– ¿Hijo de Holberg? ¿Sería posible?
– Dices que se le parecía muchísimo.
– Sí, pero…
– Sólo me lo pregunto. En todo este asunto hay un eslabón perdido y pienso que ese hombre bien podría ser el eslabón que buscamos.
– Pero ¿por qué? ¿Por qué viene aquí?
– ¿No te parece evidente?
– ¿Qué es evidente?
– Eres la tía de su hermana -dijo Erlendur, y vio cómo la cara de Elín se llenaba de asombro al darse cuenta del significado de sus palabras.
– Audur era su hermana -suspiró-. Pero ¿cómo sabe de mi existencia? ¿Cómo sabe dónde vivo? ¿Cómo relaciona a Holberg conmigo? No se ha escrito nada sobre su pasado en la prensa, nada sobre las violaciones, ni se ha mencionado que tuvo una hija. Nadie sabía nada de Audur. ¿Cómo se ha enterado este hombre de todo eso?
– Tal vez nos lo explique cuando le encontremos.
– ¿Crees que podría ser el asesino de Holberg?
– Me estás preguntando si mató a su padre -contestó Erlendur.
Elín reflexionó un momento.
– ¡Dios mío! -exclamó después.
– No sé -dijo Erlendur-. Si vuelves a verlo ahí fuera llámame enseguida.
Elín se había levantado y ahora miraba por la ventana como si esperara ver al hombre de nuevo.
– Sé que me puse algo histérica cuando te llamé y te hablé de Holberg. Fue porque en ese momento me parecía que tenía que ser él. Me asustó verlo ahí. Pero en realidad no sentía miedo. Más bien estaba enfadada. Había algo en ese hombre, algo en su postura, en cómo bajaba la cabeza… Había una especie de tristeza en él, un dolor. Tuve la impresión de que no se encontraba bien. ¿Sabes si tenía alguna relación con su padre?
– Realmente ni siquiera sé si ese hombre existe -respondio Erlendur-. Lo que tú viste refuerza una teoría, eso es todo. No tenemos nada que indique la existencia de un hijo. No había ninguna foto de primera comunión en casa de Holberg, si te refieres a eso. Por otro lado, sabemos que Holberg recibió unas llamadas días antes de morir y que esas llamadas lo alteraron. No sabemos más.
Erlendur echó mano a su móvil y pidio a Elín que le disculpara un momento.
– ¿Algo nuevo? -preguntó cuando Sigurdur Óli contestó.
– ¿En qué diablos nos has metido? -gritó Sigurdur Óli sin disimular su enfado-. Llegaron hasta la cloaca y estaba todo lleno de bichos asquerosos, millones de pequeños y repulsivos insectos debajo del maldito suelo. ¡Es asqueroso! ¿Dónde demonios estás?
– En Keflavík. ¿Hay señales de Grétar?
– No, ninguna maldita señal de ningún condenado Grétar -dijo Sigurdur Óli, y apagó el móvil.
– Hay otra cosa más, Erlendur -anunció Elín-. Lo acabo de descubrir ahora mismo, cuando hablamos del parentesco con Audur. Ahora veo claramente que yo tenía razón. No lo entendí en aquel momento, pero el hombre tenía una expresión que pensaba que no volvería a ver jamás. Era una expresión del pasado que no he logrado olvidar.
– ¿Qué era? -preguntó Erlendur.
– Por eso no sentí miedo de ese hombre.
– ¿Qué expresión tenía?
– No me di cuenta en aquel preciso instante, pero de alguna forma me recordaba a Audur. Sí, había algo en él que me recordaba a Audur.
Capítulo 29
Sigurdur Óli colocó el móvil en la funda y volvió a la casa. Había estado dentro, junto a los trabajadores, en el momento en que por fin consiguieron romper la placa del suelo, de donde salió un hedor tan fuerte y nauseabundo que le dieron arcadas. Salió corriendo con todos los demás, pensando en si llegaría a tiempo de alcanzar el exterior antes de vomitar. Cuando entraron de nuevo, se habían puesto gafas protectoras y mascarillas, pero aun así notaban el terrible olor apestoso.
El hombre de la taladradora agrandó el agujero que había abierto encima de la tubería de la cloaca rota. El trabajo era más fácil ahora que había logrado reventar la placa. Sigurdur Óli no se podía ni imaginar cuánto tiempo había pasado desde que se rompió la tubería. Le parecía que los excrementos habían ido acumulándose en un área grande, debajo del suelo. Subió una especie de vaho por el agujero. Iluminó aquel horror con una linterna. Al parecer, los cimientos se habían hundido por lo menos medio metro a partir de la placa del suelo.
El horror era como una balsa viva, cubierta por pequeños insectos negros. Se sobresaltó cuando vio una sombra que cruzaba la luz de la linterna.
– ¡Cuidado! -gritó al tiempo que salía del sótano a paso rápido-. ¡Hay ratas en este infierno! Tapad el agujero y llamad a una empresa de desinfección. ¡Lo dejamos! ¡Lo dejamos ahora mismo!
Nadie protestó. Alguien tapó el agujero del suelo con una lona y en un momento el sótano se quedó vacío. Sigurdur Óli se quitó la mascarilla en cuanto salió fuera e inhaló intensamente el aire limpio. Los demás hicieron lo mismo.
Durante el viaje de vuelta a Reikiavik, Erlendur tuvo noticia de las actividades en Las Marismas. Habían ido allí los empleados de una empresa de desinfección y los trabajos no seguirían hasta el día siguiente, cuando todo bicho viviente hubiera sido eliminado de los cimientos. Sigurdur Óli se había ido a su casa y salía de la ducha cuando Erlendur le llamó para informarse. Elinborg también se había marchado. Habían dejado una guardia alrededor de la casa de Holberg. Dos coches policiales se quedarían toda la noche mientras se realizaba la desinfección.
Cuando Erlendur volvió a casa, Eva Lind le recibió en la puerta. Eran casi las diez de la noche. La novia ya no estaba. Antes de irse le había dicho a Eva Lind que quería hablar con su marido para ver cómo estaba. No tenía muy claro si debía contarle la verdadera razón de su huida de la boda. Eva Lind había estado animándola para que le dijera la verdad y trató de convencerla de que no valía la pena proteger al sinvergüenza de su padre.
Se sentaron en el salón. Erlendur le explicó a su hija los pormenores de la investigación criminal, hasta dónde le había llevado y lo que le preocupaba. Hablar de ello le ayudaba a aclarar sus ideas y a tener una imagen más clara de lo acontecido en los últimos días. Se lo contó casi todo, la forma en que encontraron el cadáver en el sótano, el mal olor en la vivienda, la nota, la fotografía que había en el escritorio, la pornografía en el ordenador, el epitafio de la lápida, le habló de Kolbrún y su hermana Elín, de Audur y su muerte, del sueño que le venía atosigando, de Ellidi en la cárcel y de la desaparición de Grétar. También le habló de Marion Briem, de la búsqueda de alguna otra víctima de Holberg y del hombre misterioso plantado delante de la casa de Elín. Procuraba contarlo con coherencia y exponer algunas teorías y opiniones propias, habló y habló hasta que ya no pudo seguir.
Sin embargo, no le contó a Eva Lind que al cadáver de la niña le faltaba el cerebro. Todavía no podía entender por qué.
Eva Lind escuchó sin interrumpirle y advirtió que su padre se frotaba el pecho mientras hablaba. Sintió cómo le afectaba todo lo relacionado con Holberg. Notó en él una especie de rendición que no le había detectado nunca antes. Notó también su cansancio cuando le habló de la niña pequeña. Poco a poco parecía encerrarse en sí mismo, su voz perdio fuerza y estaba como ausente.
– ¿Audur es la niña a la que te referías cuando me gritabas esta mañana? -preguntó Eva Lind.
– Audur era, no sé, una especie de regalo de Dios para su madre -dijo Erlendur-. Amada más allá de la tumba y de la muerte. Perdóname si te he tratado mal. No era mi intención, pero cuando veo como malgastas tu vida, tu dejadez y tu falta de respeto hacia ti misma, todo el destrozo, y luego veo un pequeño ataúd blanco salir de su tumba, dejo de entender el propósito de las cosas y tengo ganas de…
Erlendur se calló.
– … darme de bofetadas -terminó la frase Eva Lind.
Erlendur se encogió de hombros.