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– Puedes llegar a un acuerdo. Puedes decir que vosotros me provocasteis. Puedes decir que empezó el maricón. Que yo estaba colaborando, pero que él no dejaba de hacer comentarios. Que luego te ayudé con la investigación. Te escucharán. Sé quién eres, te escucharán.

– ¿Habló Holberg de alguna otra mujer, aparte de aquellas dos?

– ¿Vas a hacerme ese favor?

Erlendur lo pensó un momento.

– Miraré lo que puedo hacer. ¿Habló de otras?

– No, nunca. Yo sólo sabía de esas dos.

– ¿Estás mintiendo?

– No, no miento. La otra nunca le denunció. Fue a principios de 1960. Él nunca volvió a aquel pueblo.

– ¿Qué pueblo?

– ¿Me lo prometes?

– No puedo prometer nada -dijo Erlendur-. Hablaré con ellos. ¿Qué pueblo?

– Húsavík.

– ¿Qué edad tenía ella?

– Fue algo parecido a lo de Keflavík, sólo que más fuerte -explicó Ellidi.

– ¿Más fuerte?

– ¿Quieres saberlo? -preguntó Ellidi, que no podía esconder su excitación-. ¿Quieres saber lo que hizo?

Ellidi no esperó la respuesta. Su voz salía por el agujero y Erlendur no tenía otro remedio que escuchar a la oscuridad.

Sigurdur Óli lo esperaba en el coche y salieron del recinto de la prisión. Erlendur le explicó de forma resumida lo que le había contado Ellidi, sin mencionar el monólogo final del preso. Decidieron echar un vistazo al censo de Húsavík de los años sesenta. Si la mujer tenía la misma edad que Kolbrún, como Ellidi había dicho, había bastantes probabilidades de encontrarla.

– ¿Y qué pasa con Ellidi? -preguntó Sigurdur Óli cuando estaban a medio camino de Reikiavik.

– Pregunté si había alguna posibilidad de reducir el aislamiento, pero me dijeron que era imposible. No puedo hacer nada más.

– Has hecho lo que has podido -replicó Sigurdur Óli sonriendo-. Si sabemos que Holberg violó a esas dos, ¿crees que podría haber más casos?

– Si, podría haber más -dijo Erlendur distraído.

– ¿En que estás pensando?

– Hay dos cosas que me tienen intrigado -contestó Erlendur.

– Siempre hay algo que te intriga -comentó Sigurdur Óli.

– Quiero saber exactamente cuál fue la causa de la muerte de la niña -dijo Erlendur, y oyó que Sigurdur Óli suspiraba a su lado-. Y quiero saber si es absolutamente seguro que Holberg fuera el padre.

– ¿En qué estás pensando?

– Ellidi me dijo que Holberg tenía una hermana.

– ¿Una hermana?

– Que murió joven. Tenemos que encontrar informes médicos sobre ella. Busca en los hospitales, a ver lo que encuentras.

– ¿De qué murió la hermana de Holberg?

– Tal vez de algo parecido a lo que mató a Audur. Holberg mencionó alguna vez algo referente a su cabeza. O eso es lo que dijo Ellidi. Le pregunté si se refería a un tumor cerebral, pero no lo sabía.

– ¿Y eso adónde nos lleva? -preguntó Sigurdur Óli.

– Creo que puede tener que ver con el parentesco -dijo Erlendur.

– ¿Parentesco? Espera, ¿por la nota que encontramos?

– Sí -respondio Erlendur-, por la nota. Tal vez todo esto tenga relación con el parentesco y las herencias.

Capítulo 15

El médico vivía en una casa adosada, en la parte más antigua de Grafarvogur. Estaba jubilado y ya no ejercía la medicina clínica. Recibió personalmente a Erlendur y le invitó a pasar a una salita que utilizaba como despacho. Le explicó que hacía trabajos para abogados y principalmente evaluaciones de grados de invalidez. En el despacho no había lujos, era más bien pulcro, con un pequeño escritorio y una máquina de escribir. El médico era de estatura baja, delgado y de movimientos ágiles. Llevaba dos bolígrafos en el bolsillo de la camisa. Se llamaba Frank.

Erlendur le había llamado por la mañana. Ahora empezaba a atardecer. Sigurdur Óli y Elinborg habían estado estudiando una copia del censo de Húsavík de hacía cuarenta años. La habían recibido por fax desde el norte del país. El médico le invitó a sentarse.

– ¿No son mayoritariamente mentirosos los que vienen a verte? -preguntó Erlendur, y miró a su alrededor.

– ¿Mentirosos? No, yo no diría eso -contestó el médico con calma-. Tal vez algunos, sin duda. Las lesiones de cuello son las peores. Realmente no hay otra solución que creer lo que te dicen cuando se trata de una lesión así, después de un accidente de coche, por ejemplo. Esos casos son los más difíciles de tratar. Algunas personas sufren más que otras. Pero creo que no son muchas las que se toman esto a la ligera.

– Cuando te llamé te acordaste enseguida de la niña de Keflavík.

– Sí, no es fácil olvidar aquel caso. Es difícil no recordar a la madre. Se llamaba Kolbrún, ¿verdad? Tengo entendido que se suicidó.

– Todo fue una maldita tragedia -dijo Erlendur.

Se preguntaba si debería aprovechar la ocasión y consultar al médico acerca del dolor de pecho que le molestaba cuando se despertaba por la mañana, pero decidió no hacerlo. El médico descubriría que le quedaba poco tiempo de vida, lo ingresaría en un hospital y antes del próximo fin de semana ya estaría tocando el arpa con los angelitos. Erlendur evitaba las malas noticias siempre que podía y verdaderamente no esperaba nada bueno de su salud.

– Dijiste que se trataba del asesinato en Las Marismas -se interesó el médico.

– Holberg, el muerto, era probablemente el padre de la niña de Keflavík -dijo Erlendur-. Al menos la madre lo aseguraba. Holberg ni lo afirmaba ni lo negaba. Lo único que confesó fue haber tenido relaciones sexuales con Kolbrún. No se pudo probar que hubiera habido violación. Pocas veces hay una base sólida en estos casos. Ahora estamos investigando el pasado del hombre. La niña enfermó y se murió a los cuatro años. ¿Qué ocurrió?

– No veo qué relación puede tener con el asesinato.

– No te preocupes por eso.

El médico miró fijamente a Erlendur un buen rato.

– Quizá sea mejor que te lo cuente ahora mismo, Erlendur -dijo finalmente-. Entonces yo era distinto.

– ¿Distinto?

– Y peor. Distinto y peor. Ahora hace treinta años que no pruebo el alcohol. Te lo digo para que no tengas que molestarte en averiguar que me quitaron la licencia por un tiempo, desde 1965 hasta 1972.

– ¿Por lo de la niña?

– No, no fue por ella, aunque eso hubiera sido una razón suficiente. Fue por alcoholismo y negligencia. No me gustaría entrar en detalles si no es absolutamente necesario.

Erlendur iba a dejarlo pasar, pero no pudo contenerse.

– ¿Quieres decir que solías estar más o menos bebido durante esos años, o qué?

– Sí, más o menos.

– ¿Luego volvieron a darte la licencia?

– Sí.

– ¿Y desde entonces todo bien?

– Sí, todo bien -dijo el médico asintiendo con la cabeza-. Pero, como te he dicho, no estaba en buenas condiciones cuando atendí a la niña de Kolbrún. Le dolía la cabeza y yo pensé que se trataba de una migraña infantil. Vomitaba por las mañanas. Cuando aumentaron los dolores le receté analgésicos más fuertes. No lo recuerdo con claridad. He intentado olvidarme de esos años. Todos cometemos errores, también nosotros, los médicos.

– ¿Cuál fue la causa de la muerte?

– Supongo que no habría cambiado nada aunque yo hubiera reaccionado de otra manera y la hubiera ingresado en un hospital -dijo el médico como hablando consigo mismo-. Eso es lo que me gustaría creer. Entonces no había muchos pediatras y tampoco disponíamos de esos estupendos escáneres que hay ahora. Teníamos que fiarnos más del instinto y de nuestros conocimientos, pero, como ya sabes, mi instinto no era muy fino en aquella época, salvo en lo que se refiere al alcohol. Un mal divorcio tampoco mejoró las cosas. No me estoy excusando -dijo, aunque era evidente que eso era lo que estaba haciendo.