El teléfono del escritorio de Erlendur empezó a sonar. Lo cogió, escuchó un rato, asintió con la cabeza y dio las gracias antes de colgar. Su sospecha había sido confirmada.
– Era del departamento técnico -dijo mirando a Elinborg y a Sigurdur Óli-. La cámara de Grétar fue utilizada para fotografiar la tumba de la niña. La han identificado por los rasguños de los negativos Así que es muy probable que Grétar sacara la foto. Cabe la posibilidad de que otra persona utilizase su máquina, pero lo más probable es que fuera él mismo.
– ¿Y eso qué nos dice? -preguntó Sigurdur Óli mirando el reloj; había invitado a Bergthora a salir a cenar fuera esa noche para tratar de corregir su torpeza en el día de su cumpleaños.
– Eso nos dice, por ejemplo, que Grétar sabía que Audur era hija de Holberg. Cosa que sabía muy poca gente. También nos dice que Grétar pensaba que valía la pena preocuparse de buscar la tumba y, además, fotografiarla. ¿Lo hizo porque Holberg se lo había pedido? ¿Lo hizo contra la voluntad de Holberg? ¿Tiene algo que ver la desaparición de Grétar con la fotografía? ¿Por qué la encontramos escondida en el escritorio de Holberg? ¿Quién se dedica a fotografiar tumbas de niños?
Elinborg y Sigurdur Óli se quedaron quietos, mirándole, mientras hacía las preguntas. Notaron que el tono de su voz iba bajando hasta convertirse en un susurro y entendieron que no hablaba con ellos sino consigo mismo. Estaba como ausente. Se frotó el pecho con una mano sin darse cuenta de ello. Se miraron mutuamente sin atreverse a decir nada
– ¿Quién fotografía tumbas de niños? -volvió a murmurar Erlendur.
Más tarde, esa noche, Erlendur identificó al hombre que había enviado a los cobradores a su casa en busca de Eva Lind. Consiguió información sobre él en el departamento de estupefacientes, donde había una abultada carpeta repleta de informes acerca de sus actividades. Supo que solía frecuentar un bar llamado Napoleón, en el centro de la ciudad. Erlendur se presentó en el bar y se sentó frente al hombre. Se llamaba Eddi, tenía unos cincuenta años, era corpulento, calvo y con unos cuantos dientes amarillos.
– ¿Creías que Eva Lind recibiría un trato especial por ser la hija de un poli? -dijo Eddi cuando Erlendur se sentó.
Parecía conocerle, aunque nunca se habían visto antes. Erlendur tenía la sensación de que Eddi había estado esperándole.
– ¿La has encontrado? -preguntó, dejando vagar la vista a su alrededor.
Había algunos infelices discutiendo airadamente y gesticulando en la penumbra incierta del establecimiento. De repente, el nombre del bar cobró sentido en la mente de Erlendur.
– Debes saber que yo soy su amigo -dijo Eddi-. Le doy lo que ella quiere. A veces me paga. A veces tarda demasiado tiempo. El de la rodilla te manda recuerdos.
– Él fue quien me chivó quién eras.
– Es difícil encontrar gente de confianza -repuso Eddi señalando a los personajes del bar.
– ¿Cuánto es?
– ¿Eva? Tres. Y no sólo me debe a mí.
– ¿Podemos llegar a un acuerdo?
– Como quieras.
Erlendur sacó doscientos euros de su cartera. Los había retirado de un cajero camino del bar. Los puso sobre la mesa y Eddi contó el dinero antes de metérselo en el bolsillo.
– Creo que la semana que viene podré darte algo más.
– Muy bien.
Eddi observó a Erlendur con cara de sorprendido. Tenían una edad parecida.
– Pensé que ibas a montarme una bronca -le dijo.
– ¿Para qué? -preguntó Erlendur.
– Sé dónde está -añadio Eddi-, pero no te esfuerces, nunca vas a poder salvar a Eva.
Erlendur encontró la casa. Había entrado en tugurios como ése antes y por la misma razón que ahora. Eva Lind estaba echada sobre un colchón, en el suelo, rodeada de otra gente. Había gente de su edad y gente bastante mayor. La casa estaba abierta y el único obstáculo que Erlendur encontró para entrar fue un joven de unos veinte años que le recibió en la puerta gesticulando. Erlendur le empujó contra la pared y después le echó fuera. Del techo de la habitación colgaba una bombilla. Erlendur se agachó e intentó despertar a Eva. Su respiración era regular y normal, pero tenía el pulso algo acelerado. La sacudió y le dio una suave bofetada. Eva abrió los ojos.
– Abuelo -dijo, y cerró los ojos.
Erlendur la cogió en brazos y salió de la habitación, procurando no pisar a ninguna de las personas que estaban diseminadas, inmóviles, por el suelo. Era imposible saber si estaban despiertas o dormidas. Eva volvió a abrir los ojos.
– Ella está aquí -susurró.
Erlendur, que no sabía de qué estaba hablando, siguió andando hasta el coche. Cuanto antes la sacase de allí, mejor. La puso de pie, apoyada en el coche, mientras abría la portezuela.
– ¿La has encontrado? -preguntó Eva.
– ¿A quién? ¿De qué hablas?
La colocó en el asiento delantero y le puso el cinturón de seguridad.
– ¿Viene con nosotros? -preguntó Eva Lind sin abrir los ojos.
– ¿De quién demonios hablas? -gritó Erlendur.
– De la novia. La guapa novia de Gardabaer. Estaba echada a mi lado.
Capítulo 25
El sonido del teléfono por fin despertó a Erlendur. El zumbido retumbó en su cabeza hasta que logró abrir los ojos y mirar a su alrededor. Se había quedado dormido en el sillón del salón. Su abrigo y su sombrero estaban sobre el sofá. La vivienda estaba a oscuras. Se levantó lentamente, pensando si podría llevar el mismo traje otro día más. No recordaba cuándo fue la última vez que se cambió de ropa. Antes de coger el teléfono, echó una mirada dentro del dormitorio y vio que las dos chicas estaban dormidas en su cama, tal como las había acostado la noche anterior. Dejó la puerta entreabierta.
– Las huellas digitales concuerdan perfectamente con las huellas de la fotografía -dijo Sigurdur Óli, sin más preámbulos.
Tuvo que repetir la frase hasta tres veces más, antes de conseguir que Erlendur entendiera de qué estaba hablando. Finalmente Erlendur contestó:
– ¿Quieres decir las huellas digitales de Grétar?
– Sí, de Grétar.
– ¿Y también hay en la foto huellas digitales de Holberg? -dijo Erlendur-. ¿Qué demonios estarían tramando?
– Se me escapa -repuso Sigurdur Óli.
– ¿Qué?
– Nada. Eso quiere decir que Grétar hizo la foto y seguramente se la enseñó a Holberg, o Holberg la encontró. Hoy seguiremos con la búsqueda de marujas, ¿verdad? -preguntó Sigurdur Óli-. ¿No tienes nada nuevo?
– Sí… -dijo Erlendur- y no.
– Voy camino de Grafarvogur. Estamos terminando con los interrogatorios a mujeres en Reikiavik. ¿Quieres que enviemos a alguien al norte, cuando acabemos aquí?
– Sí -contestó Erlendur, y colgó.
Eva Lind se había levantado y estaba en la cocina. El teléfono la había despertado. Las dos chicas llevaban todavía la ropa puesta. Erlendur había vuelto a entrar en el agujero la noche anterior para buscar a la otra chica y se las había llevado a las dos a casa.
Eva Lind entró en el cuarto de baño sin decir palabra. Erlendur la oyó vomitar y se fue a la cocina para preparar café, el único remedio que conocía. Luego se sentó a la mesa de la cocina esperando a que apareciera su hija. Pasó un largo rato. Llenó dos tazas de café y por fin apareció Eva Lind. Se había lavado la cara pero, a pesar de todo, Erlendur pensó que tenía un aspecto horrible. Su cuerpo extremadamente delgado casi no se aguantaba en pie.