– ¿Te acuerdas de aquella noche en Keflavík? -le preguntó.
– Me fui a casa antes que ellas -dijo Agnes.
– Con vosotras había tres hombres.
– Yo me fui a casa con un hombre que se llamaba Grétar. Os lo dije hace tiempo. Me resulta muy desagradable hablar de eso.
– Para mí, esa información de que te fueras a casa con Grétar es nueva -dijo Erlendur hojeando las páginas del informe que tenía delante.
– Ya lo dije cuando me lo preguntaron hace todos esos años.
Volvió a toser, intentando ocultarlo.
– Perdona. Nunca he sido capaz de dejar los malditos cigarrillos. Era un desgraciado, ese pobre Grétar. Nunca más volví a verlo.
– ¿Cómo os conocisteis Kolbrún y tú?
– Trabajábamos juntas. Eso fue antes de que yo empezara a estudiar enfermería. Las dos trabajábamos en una tienda en Keflavík. Una tienda que hace mucho tiempo que cerró. Aquélla fue la primera y única vez que salimos juntas, como podrás entender.
– ¿Creíste a Kolbrún cuando habló de violación?
– No supe nada de eso hasta que un día los de la policía aparecieron por mi casa y empezaron a hacerme preguntas acerca de aquella noche. No creo que ella hubiese mentido sobre semejante asunto. Kolbrún se preocupaba mucho de su reputación. Era muy honrada en todo lo que hacía, pero le faltaba carácter. Era delicada y de aspecto enfermizo. Una personalidad débil. Quizá no esté bien decirlo, pero no era divertida, si entiendes lo que quiero decir. Su compañía era un poco aburrida.
Agnes se quedó callada y Erlendur esperó a que siguiera.
– No le gustaba mucho salir a divertirse y esa noche casi tuve que obligarla a ir conmigo y con mi amiga Helga, que en paz descanse. Helga murió en América, como puede que ya sepáis. Kolbrún era tan reservada y solitaria, y yo quería hacer algo por ella. Se mostró dispuesta a ir al baile y luego nos acompañó a casa de Helga, pero enseguida quiso irse a la suya. Sin embargo, yo me fui antes, así que realmente no sé qué ocurrió. No vino a trabajar el lunes. Recuerdo que la llamé por teléfono pero no contestó. Unos días más tarde llegaron los de la policía para preguntar sobre Kolbrún. No sabía qué creer. No había notado nada fuera de lo normal en cuanto a ella y Holberg. Él era un hombre más bien simpático, si mal no recuerdo. Me sorprendio mucho que la policía hablara de violación.
– Un hombre atractivo -dijo Erlendur-. Creo que le han descrito como un mujeriego.
– Recuerdo que había venido a la tienda.
– ¿Quién? ¿Holberg?
– Sí, Holberg. Supongo que fue por eso por lo que se sentaron a nuestra mesa en el baile esa noche. Nos dijo que era contable en Reikiavik, pero eso sería mentira, ¿no es así?
– Todos trabajaban para una compañía portuaria. ¿Qué clase de tienda era?
– Una boutique. Vendíamos ropa de mujer. También ropa interior.
– ¿Y él vino a la tienda?
– Sí, el día anterior. Un viernes. Por aquel entonces me costaba recordar y sin embargo ahora me acuerdo. Dijo que estaba buscando algo para su mujer. Fui yo quien le atendió y cuando nos encontramos en el baile se comportó como si nos conociéramos.
– ¿Tuviste algún contacto con Kolbrún después de los hechos? ¿Hablaste con ella sobre lo que había pasado?
– Nunca volvió a la tienda y yo, como ya he dicho, no supe nada hasta que vosotros empezasteis a hacer preguntas. No la conocía tan bien. Intenté llamarla en varias ocasiones cuando vi que no venía a trabajar, y me acerqué hasta su casa, pero no estaba. No quería entrometerme demasiado en su vida. Era muy introvertida y misteriosa. Luego, un día, su hermana vino a la tienda para decir que Kolbrún ya no volvería al trabajo. Unos años más tarde me enteré de que había muerto. Por entonces yo ya vivía aquí, en Stykkishólmur. Me dijeron que se suicidó. ¿Es eso verdad?
– Murió -dijo Erlendur, y cortésmente le dio las gracias a Agnes por la conversación.
De pronto empezó a pensar en Sveinn, un hombre sobre el que había leído varias cosas. Había sobrevivido a un temporal en la meseta de Mosfell. El sufrimiento y la muerte de sus compañeros no le afectaron. Era el que iba mejor equipado y el único que logró llegar hasta un poblado. Lo primero que hizo después de ser atendido en una casa particular fue ponerse los patines e ir a patinar a un lago cercano, simplemente para divertirse.
Mientras tanto sus compañeros se congelaban en la meseta.
A partir de entonces fue conocido como El Desalmado.
Capítulo 24
La búsqueda de la mujer de Húsavík estaba aún sin resolver por la noche, cuando Sigurdur Óli y Elinborg se sentaron en el despacho de Erlendur para intercambiar opiniones antes de irse a casa. Sigurdur Óli dijo que no le sorprendería que nunca llegaran a localizar a la mujer con ese sistema. Cuando Erlendur le preguntó malhumorado si sabía de algún método mejor, negó con un movimiento de cabeza.
– No parece que estemos buscando al asesino de Holberg -dijo Elinborg mirando fijamente a Erlendur-. Es como si buscáramos algo distinto, y no estoy segura de qué puede ser. Ya has desenterrado a la niña, por ejemplo, y no tengo ni idea de por qué lo hiciste. Has empezado a buscar a un hombre que desapareció hace un montón de años y no veo qué puede tener que ver con el caso. Creo que no nos planteamos lo más evidente: el asesino de Holberg o bien es un conocido suyo, o bien es un perfecto desconocido que entró para robarle. Personalmente pienso que lo más probable es lo segundo. Considero que deberíamos concentrarnos en buscar a ese hombre. Un drogata o al de la chaqueta militar verde. Cosa que no hemos hecho.
– Tal vez haya sido alguien a quien Holberg pagó para hacerle un servicio -interrumpió Sigurdur Óli-. Teniendo en cuenta la pornografía que almacenaba en el ordenador, es bastante probable que pagara por practicar sexo.
Erlendur escuchó la crítica en silencio y con la cabeza inclinada. Sabía que la mayor parte de lo que había dicho Elinborg era verdad. Quizás estaba algo confuso a causa de su preocupación por Eva Lind. No sabía dónde podía estar, ni en qué condiciones. La perseguían unos individuos que la querían mal y él era incapaz de prestarle ayuda.
Erlendur no contó ni a Sigurdur Óli ni a Elinborg lo que había descubierto el forense.
– Tenemos el mensaje -dijo-. No es ninguna coincidencia que lo encontráramos al lado del cadáver.
De repente se abrió la puerta y el jefe del departamento técnico asomó la cabeza.
– Me marcho -anunció-. Sólo os quería decir que aún están examinando la cámara de fotos y que os llamarán si encuentran algo interesante.
Volvió a cerrar la puerta, sin despedirse.
– Tal vez estemos buscando agua donde no la hay -dijo Erlendur-. Tal vez exista una solución mucho más sencilla para todo esto. Tal vez sólo era un loco quien lo hizo. Pero tal vez, y eso es lo que yo creo, este asesinato tenga una razón mucho más profunda y poderosa de lo que podamos pensar. Tal vez no tenga nada de sencillo. Tal vez tenga que ver con el tipo de persona que era Holberg y con lo que hizo durante su vida.
Erlendur se quedó callado un momento.
– Y el mensaje -siguió-. «Yo soy ÉL.» ¿Qué opináis de eso?
– Podría ser de algún amigo -dijo Sigurdur Óli haciendo la señal de entre comillas con los dedos-. O de un compañero de trabajo. Hemos investigado muy poco en ese terreno. La verdad es que no sé en qué nos puede ayudar esa búsqueda de marujas. No sé cómo preguntarles si fueron violadas sin que me den con un florero en la cabeza.
– Y Ellidi, ¿no ha sido un mentiroso toda su miserable vida? -preguntó Elinborg-. ¿No es precisamente eso lo que quiere, que hagamos el ridículo? ¿Has pensado en eso?
– ¡Ay!, por favor -dijo Erlendur como si no tuviera ganas de escuchar más lamentos-. La investigación nos ha llevado por estos caminos. Sería injustificable que no siguiéramos las indicaciones que nos llegan, vengan de donde vengan. Sé que los asesinatos islandeses no suelen ser complicados, aunque en éste hay algo que no cuadra. Si queréis lo podéis tildar de simple sucesión de coincidencias, pero yo creo que éste no es un crimen precipitado.