– La búsqueda no se tiene que centrar únicamente en la tubería -dijo el jefe técnico.
– No, pero desde la calle introdujimos una cámara dentro de la cloaca. Me han dicho que la tubería está partida justo cuando comienza a pasar bajo el dormitorio y hemos pensado en empezar a mirar por ahí. Esta es la misma zona que, según tengo entendido, fue reparada hace tiempo.
Ragnar asintió con la cabeza y miró a Erlendur, que se encogió de hombros, como si las decisiones de los técnicos no fueran de su interés.
– No puede ser una rotura muy antigua -continuó Ragnar-. Tendría que apestar. ¿Has dicho que a ese hombre lo metieron ahí hace un cuarto de siglo?
– Por lo menos eso hizo que desapareciera -dijo Erlendur.
Sus palabras se mezclaron con los martillazos, que con cada golpe aumentaban de volumen, resonando entre las paredes vacías. El técnico se puso unas orejeras con protectores auriculares que había sacado de un maletín. Luego cogió una pequeña taladradora eléctrica y la enchufó. Apretó el gatillo unas cuantas veces antes de aplicar la broca contra el suelo y empezar a romperlo. El ruido era infernal y los demás técnicos se apresuraron a protegerse con sus orejeras. El técnico avanzaba muy poco en su tarea. El hormigón del suelo no cedía ante el taladrado y apenas saltaba algo de polvo. Sacudió la cabeza y apagó la máquina.
– Tenemos que poner el tractor en marcha y entrar la taladradora neumática -dijo con la cara llena de polvo-. Y necesitamos gasas para taparnos la cara. ¿Quién es el iluminado que tuvo esta brillante idea? -añadió, y escupió al suelo.
– Dudo que Holberg utilizara una taladradora neumática en plena noche -opinó el jefe.
– No necesitaba hacer nada en medio de la noche -dijo Erlendur-. El fontanero hizo el agujero en el suelo.
– ¿Crees que puso al hombre encima de la cloaca?
– Eso está por ver. Quizá tuvo que hacer algún trabajo en los cimientos. Quizá todo esto sea un gran error.
Erlendur salió fuera. Sigurdur Óli y Elinborg se habían acomodado en su coche y estaban saboreando unos perritos calientes que habían comprado en una tienda cercana. A Erlendur le esperaba otro sobre el salpicadero. Lo devoró en un momento.
– Si encontrásemos el cadáver de Grétar aquí, ¿qué nos diría eso? -preguntó Elinborg, limpiándose la boca con una servilleta.
– Ojalá lo supiera -contestó Erlendur pensativo-. Ojalá lo supiera.
En ese momento oyeron un golpe en la ventanilla del coche y alguien abrió bruscamente la puerta. Era el jefe inmediato de Erlendur, que le pedía que saliese a hablar con él a solas. Sigurdur Óli y Elinborg salieron también, pero se quedaron al lado del coche. El jefe se llamaba Hrólfur y había estado de baja por enfermedad durante todo el día, aunque en ese momento parecía encontrarse perfectamente. Era un hombre muy grueso y sus intentos por disimularlo resultaban vanos. Era vago por naturaleza y rara vez se esforzaba en cuanto a investigación criminal. Sus bajas por enfermedad eran muchas todos los años.
– ¿Por qué no se me ha informado de este procedimiento? -preguntó sin disimular su enfado.
– Porque estás enfermo -contestó Erlendur.
– ¡Menuda gilipollez! -exclamó Hrólfur-. ¡No vayas a creer que puedes dirigir el departamento a tu antojo! Yo soy tu jefe. ¡Para procedimientos de este tipo tienes que consultarme antes de seguir con tus estúpidas corazonadas!
– Espera un momento, pensé que estabas enfermo -dijo Erlendur fingiendo sorpresa.
– ¿Y cómo se te ocurre tomarle el pelo al jefe de la policía del estado? -masculló Hrólfur-. ¿Cómo se te ocurre pensar que aquí hay un hombre enterrado? No das ni una. Todas estas disparatadas ideas tuyas sobre cimientos y malos olores. ¿Has perdido la razón?
Sigurdur Óli se acercó cautelosamente.
– Erlendur, aquí hay una mujer que quiere hablar contigo. Creo que deberías ponerte -le dijo mostrándole el móvil que había dejado en el coche-. Es personal. Está bastante excitada.
Hrólfur se dirigió a Sigurdur Óli diciéndole que se largara y que los dejase en paz.
Sigurdur Óli insistió:
– Tendrías que hablar con ella ahora mismo, Erlendur.
– Pero ¿qué pasa aquí? ¡Parece que yo no exista! -gritó Hrólfur dando una patada en el suelo-. ¿Es esto una maldita conspiración o qué? Si tuviéramos que ir por ahí reventando los cimientos de todo el mundo a causa de un mal olor, no haríamos otra cosa en la vida. ¡Vaya tontería! ¡Habrase visto semejante estupidez!
– Marion Briem fue quien tuvo esta interesante idea -explicó Erlendur tranquilamente-, y me pareció que valía la pena. Lo mismo pensó el jefe de la policía estatal. Te pido disculpas por no haberte consultado y me alegra ver que ya estás recuperado. Tengo que decir que tienes un aspecto estupendo, Hrólfur. Y ahora si me disculpas…
Erlendur pasó por delante de Hrólfur, que se quedó mirando a los dos, con ganas de decir algo más, pero sin saber qué.
– Se me ocurre una cosa -dijo Erlendur-. Lo tendría que haber hecho hace tiempo.
– ¿Qué? -preguntó Sigurdur Óli.
– Contacta con los de la Autoridad Portuaria y pregunta si pueden averiguar si Holberg estuvo en Húsavík o en sus alrededores hacia 1960.
– Está bien. Toma, habla con esta mujer.
– ¿Quién es? -dijo Erlendur, y cogió el teléfono-. No conozco a ninguna mujer.
– Le dieron el número de tu móvil. Llamó a la oficina. Le dijeron que estabas ocupado, pero no quiso rendirse.
En ese preciso momento se disparó el motor de la taladradora neumática. Desde la vivienda llegaba un ruido insoportable y una gran nube de polvo espeso salió por la puerta. La policía había tapado con cortinas todas las ventanas, así que no podía verse lo que ocurría dentro. Todos, menos el hombre que manejaba la taladradora, habían salido fuera y estaban esperando a ver qué pasaba. Miraron sus relojes y hablaron entre ellos. Sabían que no podrían seguir con este ruido mucho rato. Se estaba haciendo tarde. Tendrían que parar de un momento a otro y continuar por la mañana o encontrar otra solución.
Erlendur se metió en el coche con el teléfono y cerró la puerta para oír mejor. Enseguida reconoció la voz.
– Él está aquí -dijo Elín en cuanto oyó la voz de Erlendur.
Estaba muy nerviosa.
– Relájate, Elín -sugirió Erlendur-. ¿De quién me hablas?
– Está aquí, delante de mi casa, de pie bajo la lluvia, y mirando fijamente mis ventanas.
Su voz se convirtió en un susurro.
– ¿Quién, Elín? ¿Estás en tu casa? ¿En Keflavík?
– No sé cuándo vino, no sé cuánto tiempo lleva ahí. Lo he descubierto hace un momento. No querían ponerme en contacto contigo.
– No acabo de entenderte. ¿De quién hablas, Elín?
– Pues del hombre. Estoy segura de que es él, el muy animal.
– ¿Quién?
– ¡El mal nacido que atacó a Kolbrún!
– ¿Que atacó a Kolbrún? Pero ¿qué dices?
– Lo sé. Es imposible, pero está aquí de todas formas.
– ¿No estarás algo confusa?
– No digas que estoy confusa. Por favor. Sé perfectamente lo que digo.
– ¿Y a qué hombre te refieres?
– ¿Que a qué hombre? ¿Qué quieres decir?
– ¿Que a quién te refieres? ¿Qué hombre atacó a Kolbrún?
– ¡Pues Holberg! -En vez de elevar la voz, Elín hablaba en un murmullo-. ¡Está aquí, delante de mi casa!
Erlendur se quedó callado.
– ¿Estás ahí? -susurró Elín-. ¿Qué vas a hacer?
– Elín -dijo Erlendur marcando bien sus palabras-. Es imposible que sea Holberg. Holberg está muerto. Tiene que ser otra persona.