Se lo sacaron de encima. Sigurdur Óli se metió un pañuelo en la nariz para intentar detener la sangre. A Ellidi le dispararon una tercera descarga y se quedó inmóvil. Los guardas le colocaron las esposas y lo levantaron con dificultad. Iban a llevárselo cuando Erlendur les pidio que esperaran un momento. Se acercó a Ellidi.
– ¿Qué otra? -preguntó.
Ellidi no reaccionó.
– ¿A qué otra violó? -repitió Erlendur.
Ellidi trató de sonreír, pero todo lo que apareció en su cara fue una mueca. La sangre le bajaba desde la nariz hasta la boca y le manchaba los dientes postizos. Erlendur intentó esconder su impaciencia, como si no le importara lo que Ellidi sabía. Procuró no quedar en evidencia. Sabía que la más mínima muestra de debilidad haría que el corazón de un hombre como Ellidi se acelerara, hasta justificar su vergonzosa decepción vital. El más pequeño error sería suficiente. Un tono de voz demasiado insistente, una mirada, un temblor de manos, una ligera impaciencia. Ellidi ya había logrado descentrarlo cuando mencionó a Eva Lind. Erlendur no iba a darle el placer de sentirse dueño de la situación.
Se miraron a los ojos.
– Lleváoslo de aquí -dijo Erlendur finalmente alejándose del preso.
Los guardas se dispusieron a sacarlo de allí, pero Ellidi se negó a moverse. Se quedó un rato pensativo mirando a Erlendur, hasta que al fin cedió y salió por la puerta conducido por los guardas. Sigurdur Óli seguía tratando de detener su hemorragia, tenía la nariz hinchada y el pañuelo estaba empapado de sangre.
– Esto no tiene buen aspecto -dijo Erlendur estudiando la nariz de Sigurdur Óli-. Pero no parece grave. No tienes heridas en la cara y la nariz no está rota.
Se la apretó con los dedos y Sigurdur Óli soltó un grito de dolor.
– Puede que sí esté rota, no soy médico -dijo Erlendur.
– ¡Qué animal! -suspiró Sigurdur Óli-. ¡Asqueroso animal de mierda!
– ¿Nos habrá tomado el pelo o verdaderamente sabe algo de otra violación? -dijo Erlendur al abrir la puerta para salir de la sala-. Si existiera otra, sería posible que Holberg hubiese cometido varias violaciones que nunca salieron a la luz.
– Es imposible hablar con ese individuo en serio -añadio Sigurdur Óli-. Se reía de nosotros. Nos ha toreado. Nos ha engañado. El muy capullo. Maldito capullo asqueroso.
Entraron en el despacho del director para informarle de lo sucedido. Le comunicaron que creían que Ellidi debería estar encerrado en una celda del psiquiátrico. El director asentía con voz cansada y dijo que, sin embargo, la única solución que les daban las autoridades era mantenerlo encerrado en prisión. No era la primera vez que Ellidi estaba confinado en una celda de aislamiento por comportamiento violento, y seguramente tampoco sería la última.
Se despidieron del director y salieron al aire libre. Cuando el coche se alejaba de la prisión y esperaban a que la enorme verja azul se abriera para dejarles salir del aparcamiento, Sigurdur Óli vio que un guarda venía corriendo tras ellos haciendo señales. Pararon y esperaron hasta que llegó al coche.
– Quiere hablar contigo -dijo el guarda jadeando cuando Erlendur bajó el cristal.
– ¿Quién? -preguntó Erlendur.
– Ellidi. Quiere hablar contigo.
– Ya hemos hablado con él. Dile que se vaya a paseo.
– Dice que te quiere dar la información que le pediste.
– Está mintiendo.
– Es lo que ha dicho.
Erlendur miró a Sigurdur Óli, que se encogió de hombros, y se quedó pensativo unos segundos.
– Bien. Iremos -dijo finalmente.
– Sólo quiere hablar contigo, no con él -puntualizó el guarda mirando a Sigurdur Óli.
Esta vez no dejaron salir a Ellidi de la celda de aislamiento, así que Erlendur tuvo que hablar con él a través de un pequeño agujero de la puerta. El ventanuco se abría deslizando un pestillo. Dentro de la celda estaba oscuro y Erlendur no veía al preso. Sólo oía su voz, ronca y áspera. El guarda lo había dejado solo, en la puerta.
– ¿Cómo se encuentra el maricón? -fue lo primero que preguntó el preso.
No estaba al lado de la puerta, sino al fondo de la celda. Tal vez estaba echado en el camastro o quizá sentado en el suelo y apoyado en la pared. Erlendur tenía la sensación de que la voz le llegaba desde lo más profundo de la oscuridad. Ellidi se había tranquilizado.
– Esto no es una reunión social -dijo Erlendur-. ¿Querías hablar conmigo?
– ¿Quién creéis que ha matado a Holberg?
– No lo sabemos. ¿De qué quieres hablarme? ¿Qué pasa con Holberg?
– La chica que violó en Keflavík se llamaba Kolbrún. Hablaba de ello a menudo. Me explicó que estuvieron a punto de pillarlo ya que la tía le denunció. Me contó los detalles. ¿Quieres oír lo que dijo?
– No -contestó Erlendur-. ¿Cuál era tu relación con él?
– Nos veíamos de vez en cuando. Le vendía alcohol y le compraba porno cuando era marinero y tenía que embarcarme para navegar por el extranjero. Nos conocimos cuando los dos trabajábamos para la Compañía Portuaria. Eso fue antes de que él empezara a conducir los camiones. Nos enviaban a los pueblos. Un premio perdido no se recupera, eso fue lo primero que me enseñó. Sabía hablar. Un tío imponente. Sabía ganarse a las tías con su labia. Era divertido.
– ¿Ibais a los pueblos?
– Sí. Por eso estábamos en Keflavík. Estábamos pintando el faro de Reykjanes. Aquello está apestado de fantasmas. ¿Has ido alguna vez allí? Gemidos y chirridos toda la noche. Es peor que este agujero de mierda. Holberg no tenía miedo a los fantasmas. No tenía miedo a nada.
– ¿Y le faltó tiempo para contarte lo de la violación de Kolbrún, cuando acababa de conocerte?
– Me guiñó un ojo cuando salió de la fiesta detrás de ella. Yo sabía lo que quería decir. Él podía ser un caballero. Le divertía mucho haber salido ileso de ese aprieto. Se reía con ganas de un policía que había atendido a la chica y dejó sin efecto la denuncia.
– ¿Se conocían Holberg y el policía?
– No lo sé.
– ¿Mencionó alguna vez a la hija que tuvo Kolbrún después de la violación?
– ¿La hija? No. ¿Hubo una hija?
– ¿Sabes de otra violación? -dijo Erlendur sin contestar la pregunta-. Hablaste de otra mujer a la que violó. ¿Quién era esa mujer?
– No lo sé.
– Entonces, ¿por qué me has hecho llamar?
– No sé quién era, pero sé cuándo ocurrió y dónde vivía. Más o menos. Lo bastante para que la podáis encontrar.
– ¿Sabes dónde? ¿Y cuándo?
– Eso es. Pero ¿qué me darás a cambio?
– ¿A cambio?
– Exactamente. ¿Qué puedes hacer por mí?
– No puedo hacer nada por ti, ni tampoco tengo ganas de hacerlo.
– Sí, algo podrás hacer. Y yo te diré lo que sé.
Erlendur meditó unos instantes.
– No puedo prometer nada -repuso.
– No aguanto este aislamiento.
– ¿Por eso me hiciste llamar?
– No sabes cómo se siente uno al estar aislado. Me estoy volviendo loco aquí dentro. Nunca encienden la luz. No sé qué día es. Te encierran como a un animal enjaulado. Te tratan como a un animal.
– ¡Y tú eres el Conde de Montecristo! -dijo Erlendur con sorna-. Eres un sádico, Ellidi. De la peor clase. Un idiota al que le gusta la violencia. Un racista y homófobo. El peor idiota que he conocido. A mí no me importa que te dejen aquí toda la vida. Voy a subir y recomendarlo.
– Te diré dónde vivía si me sacas de aquí.
– Yo no te puedo sacar de aquí, estúpido. No tengo poder para eso y no movería un dedo aunque lo tuviera. Si quieres reducir el aislamiento no deberías atacar a la gente.