– ¿Usted qué cree, tía Elizabeth?
– Yo creo… -Pocas personas me habían preguntado qué creía. Era estimulante-. No me incomoda interpretar la Biblia en sentido figurado en lugar de literalmente. Por ejemplo, creo que los seis días del Génesis no son días literales, sino distintos períodos de la creación, de modo que hicieron falta muchos miles, o cientos de miles de años para crearlo. Eso no degrada a Dios; simplemente le da más tiempo para construir este mundo tan extraordinario.
– ¿Y el ictiosaurio y el plesiosaurio?
– Son animales de hace muchísimo tiempo. Nos recuerdan que el mundo está cambiando. Desde luego que está cambiando. Veo cómo cambia cuando hay desprendimientos de tierras en Lyme que modifican la línea de la costa. Cambia cuando se producen terremotos y erupciones volcánicas e inundaciones. ¿Por qué no habría de cambiar?
Johnny asintió con la cabeza. Era un alivio hablar de esas cosas a alguien que me escuchaba sin ser tildada de ignorante o blasfema. Tal vez él estaba tan libre de prejuicios porque era joven.
– Mire.
Señaló las ventanas de la sede de la Sociedad Geológica. Unas figuras taparon la luz cuando los hombres se levantaron de las mesas.
Había llegado el momento de utilizar la fuerza de mis ojos. Respiré hondo y abrí la portezuela del coche. Johnny salió de un salto y me ayudó a bajar, entusiasmado con la idea de entrar en acción por fin. Llegó a la puerta en dos zancadas y llamó con energía. La abrió el mismo hombre que la primera vez, pero Johnny lo trató como si no hubiera hablado antes con él.
– La señorita Philpot desea ver al profesor Buckland -anunció. Tal vez creía que mostrando semejante confianza se le abrirían todas las puertas.
Sin embargo, el portero no se dejó engañar por su seguridad juvenil.
– No se permite entrar a mujeres en la sociedad -repuso sin tan siquiera mirarme. Era como si no existiera.
Comenzó a cerrar la puerta, pero Johnny puso el pie en la jamba para impedirlo.
– Bueno, entonces el señor John Philpot desea ver al profesor Buckland.
El portero lo miró de arriba abajo.
– ¿Para qué?
– En relación con el plesiosaurio.
El portero frunció el entrecejo. La palabra no le decía nada, pero parecía complicada y seguramente importante.
– Le daré el recado.
– Solo puedo hablar con el profesor Buckland -afirmó Johnny con altivez, disfrutando de cada instante.
El portero no pareció inmutarse. Tuve que dar un paso adelante y obligarlo a que me mirara y reconociera mi presencia.
– Puesto que guarda relación con el tema de la reunión que está a punto de empezar, haría bien en informar al profesor Buckland de que estamos esperando para hablar con él. -Lo miré fijamente a los ojos, con toda la firmeza y determinación que había descubierto en mí a bordo del Unity.
Surtió efecto: un instante después el portero bajó la vista y me dedicó una brevísima inclinación de la cabeza.
– Aguarden aquí -dijo, y nos cerró la puerta en las narices.
Estaba claro que mi éxito era limitado, pues no venció la prohibición de la entrada a mujeres y tuvimos que quedarnos fuera con el frío. Mientras esperábamos, los copos de nieve cubrieron mi sombrero y mi capa.
Unos minutos después oímos unos pasos que bajaban ruidosamente por la escalera y, cuando la puerta se abrió, vimos la cara de entusiasmo del señor Buckland y el reverendo Conybeare. Me decepcionó ver a este último, ya que no era ni de lejos tan agradable y cordial como el señor Buckland.
Creo que ellos también se llevaron una pequeña decepción al vernos.
– ¡Señorita Philpot! -exclamó el señor Buckland-. Qué sorpresa. No sabía que estaba en la ciudad.
– Llegué hace solo dos días, señor Buckland. Reverendo Conybeare. -Saludé a ambos con un gesto de la cabeza-. Este es mi sobrino, John. ¿Podemos entrar? Hace mucho frío aquí fuera.
– ¡Claro, claro!
Cuando el señor Buckland nos hizo pasar, el reverendo Conybeare frunció los labios, a todas luces molesto por el hecho de que una mujer franqueara el umbral de la Sociedad Geológica. Pero él no era el presidente -el señor Buckland iba a recibir tal nombramiento en unos momentos-, y por lo tanto no dijo nada y nos saludó con una inclinación. Su larga nariz estaba colorada, no sabía si a causa del vino, de haber estado sentado junto al fuego o de su mal humor.
La entrada de la sede era sencilla, con un suelo elegante de baldosas blancas y negras y solemnes retratos colgados de George Greenough, John MacCulIoch y otros presidentes de la sociedad. Dentro de poco un retrato de William Babington, el presidente saliente, se uniría a los demás. Esperaba ver algo que reflejara el interés de la sociedad: fósiles, cómo no, o rocas. Pero no había nada. Las cosas interesantes estaban escondidas.
– Dígame, señorita Philpot, ¿tiene noticias del plesiosaurio?-preguntó el reverendo Conybeare-. El portero ha dicho que era posible. ¿Va a honrar la criatura a los asistentes con su presencia?
Entonces comprendí el motivo de su entusiasmo: no era el apellido Philpot, sino la mención del espécimen desaparecido, lo que les había hecho bajar corriendo por la escalera.
– Hace tres días pasé junto al Dispatch y vi que estaba encallado. -Traté de que se notara que estaba bien informada-. Su cargamento está siendo transportado por tierra y llegará con la rapidez que permitan las carreteras.
Los dos hombres se desanimaron al oír algo que no era nuevo para ellos.
– Vaya, entonces, ¿qué hace usted aquí, señorita Philpot? -inquirió el reverendo Conybeare. Para ser un párroco, era bastante áspero.
Me erguí y traté de mirarlos a los ojos con la misma seguridad que había mostrado ante el oficinista del muelle y el portero de la Sociedad Geológica. Sin embargo, resultaba más difícil, ya que eran dos personas las que me miraban…, aparte de Johnny. Además, ellos eran más cultos y poseían mayor confianza en sí mismos. Podía tener cierto poder sobre un oficinista o un portero, pero no sobre alguien de mi clase. En lugar de centrar mi atención en el señor Buckland -quien, como futuro presidente de la sociedad, era el más importante de los dos-, miré a mi sobrino como una tonta y dije:
– Quería hablar con ustedes de la señorita Anning.
– ¿Le ha ocurrido algo a Mary? -preguntó William Buckland.
– No, no, está bien.
El reverendo Conybeare frunció el ceño, e incluso el señor Buckland, que no era dado a los mohines, arrugó el entrecejo.
– Señorita Philpot -comenzó a decir el reverendo Conybeare-, nos disponíamos a celebrar una sesión en la que tanto el señor Buckland como yo vamos a pronunciar discursos importantes (más aún, históricos) ante la sociedad. Seguro que su consulta sobre la señorita Anning puede esperar a otro día mientras nos concentramos en asuntos más acuciantes. Y ahora, si me disculpa, voy a revisar mis apuntes. -Sin esperar a oír mi respuesta, se volvió y empezó a subir por la escalera alfombrada.
Parecía que el señor Buckland fuera a hacer lo mismo, pero él era más lento y amable, y tardó un instante en decir:
– Hablaré con usted gustosamente en otra ocasión, señorita Philpot. ¿Puedo visitarla un día de la semana que viene, por ejemplo?
– ¡Señor -terció Johnny-, monsieur Cuvier cree que el plesiosaurio es falso!
Al oírlo el reverendo Conybeare se detuvo. Dio media vuelta en la escalera.
– ¿Qué ha dicho?
Johnny, un chico listo, había pronunciado las palabras adecuadas. Por supuesto, aquellos hombres no querían oír hablar de Mary. Era la opinión de Cuvier sobre el plesiosaurio lo que les interesaba.
– El barón de Cuvier cree que el plesiosaurio que encontró Mary no es auténtico -expliqué mientras el reverendo Conybeare bajaba por la escalera y se acercaba a nosotros con expresión adusta-. El cuello tiene demasiadas vértebras, y opina que infringe las leyes fundamentales que rigen la anatomía vertebral.