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– Estoy seguro de que Dios tiene mejores cosas que hacer que velar por todos los seres vivos de la tierra -afirmó una vez que volvíamos a Lyme por el camino del acantilado, después de que la marea nos hubiera dejado aislados-. Ha hecho un trabajo asombroso creando lo que ha creado; sin duda ahora no necesita seguir el progreso de cada uno de los gusanos y tiburones. Lo que le interesa somos nosotros, y lo ha demostrado creándonos a Su imagen y semejanza y mandándonos a Su hijo.

El coronel Birch hacía que pareciera tan evidente y sensato que deseé que el reverendo Jones pudiera oírlo.

Era, pues, un hombre que reflexionaba sobre los fósiles y hablaba de ellos, que nos animaba a nosotras, mujeres, a buscarlos y al que le traía sin cuidado que yo destrozara regularmente mis guantes. Mi ira hacia él no se debía tanto a la irritación por su incapacidad para buscar fósiles en lugar de coleccionarlos, como a la indignación que me producía el hecho de que ni por un momento me considerara -a mí, que era de una edad más próxima a la suya y de su misma clase social-una dama a la que podía cortejar.

Pensara lo que pensase de él, no me correspondía a mí decidir qué hacía o dejaba de hacer Mary con el coronel Birch. Era Molly Anning la que debía intervenir. A lo largo de los años Molly y yo habíamos llegado a entendernos, de modo que ella se mostraba menos desconfiada y yo menos intimidada. Aunque la mujer apenas había ido a la escuela y no veía nada poético ni filosófico en nuestros descubrimientos, aceptaba la importancia que tenían para mí y los demás. Puede que midiera esa importancia por las monedas que permitían dar de comer a su familia, vestiría y cobijarla, pero no ridiculizaba su valor. Los fósiles se habían convertido en una mercancía, tan importante como los botones, las zanahorias, los barriles o los clavos. Si le parecía raro que yo no vendiera los especímenes que encontraba, no lo mostraba. Al fin y al cabo, en su opinión yo no tenía ninguna necesidad. Louise, Margaret y yo no podíamos permitirnos despilfarres, pero no nos preocupaban el alguacil ni el asilo para pobres. Los Anning, en cambio, vivían al borde de la inanición, y eso agudiza el ingenio. Molly Anning se convirtió en una vendedora bastante astuta, capaz de sacar unos chelines de más de aquí y allá.

Envidiaba mis ingresos y mi posición en la sociedad -la sociedad que había en Lyme-, pero también me compadecía, pues no había conocido varón ni sentido la seguridad del matrimonio ni el amor de un bebé en mis brazos. Eso contribuía a contrarrestar la envidia y le permitía ser neutral y razonablemente tolerante conmigo. Por lo que a mí respecta, admiraba su cabeza para los negocios y su capacidad para superar las dificultades. Casi nunca se quejaba, aunque tenía todo el derecho, habida cuenta de la dura vida que llevaba.

Por desgracia Molly Anning se dejó arrastrar por el encanto del coronel Birch casi tanto como su hija. Yo siempre había pensado que sabía juzgar el carácter de la gente, y habría dicho que se percataría de que Birch era un intrigante codicioso. Tal vez, al igual que Mary, consideraba que el hombre representaba la primera oportunidad real -y posiblemente la única-de que su hija abandonara la dura vida de su clase para ascender a un mundo mejor y más próspero.

No creo que el coronel Birch pretendiera cortejar a Mary en un principio. Lo que lo llevó a Lyme fue, como a otros muchos, la fiebre por encontrar tesoros en la playa, donde había huesos antiguos con vestigios de mundos pasados tan valiosos como la plata. Cuesta dejar de buscarlos una vez contagiado. No obstante, al coronel Birch se le presentó además la oportunidad excepcional de pasar días enteros con una mujer sin acompañante, y no pudo resistirse.

Sin embargo, primero tenía que ganarse a la madre. Lo consiguió coqueteando desvergonzadamente con ella, y tal vez por una vez en la vida Molly Anning perdió la cabeza. Oprimida por la pobreza y la pérdida, Molly había disfrutado de pocos momentos de felicidad durante los tres años transcurridos desde la muerte de Richard Anning, y vivía acosada por la preocupación por el dinero y el temor a que la mandaran al asilo para pobres. Ahora un atractivo soldado jubilado con un elegante uniforme le besaba la mano y elogiaba cómo gobernaba la casa y le pedía permiso para ir a la playa con su hija. Molly, que se había indignado tanto con William Buckland porque llevaba inocentemente a Mary a los acantilados, olvidó toda su cautela a cambio de un beso en la mano y un par de palabras amables. Tal vez simplemente estaba cansada de decir que no.

En la tienda donde Molly Anning vendía fósiles a los turistas empezaron a escasear incluso los especímenes básicos como amonites y belemnites, pues Mary ya no los cogía. Dejaba los nódulos para que otros los abrieran y hacía caso omiso de los coleccionistas que le pedían erizos de mar, Gryphaeas u ofiuras. Cuando veía buenos ejemplares se los daba al coronel Birch o lo animaba a cogerlos. Sin embargo, Molly no se quejaba a su hija. Yo les ayudaba en la medida de lo posible entregándoles lo que encontraba, pues ante todo me interesaban los peces fósiles y dejaba los otros especímenes a los demás. Pero los Anning comenzaban a quedarse sin recursos y estaban contrayendo deudas con el panadero y el carnicero y, dentro de poco, cuando llegara el frío, también con el carbonero. Aun así, Molly Anning no decía nada; tal vez contemplaba el tiempo que Mary pasaba con el coronel Birch como una inversión de futuro.

Traté de hablar con Mary del coronel Birch, ya que su madre no quería escuchar. Cuando la marea estaba alta no podían salir, y él se quedaba en el Three Cups o iba a los salones de celebraciones, a los que Mary, naturalmente, no podía entrar. La muchacha ayudaba entonces a su madre, limpiaba los especímenes del coronel Birch o simplemente deambulaba por Lyme pensando en las musarañas. Un día me encontré con ella cuando iba por Sherborne Lane, un pequeño callejón que llevaba del centro del pueblo a Silver Street. Lo tomaba cuando no me sentía lo bastante sociable para saludar a todo el mundo en Broad Street. Mary bajaba por el callejón con la vista fija en Golden Cap y una sonrisa en el rostro, que resplandecía con una llamativa alegría interior. Por un momento estuve tentada de creer que el coronel Birch la cortejaba en serio.

Al verla tan feliz mi corazón celoso se retorció, de modo que cuando me saludó no me contuve.

– Mary -dije bruscamente, sin recurrir a las frases triviales que aligeran ese tipo de conversación-, ¿te paga el coronel Birch por el tiempo que le dedicas?

Mary meneó la cabeza, como si intentara despertarse, y me miró a los ojos con suma atención.

– ¿A qué se refiere?

Pasé la cesta que llevaba de un brazo al otro.

– Ocupa todo tu tiempo. ¿Te paga por eso, o al menos por los fósiles que le buscas?

Mary entornó los ojos.

– Nunca me preguntó eso cuando acompañaba al señor Buckland, a Henry de la Beche o a los demás caballeros a los que he ayudado. ¿Acaso el coronel Birch es distinto?

– Sabes que sí. En primer lugar, los otros buscaban sus fósiles, o te pagaban por los que encontrabas. ¿Te paga el coronel Birch?

Los ojos de Mary dejaron entrever un atisbo de duda, que ocultó con una expresión de desprecio.

– Él busca sus propias curis. No tiene por qué pagarme.

– ¿Ah, no? Entonces, ¿qué ejemplares has encontrado para vender? -Como Mary no contestaba, añadí-: He visto la mesa de curis de tu madre, Mary. Hay pocas. Está vendiendo amonites rotos que antes habrías tirado al mar.

La euforia de la muchacha había desaparecido por completo. Si esa era mi intención, había tenido éxito.

– Estoy ayudando al coronel Birch -declaró-. Eso no tiene nada de malo.

– Debería pagarte. De lo contrario, te está utilizando en su provecho y os está dejando a ti y a tu familia más pobres.