– ¿Cómo duermes últimamente, Erlendur? -le preguntó con suavidad.
– Sentado -respondio Erlendur.
– ¿Qué haremos? -dijo Sigurdur Óli-. ¿Ir a ver a todas estas mujeres y preguntarles si fueron violadas hace un montón de años? ¿No sería eso un poco… violento?
– No veo qué otra manera hay de averiguarlo. Empezaremos con las que se han mudado -aclaró Erlendur-. Primero las de Reikiavik, y a ver si de paso podemos sacar más información sobre esa mujer. Según Ellidi, ese maldito imbécil, Holberg le habló de ella a Kolbrún. Es posible que Kolbrún se lo mencionara a su hermana o tal vez a Rúnar. Tendré que volver a Keflavík.
Erlendur se quedó pensativo por un momento.
– Quizá podamos estrechar el cerco -dijo.
– ¿Estrechar el cerco, cómo? -preguntó Elinborg-. ¿En qué estas pensando?
– Acabo de tener una idea.
– ¿Qué?
Elinborg estaba irritable. Había llegado al trabajo con un traje nuevo, de color verde claro, y nadie se había fijado en ello.
– Parentesco, herencia y enfermedad -explicó Erlendur.
– Eso -dijo Sigurdur Óli.
– Suponemos que Holberg era un violador. No tenemos ni idea de cuántas fueron las mujeres que violó. Sabemos de dos, con certeza sólo de una. Aunque él lo negó, todo apunta a que realmente la violó. Nació Audur, tenemos que presumir que era su hija, y es posible que tuviera otro hijo con la otra mujer.
– ¿Otro hijo? -dijo Elinborg.
– Antes de nacer Audur -contestó Erlendur.
– ¿No es un poco inverosímil? -preguntó Sigurdur Óli.
Erlendur se encogió de hombros.
– ¿Quieres que nos limitemos a investigar a las mujeres que tuvieron un hijo antes de 1964?
– Creo que sería una buena idea.
– Podría tener hijos por todas partes -aventuró Elinborg.
– También es posible que sólo hubiera cometido una violación -dijo Erlendur-. ¿Has averiguado de qué murió su hermana?
– No. Estoy trabajando en ello -contestó Sigurdur Óli-. Busqué algunos familiares de Holberg y de su hermana, pero no encontré a ninguno.
– Yo investigué a Grétar -dijo Elinborg-. Desapareció de golpe, como si se lo hubiera tragado la tierra. Durante un tiempo, ni un alma le echó de menos. Su madre llamó a la policía después de no saber nada de él durante dos meses. Se publicó una fotografía suya en los periódicos y en televisión, pero no se obtuvo ningún resultado. Eso fue en 1974, el año de la celebración del trigésimo aniversario de la República. Durante el verano. ¿Fuisteis a la fiesta de Thingvelhr?
– Yo sí -contestó Erlendur-. ¿Qué pasa con Thingvelhr? ¿Crees que se perdió allí?
– No sé nada más -dijo Elinborg-. Se hizo una investigación rutinaria de desaparición y se habló con los que su madre sabía que le conocían, como Holberg y Ellidi. También se habló con otras tres personas, pero nadie sabía nada. Nadie le echó de menos, excepto su madre y su hermana. Había nacido en Reikiavik, no estaba casado ni tenía hijos, ni novia, y no hay más familia. El caso se mantuvo abierto durante unos meses y luego pasó a mejor vida. Tenía treinta y cuatro años.
– Si tenía el mismo talante que sus amigos Holberg y Ellidi, no me extraña que nadie lo echara de menos -añadio Sigurdur Óli.
– En los años ochenta, cuando se esfumó Grétar, desaparecieron trece personas -explicó Elinborg-. En los años noventa fueron doce, sin incluir a los desaparecidos en el mar.
– Trece desapariciones -dijo Sigurdur Óli-, ¿no es una cantidad considerable? Y ninguna resuelta.
– No tiene por qué haber un crimen detrás de cada uno de esos casos -repuso Elinborg-. La gente también desaparece voluntariamente, quiere desaparecer y desaparece.
– Si lo he entendido bien -dijo Erlendur-, el caso es el siguiente: Ellidi, Holberg y Grétar se lo están pasando bien en una sala de fiestas en Keflavík un fin de semana en el otoño de 1963.
Notó que Sigurdur Óli ponía cara de sorprendido.
– El baile se celebró en una antigua enfermería militar reformada como sala de fiestas. Ahí se montaban saraos de lo más feroces.
– Creo que el conocido grupo musical Hljómar empezó ahí -comentó Elinborg.
– Conocen a unas mujeres en el baile y, después, una de ellas monta una pequeña fiesta en su casa -siguió Erlendur-. Tenemos que intentar encontrar a esas mujeres. Holberg acompaña a una de ellas a su casa y una vez allí la viola. Todo parece apuntar a que había hecho la misma jugada anteriormente. A Kolbrún le susurra al oído cómo se lo había hecho a la otra mujer. Es posible que esa otra mujer viviese en Húsavík y que no lo hubiese denunciado. Tres días más tarde, Kolbrún se arma de valor y denuncia la violación, pero se topa con un policía que tiene poca consideración hacia las mujeres que invitan a hombres a su casa después de un baile y luego gritan «¡violación!». Kolbrún da a luz a una niña. Puede ser que Holberg hubiese tenido noticia del nacimiento de esa hija, encontramos una fotografía de su lápida en el escritorio de Holberg. ¿Quién hizo esa fotografía? ¿Por qué? La niña muere de una enfermedad fulminante y la madre se suicida unos años más tarde. Uno de los compañeros de Holberg desaparece tres años después. Holberg aparece asesinado hace unos días y junto a él se encuentra una nota incomprensible.
Erlendur hizo una pequeña pausa.
– ¿Por qué matan a Holberg ahora que ya es un hombre mayor? ¿Está el asesino relacionado con ese pasado? Y si lo está, ¿por qué no atacó a Holberg antes? ¿Por qué esperar tanto? ¿O es que el asesinato no tiene nada que ver con el asunto, si es que es cierto que Holberg era un violador?
– Creo que no podemos obviar el hecho de que el asesinato no parece premeditado -repuso Sigurdur Óli-. Como dijo Ellidi, ¿qué clase de inútil utiliza un cenicero? Al parecer, no hubo una larga preparación. La nota es más bien una especie de chiste, algo que nadie entiende. El asesinato de Holberg no tiene nada que ver con ninguna violación. Nuestro departamento está volcado en buscar al joven de la chaqueta militar de color verde.
– Holberg no era ningún angelito -dijo Elinborg-. Quizás este asesinato fue un ajuste de cuentas o como se llame. Tal vez alguien pensó que se lo merecía.
– La única persona que sabemos con seguridad que odiaba a Holberg es Elín, de Keflavík -argumentó Erlendur-. No me la imagino matando a nadie con un cenicero.
– ¿Podría haber contratado a alguien para hacerlo? -inquirió Sigurdur Óli.
– ¿A quién? -preguntó Erlendur.
– No lo sé. Por otro lado, me inclino a pensar que alguien que pasaba por el barrio quiso entrar en algún sitio para robar, quizá para hacer destrozos, Holberg lo descubrió y recibió un cenicerazo en la cabeza. Habrá sido algún drogado totalmente fuera de órbita. No tiene que ver con el pasado, sino con el presente. En Reikiavik se ha llegado a esto.
– Por lo menos alguien pensó que lo mejor sería cargarse a ese hombre -dijo Elinborg-. Debemos tener en cuenta la nota. No es ninguna broma.
Sigurdur Óli miró a Erlendur pensativo.
– Al decir que te gustaría saber exactamente de qué murió la niña, ¿querías decir lo que creo que querías decir? -preguntó.
– Me temo que sí -dijo Erlendur.
Capítulo 17
El mismo Rúnar abrió la puerta y se quedó mirando a Erlendur sin reconocerlo. Erlendur, calado por la lluvia, había entrado en una pequeña portería. A su derecha había una escalera que subía al piso de arriba. La escalera estaba cubierta con una moqueta muy gastada por el uso. Olía a humedad y Erlendur se preguntó si en la casa viviría algún aficionado a montar a caballo. El detective le preguntó a Rúnar si se acordaba de él. Rúnar pareció reaccionar, ya que enseguida intentó cerrar la puerta. Erlendur fue más rápido y antes de que Rúnar pudiera evitarlo ya estaba dentro de la vivienda.