El reverendo Conybeare y el señor Buckland se miraron.
– Cuvier ha insinuado que los Anning crearon un animal falso añadiendo el cráneo de una serpiente de mar al cuerpo de un ictiosaurio. Afirma que son unos falsificadores -agregué, llevando la conversación al punto que más me preocupaba.
De inmediato deseé no haberlo hecho al ver las expresiones que mis palabras suscitaron en ambos caballeros. Sus rostros mostraron sorpresa, que dio paso a cierto recelo, más notable en el caso del reverendo Conybeare, pero también patente en las facciones benignas del señor Buckland.
– Por supuesto, ustedes saben que Mary jamás haría algo semejante -les recordé-. Es una persona honrada y conoce (gracias a ustedes, debo añadir) la importancia de mantener los especímenes tal como se encuentran. Sabe que sirven de poco si se manipulan.
– Por supuesto -asintió el señor Buckland, cuyo rostro se relajó, como si lo único que necesitara fuera un apunte de una mente sensata.
El reverendo Conybeare, en cambio, seguía con el entrecejo fruncido. Estaba claro que mis palabras habían topado con sus dudas.
– ¿Quién habló a Cuvier del espécimen? -preguntó.
Vacilé, pero no había forma de evitar la verdad.
– Le escribió la propia Mary. Creo que le mandó un dibujo.
El reverendo Conybeare resopló.
– ¿Mary le escribió? Me horroriza pensar cómo sería la carta. ¡Esa muchacha es prácticamente analfabeta! Habría sido mucho mejor que Cuvier se hubiera enterado después de la conferencia de esta noche. Buckland, debemos presentarle nuestros argumentos con dibujos y una descripción detallada. Hemos de escribirle usted y yo, y tal vez también alguien más, para que Cuvier tenga varios puntos de vista. Johnson, de Bristol, por ejemplo. Se mostró muy interesado cuando le hablé del plesiosaurio en la institución a principios de mes, y me consta que ha mantenido correspondencia con Cuvier en el pasado.
Mientras hablaba, el reverendo Conybeare deslizaba la mano arriba y abajo por la barandilla de caoba, desconcertado todavía por la noticia. Si no me hubiera irritado con su recelo respecto a Mary, quizá habría sentido lástima de él.
El señor Buckland reparó también en el nerviosismo de su amigo.
– Conybeare, no irá a desistir de pronunciar su discurso, ¿verdad? Muchos invitados han venido expresamente a oírlo: Babbage, Gordon, Drummond, Rudge, incluso McDownell. Ya ha visto la sala: está abarrotada. Es la mejor concurrencia que he visto nunca. Naturalmente, puedo entretenerlos con mis divagaciones sobre el megalosaurio, pero imagine lo impactante que sería si los dos habláramos de esas criaturas del pasado. ¡Juntos les ofreceremos una noche que no olvidarán jamás!
Chasqueé la lengua en señal de desaprobación.
– Esto no es un teatro, señor Buckland.
– En cierto sentido sí lo es, señorita Philpot. ¡Qué espectáculo más maravilloso les hemos preparado! Nos disponemos a mostrarles la prueba incontrovertible de la existencia de un mundo pasado maravilloso, de las criaturas más imponentes que ha creado Dios…, aparte del hombre, claro está. -El señor Buckland se estaba animando con aquel tema.
– Tal vez debería reservar sus pensamientos para la conferencia -señalé.
– Por supuesto. Bueno, Conybeare, ¿sigue conmigo?
– Sí. -El reverendo Conybeare adoptó un aire más seguro-. En mi ponencia he abordado algunas de las preocupaciones de Cuvier respecto al número de vértebras. Además, usted ha visto la criatura, Buckland. Usted cree en ella.
El señor Buckland asintió con la cabeza.
– Entonces ustedes también creen en Mary Anning -intervine-. Y la defenderán de las injustas acusaciones de Cuvier.
– No entiendo qué tiene que ver eso con esta conferencia -replicó el reverendo Conybeare-. Ya mencioné a Mary cuando hablé del plesiosaurio en la Institución de Bristol. Buckland y yo escribiremos a Cuvier. ¿No es suficiente?
– Ahora mismo todos los geólogos de renombre y otras personas interesadas están en esa sala. Una declaración suya afirmando que tiene plena confianza en la capacidad de Mary como buscadora de fósiles contrarrestaría todos los comentarios del barón de Cuvier que pudieran oír más adelante.
– ¿Por qué iba a querer poner en duda públicamente la capacidad de la señorita Anning y, más importante aún, el mismo espécimen del que me dispongo a hablar?
– Está en juego la reputación de una mujer, así como su medio de vida; un medio de vida que le proporciona a usted los especímenes que necesita para sustentar sus teorías y aumentar su propia reputación. A buen seguro eso debe de importarle lo bastante para decir lo que piensa, ¿no?
El reverendo Conybeare y yo nos miramos de hito en hito. Podríamos habernos quedado así toda la noche de no haber sido por Johnny, que se había impacientado con toda aquella cháchara y quería más acción. Sorteó al reverendo Conybeare y saltó a la escalera.
– Si no accede a limpiar el buen nombre de la señorita Anning, subiré y contaré a los caballeros de la sala lo que ha dicho Cuvier -exclamó-. ¿Qué le parecería eso?
El reverendo Conybeare hizo ademán de agarrarlo, pero Johnny subió varios escalones más hasta situarse fuera de su alcance. Debería haber reprendido a mi sobrino por su mala conducta, pero me sorprendí resoplando para ocultar la risa. Me volví hacia el señor Buckland, el más razonable de los dos.
– Señor Buckland, sé que siente un gran aprecio por Mary y que reconoce lo mucho que todos le debemos por su enorme habilidad para encontrar fósiles. También comprendo que esta noche es muy importante para usted, y no querría echarla a perder. Pero en algún momento de la conferencia tendrá ocasión de expresar su apoyo a Mary, ¿no? Podría reconocer sus esfuerzos sin necesidad de mencionar al barón de Cuvier. Y cuantío los comentarios de este se hagan por fin públicos, los hombres de arriba entenderán su declaración de confianza, en todo su sentido. De esa forma todos quedaremos contentos. ¿Sería eso aceptable?
El señor Buckland meditó la propuesta.
– No podrá constar en las actas de la sociedad -señaló a la postre-, pero estoy dispuesto a decir algo extraoficialmente si eso la complace, señorita Philpot.
– Así es. Gracias.
Él y el reverendo Conybeare se volvieron hacia Johnny.
– Basta ya, muchacho -murmuró el reverendo Conybeare-. Baja.
– ¿Ya está, tía Elizabeth? ¿Bajo? -Johnny pareció decepcionado por no poder cumplir su amenaza.
– Hay algo más -dije. El reverendo Conybeare soltó un resoplido-. Me gustaría oír lo que dice sobre el plesiosaurio en la conferencia.
– Me temo que no se permite la asistencia de mujeres a las reuniones de la sociedad. -El señor Buckland parecía casi compungido.
– Podría escucharles desde el pasillo. No tiene por qué saberlo nadie más que ustedes.
El señor Buckland se quedó pensativo un momento.
– Al fondo de la sala hay una escalera que lleva a una de las cocinas. Los criados la usan para subir y bajar los platos, la comida y demás. Podría quedarse en el rellano. Desde allí podría oírnos sin que nadie la viera.
– Sería un detalle. Gracias.
El señor Buckland hizo un gesto con la mano al portero, que había estado escuchando con rostro impasible.
– Acompañe a la dama y el joven al rellano del fondo, por favor. Vamos, Conybeare, ya les hemos hecho esperar demasiado. ¡Van a pensar que hemos ido y vuelto de Lyme!
Los dos hombres subieron presurosos por la escalera, dejándonos a Johnny y a mí con el portero. Nunca olvidaré la mirada aviesa que me lanzó desde lo alto el reverendo Conybeare antes de volverse para entrar en la sala de reuniones.
Johnny rió entre dientes.
– ¡Parece que no ha hecho un amigo nuevo, tía Elizabeth!
– No me importa, pero temo que por mi culpa haya perdido la serenidad. Bueno, lo sabremos dentro de un momento.