de hombres vanidosos y presumidos.
– Soy el coronel Birch, antiguo miembro del Primer Regimiento de Caballería. -Hizo una pausa para mirarnos a una y a otra, y por último centró su atención en Mary-. Y tú debes de ser la extraordinaria Mary Anning, que ha encontrado varios especímenes de ictiosaurio.
Mary asintió con la cabeza, incapaz de dejar de mirarlo.
Naturalmente, cualquiera que hubiera oído hablar de Mary sabía que era joven y de baja extracción social, de modo que era imposible confundirme con ella, con los veinte años que le llevaba grabados en la cara, con mi ropa y mi porte más refinados. Aun así, sentí que se me clavaba el puntiagudo dardo de los celos porque un hombre atractivo no había recorrido la playa por mí.
Por ese motivo me mostré más quisquillosa de lo que pretendía.
– Supongo que querrá que busque uno para usted, como quien encarga a un tratante de grabados que le consiga un cuadro para colgarlo en una pared.
Mary me lanzó una mirada furiosa, pues semejante grosería era impropia de mí, pero el coronel Birch se echó a reír.
– Pues da la casualidad de que, en efecto, deseo que Mary me ayude a encontrar un ictiosaurio, si está dispuesta.
– ¡Por supuesto, señor!
– Tendrá que pedir permiso a su madre y su hermano -apunté-. Lo contrario sería del todo inapropiado. -No podía reprimir los comentarios mordaces.
– Oh, no se preocupe. Dirán que sí -intervino Mary.
– Por supuesto, hablaré con tu familia -afirmó el coronel Birch-. No tienes nada que temer de mí, Mary…, ni usted, señorita…
– Philpot.
Como es lógico, había dado por sentado que era una solterona. ¿Acaso una dama casada estaría en la playa, lejos de casa, buscando fósiles? Me agaché a coger algo que vi en la arena. Solo era un pedazo de beef con la misma forma que un hueso de las aletas de un ictiosaurio, pero le presté más atención de la que merecía para no mirar al coronel Birch.
– Vayamos a preguntar a mamá -propuso Mary.
– Mary, íbamos camino de Seatown, ¿recuerdas? -dije, para refrescarle la memoria-. A buscar ofiuras y lirios de mar. Si vuelves a Lyme, desperdiciaremos el día.
El coronel Birch metió baza.
– Si me lo permiten, las acompañaré a Seatown. Si no me equivoco, está bastante lejos para que vayan solas.
– A once kilómetros -solté-. Somos perfectamente capaces de recorrer esa distancia. Lo hacemos todos los días. Volveremos en coche.
– Las acompañaré al coche -declaró el coronel Birch-. No me gustaría tener remordimientos de conciencia por dejar solas a dos damas indefensas.
– No necesitamos…
– ¡Gracias, coronel Birch! -me interrumpió Mary.
– ¿Lirios de mar, ha dicho? -preguntó el coronel Birch-. Yo tengo unos bonitos especímenes de pentacrinites. Se los enseñaré algún día, si lo desean. Están en mi hotel, en Charmouth.
Fruncí el entrecejo por lo inapropiado de su invitación. Mary, en cambio, había perdido el juicio.
– Me gustaría verlos -afirmó-. Yo tengo otros crinoideos en casa. Puede venir a verlos cuando quiera, señor. Crinoideos y amos y trozos de coco… ictiosaurio, y toda clase de fósiles.
La muchacha ya estaba enamorada de él. Meneé la cabeza y me alejé por la playa con paso airado, un tanto inclinada como si buscara ejemplares, aunque caminaba demasiado deprisa para encontrar nada. Un instante después ellos me siguieron.
– ¿Qué es una ofiura? -preguntó el coronel Birch-. Nunca he oído hablar de algo semejante.
– Tiene forma de estrella, señor -explicó Mary-. En el centro se dibuja el contorno de una flor de cinco pétalos, y de cada pétalo sale un brazo largo y ondulado. Cuesta mucho encontrar una con los cinco brazos intactos. Un coleccionista me ha pedido una que no esté rota. Por eso hemos venido tan lejos. Normalmente nos quedamos entre Lyme y Charmouth, en los alrededores de Black Ven y los salientes que hay cerca del pueblo.
– ¿Es allí donde encontraste el ictiosaurio?
– Uno allí y otro en Monmouth Beach, al oeste de Lyme. Pero es posible que haya otros aquí. No he buscado en esta zona. ¿Ha visto algún ictiosaurio, señor?
– No, pero he leído sobre ellos y he visto dibujos.
Resoplé.
– He venido aquí a pasar el verano para ampliar mi colección, Mary, y espero que puedas ayudarme… ¡Mira!
El coronel Birch se detuvo. Me volví a mirar. Se agachó y cogió un pedazo de crinoideo.
– Muy bien, señor -dijo Mary-. Iba a echarle un vistazo, pero usted se me ha adelantado.