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– Sí, hubo esquelas y yo misma escribí una pequeña nota en su memoria. Quizá la leyó.

– ¿Audur está enterrada aquí, en Keflavík?

– No. Somos de Sandgerdi y cerca de allí hay un pequeño cementerio. Kolbrún quiso que la enterraran allí. Era pleno invierno. Costó mucho cavar la tumba.

– En el certificado de defunción dice que murió de un tumor cerebral.

– Ése es el diagnóstico que le dieron a mi hermana cuando murió la niña. Simplemente murió. Se nos murió, pobrecilla, y no pudimos hacer nada por ella. Con tres años y pico.

Elín levantó la vista de la fotografía y miró a Erlendur.

– Simplemente se murió.

La casa estaba a oscuras y las palabras pasaban por las sombras llenas de interrogantes y tristeza. Elín se levantó despacio y encendio una lámpara de luz tenue de paso hacia la cocina. Erlendur la oyó abrir un grifo, llenar algún recipiente, abrir un bote. Poco después le llegó el aroma del café. Se levantó y observó los cuadros de las paredes. Había dibujos y pinturas. Un dibujo hecho por un niño encerrado en un delgado marco negro. Por fin encontró lo que buscaba. Eran dos fotografías, posiblemente tomadas con un año de diferencia. Dos fotografías de Audur.

La fotografía más antigua estaba hecha por un profesional en un estudio. Era en blanco y negro. La niña tendría aproximadamente un año y estaba sentada sobre un cojín, llevaba su mejor vestido, un lazo en el pelo y un sonajero en una mano. Miraba al fotógrafo con una sonrisa que revelaba cuatro pequeños dientes. La otra fotografía era de la misma niña a los tres años más o menos. Erlendur suponía que ésta la había hecho la madre. Era en color. La niña estaba entre unos arbustos y bañada por la luz solar. Llevaba un jersey rojo y una pequeña falda, calcetines blancos y zapatos negros. Miraba a la cámara con cara seria. Tal vez se había negado a sonreír.

– Kolbrún nunca se recuperó -dijo Elín mientras entraba en el salón.

Erlendur se enderezó.

– Seguramente no hay nada peor que perder a un hijo -aseguró él, y aceptó una taza de café.

Elín se sentó en el sofá y Erlendur se acomodó frente a ella sorbiendo su café.

– Si quieres fumar no hay ningún problema -dijo ella.

– Estoy intentando dejarlo -explicó Erlendur, procurando que no pareciera una excusa, mientras pensaba en el dolor que sentía en el pecho.

Sacó el paquete del bolsillo y encendió un cigarrillo. El noveno del día. Ella le acercó un cenicero.

– No -dijo ella-, probablemente no hay nada peor. Afortunadamente la lucha mortal fue breve. Empezó a tener dolores de cabeza. El médico que la examinó dijo que era migraña infantil. Le recetó unas pastillas que no le hicieron ningún efecto. No era un buen médico. Kolbrún me contó que había notado que olía a alcohol y que no se fiaba de él. Luego todo pasó muy deprisa. La niña se puso peor. Alguien habló de un carcinoma en la piel que el médico debería haber notado. Manchas. Los del hospital las llamaron «manchas de café». La mayoría las tenía en los sobacos. Finalmente la enviaron al hospital, aquí, en Keflavík. Allí llegaron a la conclusión de que se trataba de una especie de tumor en el sistema nervioso. Resultó ser un tumor cerebral. Todo eso duró seis meses.

Elín se calló.

– Como te dije, Kolbrún nunca fue la misma después -suspiró-. Supongo que nadie puede recuperarse de tanta desgracia.

– ¿Le hicieron la autopsia a Audur? -preguntó Erlendur, imaginándose el pequeño cuerpo de la niña encima de una camilla de acero inoxidable, bajo la luz de los fluorescentes y con un corte en forma de Y en el pecho.

– Kolbrún se negó rotundamente -dijo Elín-, pero no la escucharon. Se trastornó cuando se enteró de que le habían hecho la autopsia. Se volvió loca de dolor y no hubo quien la calmara. Claro, después de perder a su hija, no podía ni pensar que habían abierto el cuerpo de su niña. Estaba muerta y ya nada podía remediarlo. La autopsia confirmó el diagnóstico. Le encontraron un tumor maligno en el cerebro.

– ¿Y tu hermana?

– Kolbrún se suicidó tres años más tarde. Se hundió en una depresión muy fuerte y estaba en manos de médicos. Pasó algún tiempo internada en un psiquiátrico en Reikiavik, pero luego volvió a Keflavík. Yo hice lo que pude para cuidar de ella, pero era como si se hubiera apagado. No le quedaban ganas de vivir. A pesar de las circunstancias en que la había concebido, Audur le había dado felicidad. Pero Audur ya no estaba.

Elín miró a Erlendur.

– Seguramente te estarás preguntando cómo lo hizo.

Erlendur no contestó.

– Se metió en la bañera y se cortó las venas de las dos muñecas. Había comprado hojas de afeitar por primera vez en su vida.

Elín volvió a callarse, estaban los dos en la penumbra del salón.

– ¿Sabes lo que me viene a la mente cuando pienso en el suicidio? No es la sangre en el cuarto de baño. Ni mi hermana sumergida en el agua rojiza. Ni los cortes. Lo que me viene a la mente es Kolbrún comprando hojas de afeitar. Buscando calderilla en su monedero para pagar unas hojas de afeitar. Contando las monedas.

Elín se quedó en silencio.

– ¿No es extraño cómo trabaja la mente? -preguntó, como si estuviera pensando en voz alta.

Erlendur no sabía qué contestar.

– Fui yo quien la encontró -siguió Elín-. Ella lo había previsto así. Me llamó por teléfono pidiéndome que fuera a verla por la noche. Hablamos un ratito. Siempre tenía cuidado con qué decía por lo de la depresión, pero últimamente parecía que había mejorado. Como si se disipara la niebla. Como si fuese a poder enfrentarse a la vida de nuevo. Aquel día no detecté nada en su voz que indicara que iba a suicidarse. Todo lo contrario. Hablamos sobre el futuro. Íbamos a hacer un viaje juntas. Cuando la encontré, de su rostro emanaba una paz que no le había visto en mucho tiempo. Paz y conciliación. Sin embargo, sé que no había paz en su alma.

– Tengo que preguntarte una cosa, y no volveré a mencionarla -dijo Erlendur-, pero necesito oír tu respuesta.

– ¿Qué quieres preguntar?

– ¿Sabes algo acerca del asesinato de Holberg?

– No, no sé nada.

– ¿Y no has tenido nada que ver, directa o indirectamente?

– No.

Ninguno de los dos dijo nada durante unos instantes.

– El epitafio que eligió para su hija hablaba de los enemigos -dijo Erlendur.

– «Guarda mi vida del temor al enemigo.» También eligió su propio epitafio, aunque ahora no figure en su lápida.

Elín abrió uno de los cajones de un bonito armario de cristal y sacó una pequeña caja negra. La abrió con llave y extrajo un sobre del que sacó una hoja.

– Encontré esto sobre la mesa de la cocina la noche que murió, pero no estoy muy segura de que lo hubiera escogido para su lápida. Lo dudo. Hasta que lo encontré creo que no fui consciente de lo mucho que sufría.

Le dio la hoja a Erlendur y él leyó las primeras tres palabras del salmo que había visto en la Biblia.

Escucha, ¡oh, Dios!

Capítulo 12

Cuando Erlendur llegó a su casa por la noche, su hija, Eva Lind, estaba sentada ante la puerta y parecía dormida. Le habló, intentando despertarla. No reaccionaba, así que se agachó para cogerla y entró con ella en brazos. No sabía si estaba dormida o bajo los efectos de la droga. La acomodó en el sofá del salón. Respiraba con regularidad. El pulso parecía normal. La miró fijamente un buen rato pensando qué hacer. Sobre todo le habría gustado bañarla. Olía mal, tenía las manos sucias y el pelo enredado y mugriento.

– ¿Dónde habrás estado? -suspiró Erlendur.

Se sentó en un sillón a su lado, todavía sin quitarse ni el abrigo ni el sombrero. Pensando en su hija se quedó profundamente dormido.