– Estoy seguro de que hay mucho de lo que hablar -repuso el coronel Birch con una sonrisa de inquietud-, y me encantaría hacerles una visita a todas -añadió señalando con la cabeza a mis hermanas-, pero por desgracia dentro de poco tengo que viajar a Yorkshire.
– Entonces tendrá que ser ahora. ¿Le parece bien? -Indiqué con un gesto otro rincón de la sala, lejos de los demás.
– Oh, no creo que el coronel Birch… -comenzó a decir Margaret.
Pero la interrumpió Louise, que cogió del brazo a la señora Taylor y dijo:
– ¿Le gustan los jardines, señora Taylor? Si es así, tiene que ver el florilegio de la señora Delany; le encantará. Vamos a verlo las tres.
Louise tuvo que echar mano de toda su buena voluntad para arrastrar a la señora Taylor a través del salón hacia la salida. Margaret las siguió lanzándome miradas de advertencia. Tenía la cara todavía pálida, pero con dos manchas coloradas en las mejillas.
Una vez que se hubieron marchado, el coronel Birch y yo nos quedamos solos en la larga sala, cuyas ventanas arrojaban una luz gris de lluvia sobre nosotros. Su actitud ya no era de indiferencia, sino que parecía preocupado y un poco molesto.
– Bien, señorita Philpot.
– Bien, coronel Birch.
– ¿Recibió mi carta en la que le pedía un Dapedium para mi colección?
– ¿Su carta? -Me pilló desprevenida, pues no estaba pensando en esa misiva-. Sí, la recibí.
– ¿Y no me contestó?
Fruncí el entrecejo. El coronel Birch pretendía desviar la conversación del tema que yo quería tratar y convertirla en una crítica a mi comportamiento en lugar del suyo. Su táctica era sucia y me enfureció, de modo que mi respuesta fue directa como un puñal.
– No, no le contesté. No me merece usted ningún respeto y jamás le daría uno de mis peces fósiles. No sentí la necesidad de expresar esos sentimientos por escrito.
– Entiendo.
El coronel Birch enrojeció como si le hubieran propinado una bofetada. Creo que nadie le había dicho a la cara que no lo respetaba. De hecho, era una experiencia nueva para los dos: desagradable para él, espantosa y emocionante para mí. Con los años la vida en Lyme había vuelto más osados mis pensamientos y palabras, pero nunca me había mostrado tan temeraria y maleducada. Bajé la vista y me desabotoné y volví a abotonar los guantes para hacer algo con mis temblorosas manos. Eran nuevos, de una mercería del Soho. A finales de año también estarían destrozados por el lodo y el agua del mar de Lyme.
El coronel Birch posó la mano en la vitrina de cristal que tenía más cerca, como si necesitara serenarse. La vitrina contenía varios bivalvos que en otras circunstancias tal vez habría examinado; ahora los miró como si nunca hubiera visto uno.
– Desde que usted se marchó Mary no ha encontrado ni un solo espécimen de valor -dije-, y a la familia le quedan pocas existencias para vender, ya que la muchacha le entregó a usted todo lo que encontró el verano pasado.
El coronel Birch levantó la vista.
– Eso es injusto, señorita Philpot. Yo encontré mis especímenes.
– No los encontró, señor. No los encontró. -Alcé la mano para detenerlo cuando trató de interrumpirme-. Puede que crea que encontró todos aquellos fragmentos de quijada, costillas, dientes de tiburón y lirios de mar, pero fue Mary la que lo condujo hasta ellos. Ella los localizaba y luego lo llevaba a usted para que los viera. Usted no sabe buscar. Usted sabe recoger, coleccionar. Son cosas distintas.
– Yo…
– Lo he visto en la playa, señor, y eso es lo que usted hace. Usted no encontró el ictiosaurio. Mary lo descubrió y dejó caer el martillo al lado para que usted lo recogiera y viera el espécimen. Yo estaba delante. Es el ictiosaurio de Mary, y usted se lo ha arrebatado. Su conducta me produce vergüenza ajena.
El coronel Birch no intentó interrumpirme, sino que se quedó inmóvil, con la cabeza gacha, haciendo un mohín.
– Tal vez usted no se dio cuenta de lo que ella hacía -continué con más delicadeza-. Mary es un alma generosa. Siempre está dando, aunque no pueda permitírselo. ¿Le pagó alguno de los especímenes?
Por primera vez el coronel Birch parecía arrepentido.
– Insistió en que eran míos.
– ¿Le pagó su tiempo, como su madre le pidió en una carta hace unos meses? Tengo conocimiento de esa carta porque yo misma escribí su dirección. Me sorprende que me reprenda por no contestar a su carta, señor, cuando usted no respondió a una que trataba temas mucho más importantes que coleccionar peces fósiles.
El coronel Birch permaneció en silencio.
– ¿Sabe, coronel Birch, que este invierno me enteré de que los Anning estaban a punto de vender la mesa y las sillas de su casa para pagar el alquiler? ¡La mesa y las sillas! Habrían tenido que sentarse en el suelo para comer.
– No… no tenía ni idea de que sufrieran tales penalidades.
– Logré convencerlos de que no vendieran los muebles adelantándoles el dinero de los futuros peces fósiles que Mary encuentre para mí. Habría preferido dárselo; por lo general busco mis propios especímenes, nunca pago por ellos. Pero los Anning se negaron a aceptar limosnas de mí.
– No tengo dinero para pagarles.
Sus palabras fueron tan escuetas que no se me ocurrió qué decir. Nos quedamos callados. Dos mujeres entraron en la sala cogidas del brazo, nos vieron, se miraron y salieron de nuevo apresuradamente. Debieron de pensar que teníamos una riña de enamorados.
El coronel Birch deslizó la mano por el cristal de la vitrina.
– ¿Por qué me escribió, señorita Philpot?
Fruncí el entrecejo.
– No le escribí. Ya hemos dejado eso claro.
– Usted me escribió para hablarme de Mary. Era una carta anónima, pero la remitente se expresaba con fluidez y afirmaba conocer bien a Mary, de modo que supuse que debía de ser usted. La firmaba «Alguien que solo desea lo mejor para ambas partes», y me animaba a que me planteara… casarme con Mary.
Me lo quedé mirando; las palabras que había citado me recordaron algo que había dicho Margaret. Me acordé de sus mejillas encendidas al salir de la sala, de que había memorizado la dirección del coronel Birch que aparecía en la carta, y de sus conversaciones con Mary sobre el coronel Birch. Había tenido la osadía de escribirle en nombre de Mary. No bastaba con la carta de Molly sobre el dinero; Margaret quería que también se hablara de matrimonio. Maldije la intromisión de mi hermana y su afición a las novelas.
Suspiré.
– Yo no escribí esa carta, pero sé quién lo hizo. Dejemos de lado la idea del matrimonio. Naturalmente, es imposible. -Traté de expresarme con la mayor claridad, pues aquella era mi oportunidad de ayudar a Mary-. No obstante, debe comprender que ha robado a los Anning su sustento y la reputación de Mary. Por su culpa están vendiendo sus muebles.
El coronel Birch frunció el entrecejo.
– ¿Qué quiere que haga, señorita Philpot?
– Devuélvale lo que ella encontró; al menos el ictiosaurio, que les proporcionará dinero suficiente para pagar sus deudas. Es lo mínimo que puede hacer, por muy apurado que esté económicamente.
– Yo no… Tengo mucho cariño a Mary, ¿sabe? Pienso mucho en ella.
Resoplé.
– No sea ridículo. -Me resultaba intolerable su estupidez-. Esos sentimientos son de todo punto inapropiados.
– Tal vez. Pero es una joven extraordinaria.
No era fácil decirlo, pero me obligué a hacerlo.
– Debería pensar en alguien de una edad más próxima a la suya y de su misma clase. Alguien… -Nos miramos de hito en hito.
En ese momento la señora Taylor entró por el lado opuesto de la sala, seguida por mis hermanas y con cara de confiar en que el coronel Birch la rescatara. Mientras se acercaba presurosa para cogerlo del brazo, únicamente pude decir en un susurro:
– Debe hacer lo que es honrado, coronel Birch.