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Simone, paralizada, concentró los ojos en la masa negra que flotaba frente a ella. La silueta se despojó de los guantes blancos, desvelando únicamente oscuridad. Sólo entonces Simone pudo advertir aquel rostro demoníaco formarse frente a ella, una nube de sombras que adquiría lentamente volumen y siseaba como una serpiente, furiosa. Un alarido infernal rasgó sus oídos, un aullido que extinguió cada una de las llamas que ardían en la habitación. Por primera y última vez, Simone oyó la verdadera voz de la sombra. Después, las garras la atraparon y la arrastraron hacia la oscuridad.

A medida que se adentraban en el bosque, Ismael e Irene advirtieron que la tenue neblina que cubría la maleza se iba transformando paulatinamente en un manto de claridad incandescente. La niebla absorbía las luces parpadeantes de Cravenmoore y las expandía en un espejismo espectral, una verdadera selva de vapor áureo. Tan pronto rebasaron el umbral del bosque, la explicación de aquel extraño fenómeno se reveló desconcertante y, de algún modo, amenazadora. Todas las luces de la mansión brillaban con gran intensidad tras los ventanales, confiriendo a la gigantesca estructura la apariencia de un buque fantasmal alzándose de las profundidades.

Los dos muchachos se detuvieron frente a las compuertas de lanzas que franqueaban el paso hasta el jardín, contemplando aquella visión hipnótica. Envuelta en aquel manto de luz, la silueta de Cravenmoore parecía todavía más siniestra que en la oscuridad. Los rostros de decenas de gárgolas afloraban ahora como centinelas de pesadilla. Pero no fue esa visión la que detuvo sus pasos. Algo más flotaba en el aire, una presencia invisible e infinitamente más escalofriante. Los sonidos de decenas, de cientos de autómatas moviéndose y desplazándose en el interior de la mansión se filtraban en el viento; la música disonante de un tiovivo y las risas mecánicas de una jauría de criaturas ocultas en aquel lugar.

Ismael e Irene escucharon paralizados la voz de Cravenmoore durante unos segundos, rastreando el origen de aquella cacofonía infernal hasta la gran puerta principal. La entrada, ahora abierta de par en par, escupía un vaho de luz dorada tras el cual las sombras palpitaban y danzaban al son de aquella melodía que helaba la sangre. Irene apretó instintivamente la mano de Ismael y el muchacho le dirigió una mirada impenetrable.

– ¿Estás segura de querer entrar ahí? -preguntó él.

La silueta de una bailarina rotando sobre sí misma se recortó en una de las ventanas. Irene desvió la mirada.

– No tienes por qué venir conmigo. Al fin y al cabo, es mi madre…

– Es una oferta tentadora. No me la repitas dos veces -dijo Ismael.

– De acuerdo -asintió Irene-. Y pase lo que pase…

– Pase lo que pase.

Apartando de su mente las risas, la música, las luces y el macabro desfile de siluetas que poblaba aquel lugar, los dos muchachos enfilaron la escalinata de Cravenmoore. Tan pronto sintió el espíritu de la casa envolviéndolos, Ismael comprendió que cuanto habían visto hasta ahora no era más que el prólogo. El ángel y las demás máquinas de Lazarus no eran lo que lo asustaba. Había algo en aquella casa. Una presencia palpable y poderosa. Una presencia que destilaba odio y rabia. Y, de algún modo, Ismael supo que los estaba esperando.

Dorian golpeó una y otra vez la puerta de la gendarmería. El muchacho estaba sin aliento y sus piernas parecían a punto de derretirse. Había corrido como un poseso a través del bosque, hasta la Playa del Inglés, y después a lo largo de la interminable carretera que bordeaba la bahía hasta el pueblo, mientras el sol se ocultaba en el horizonte. No había parado ni un segundo, consciente de que, si se detenía, no volvería a dar un paso en diez años. Un solo pensamiento lo impulsaba hacia adelante: la imagen de aquella forma espectral portando a su madre hacia las tinieblas. Le bastaba recordarla para correr hasta el fin del mundo.

Cuando la puerta de la gendarmería se abrió finalmente, la oronda silueta del agente Jobart se adelantó dos pasos al frente. Los ojos diminutos del gendarme examinaron al muchacho, que parecía que fuera a desplomarse allí mismo. Dorian creyó estar observando a un rinoceronte. El gendarme ofreció una sonrisa sardónica y, hundiendo profesionalmente los pulgares en los bolsillos del uniforme, blandió su mueca de qué-horas-son-éstas-demolestar. Dorian suspiró y trató de tragar saliva, pero no le quedaba una gota.

– ¿Y bien? -escupió Jobart.

– Agua…

– Esto no es un bar, camarada Sauvelle.

La fina muestra de ironía probablemente pretendía evidenciar las envidiables dotes de reconocimiento e instinto de sabueso del paquidérmico policía. Con todo, Jobart dejó pasar al muchacho y procedió a servirle un vaso de agua de la cisterna. Dorian jamás hubiera sospechado que el agua pudiese ser tan deliciosa.

– Más.

Jobart le tendió otro vaso, esta vez ofreciéndole su mirada de Sherlock Holmes.

– De nada.

Dorian apuró hasta la última gota y se encaró al policía. Las instrucciones de Irene saltaron a su memoria, frescas y sin mácula.

– Mi madre ha tenido un accidente y está herida. Es grave. En Cravenmoore.

Jobart necesitó unos segundos para procesar tanta información.

– ¿Qué tipo de accidente? -inquirió con tono de fino observador.

– ¡Muévase! -estalló Dorian.

– Estoy solo. No puedo dejar el puesto.

El chico suspiró. De entre todos los cretinos que había en el planeta había ido a dar con un ejemplar de museo.

– ¡Llame por radio! ¡Haga algo! ¡Ahora!

El tono y la mirada de Dorian desprendieron cierta alarma capaz de hacer que Jobart desplazase su considerable trasero hacia la radio y conectase el aparato. Por un instante se volvió a mirar al muchacho, con aire de sospecha.

– ¡Llame! ¡Ya! -gritó Dorian.

Lazarus recuperó el sentido bruscamente, notando un dolor punzante en la nuca. Se llevó la mano hasta ese punto y palpó la herida abierta. Recordó vagamente el rostro de Christian en el pasillo del ala oeste. El autómata le había golpeado y lo había arrastrado hasta este lugar. Lazarus miró a su alrededor. Se encontraba en una de las habitaciones sin utilizar que poblaban Cravenmoore.

Lentamente, se incorporó y trató de poner en orden sus pensamientos. Un profundo cansancio le asaltó tan pronto se sostuvo sobre sus pies. Cerró los ojos y respiró profundamente. Al abrirlos, reparó en un pequeño espejo que pendía de una de las paredes. Se acercó a él y examinó su propio reflejo.

Luego, aproximándose hasta una diminuta ventana que daba a la fachada principal, observó cómo dos figuras cruzaban el jardín en dirección a la puerta principal.

Irene e Ismael franquearon el umbral de la puerta y penetraron en el haz de luz que emergía de las profundidades de la casa. El eco del tiovivo y el traqueteo metálico de miles de engranajes devueltos a la vida caló en ellos como un aliento helado. Cientos de diminutos mecanismos se movían en los muros. Un mundo de criaturas imposibles se agitaba en las vitrinas, en los móviles suspendidos en el aire. Resultaba imposible dirigir la vista a cualquier punto y no encontrar una de las creaciones de Lazarus en movimiento. Relojes con rostro, muñecos que caminaban como sonámbulos, rostros fantasmales que sonreían como lobos hambrientos…

– Esta vez no te separes de mí -dijo Irene.

– No pensaba hacerlo -replicó Ismael, abrumado por aquel mundo de seres que latían a su alrededor.

Apenas habían recorrido un par de metros cuando la puerta principal se cerró con fuerza a sus espaldas. Irene gritó y se aferró al chico. La silueta de un hombre gigantesco se alzó frente a ellos. Su rostro estaba cubierto por una máscara que representaba un payaso demoníaco. Dos pupilas verdes se expandieron tras la máscara. Los muchachos retrocedieron ante el avance de aquella aparición. Un cuchillo brilló en sus manos. La imagen de aquel mayordomo mecánico que les había abierto la puerta en su primera visita a Cravenmoore golpeó a Irene. Christian. Ése era su nombre. El autómata alzó el cuchillo en el aire.